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Pese a tener unos años, el siguiente texto  constituye una de las teorizaciones más logradas sobre el proceso bolivariano en curso, y, más en general, sobre las relaciones entre socialismo y populismo.  Se entrevé en él los términos de una estrategia socialista factible en el contexto de un fenómeno nacionalista radical – como el que caracteriza a Venezuela y, con menor profundidad, a Bolivia y Ecuador – que logre apartarse tanto del sectarismo infantil, como de la adaptación populista tan extendida en amplias capas de las nuevas vanguardias latinoamericanas.  Su autor, Jorge Orovitz Sanmartino, es sociólogo e integrante del EDI (Economista De Izquierdas).

Por Jorge Orovitz Sanmartino

Sociólogo UBA, IEAL

El auge y radicalización del proceso en Venezuela reactivó los debates sobre la estrategia, la dinámica y contenido de la transición socialista y volvió a colocar los problemas derivados de la lucha política nacional -los partidos, las clases, las ideologías- en el centro de la reflexión política, por lo menos en el ámbito latinoamericano. Muchos de los tópicos derivados de estas situaciones durante los años ‘60 y ‘70, fueron relegados en beneficio de otras problemáticas en el período de las llamadas “transiciones a la democracia” en los años ‘80, o las reformas estructurales y  la  resistencia  al  neoliberalismo  en  los  años  ‘90.  La  actualización  del  tema, obviamente, no puede realizarse sobre las mismas fórmulas y conceptos de hace treinta años, aunque es importante retener y actualizar sus debates a la luz de la presente coyuntura.

El populismo como discurso

Durante  décadas  los  analistas  de  la  derecha  intelectual  y  política  han  logrado transformar la expresión populismo en un término peyorativo, un concepto que apunta a remarcar el carácter autoritario, irracional y demagógico de un tipo de liderazgo. Laclau por  el  contrario,  tuvo  éxito  en  demostrar  su  carácter  racional  e,  incluso,  llevó  el concepto hasta su límite, definiéndolo como la forma de la constitución política en cuanto tal. En consonancia con el retorno de la política en el continente, Laclau ha recuperado su sentido creador, denunciando “el eclipse total de la política” en autores como Hard y Negri, para quienes la unidad de un pueblo implica un retorno al Leviatán de Hobbes, propiciando el momento de la singularidad pura, el éxodo y la espera antipolítica1.

Para Ernesto Laclau el populismo no es una ideología o una vía de articulación económica y política del estado, de ahí que pueda haber populismos de derecha, de centro   o   de   izquierda   y   que   Hitler,   Perón,   Fidel,   o   Ataturk   sean   definidos indistintamente como populistas. El populismo define, sobre todo, una forma de la política mediante la cual puede constituirse un grupo, en particular un “pueblo”2. Para formar   un   “pueblo”   se   requieren   algunas   condiciones.   Una   de   ellas   es   la homogenización de lo que denomina pluralidad de demandas democráticas, que sólo es posible alcanzar mediante una frontera política, es decir un antagonismo externo que permita la estructuración interna del pueblo. Igual que Carl Schmidt, lo político como tal nace cuando se alcanza un antagonismo (del tipo amigo/ enemigo).  A diferencia de Schimdt, Laclau concibe un homogenización siempre incompleta, que no logra eliminar las diferentes identidades particulares. Las demandas democráticas insatisfechas constituyen la primera ruptura radical –la “falta”– frente a un bloque de poder institucional. Así, del acervo de la lingüística y del psicoanálisis lacaniano se extrae la idea de una tensión, siempre presente, de una lógica de la diferencia y de una lógica de la equivalencia. Cuando la última puede imponerse sin eliminar a la primera tenemos una formación populista.

La cadena de equivalencias se constituye en la medida que se articulan las demandas democráticas alrededor de una de ellas que, sin dejar de ser un particular, adopta la forma de un significante vacío –algo así como un universal nunca emancipado–, representando las demandas populares, a partir del cual puede establecerse un antagonismo. Así, esa nominación puede ser un líder, un pueblo o una clase. La teoría de la hegemonía es transformada en una teoría de la nominación. Invirtiendo el manual de algunos marxistas sobre la determinación política, es aquí el acto de nominar el que constituye lo social.Por lo tanto el populismo puede ser definido más como una técnica política que por un contenido político y social. De allí que no tengan relevancia los programas u objetivos estratégicos. Al populismo lo caracteriza su vacuidad intrínseca, que es la única forma en que puede expandirse una cadena de equivalencias de manera tal de abarcar a capas sociales cada vez más amplias.

Laclau ha tenido el mérito de insertar la dimensión discursiva, simbólica de la movilización de masas y quitó toda base narcotizada en la relación de las masas y sus liderazgos, ejercicio tan afecto en los ideólogos de las clases dominantes. Sin embargo abrió nuevos problemas. Algunos de ellos se encuentran en la casi desaparición de las raíces estructurales de las formaciones populistas con consecuencias en dos sentidos complementarios: 1- El populismo así definido sólo puede reducirse a las formas simbólicas en que un campo de unidad política de masas es constituido, sin capacidad de explicar las raíces de su dinámica, contradicciones fundamentales y su agotamiento;

2-  No  encuentra  otro  horizonte  que  el  de  las  formaciones  económico-sociales capitalistas,  dentro  de  las  cuales  se  ha  desenvuelto  el  populismo,  pues  no  logra distinguir   los   rasgos   cualitativamente   diferenciales   de   sociedades  en   transición socialista. Puntualicemos estas críticas.

 

Socialismo y populismo

El populismo de Laclau lleva inscrita una contradicción no resuelta. En teoría nada impide que las formas populistas de la constitución de un pueblo puedan adoptar la simbología y la ideología socialista, si ella pudiese alcanzar el status de un equivalente universal y se volviese el significante constituyente de todas las demandas particulares. Un populismo de izquierda podría ser la vía de una revolución socialista. De hecho Laclau menciona en sus primeros trabajos sobre el populismo una vía de este tipo al afirmar que el socialismo, parafraseando a Lenin, sería la etapa superior del populismo3. Sin embargo sus trabajos fundamentales están orientados a demostrar que una perspectiva clasista es incapacitantemente estrecha para alcanzar un ampliación de la cadena de equivalencias. Ese motivo lo lleva a reivindicar las tentativas de eliminar el contenido clasista como la realizada por el PC italiano de Togliatti con la política de frente popular de la segunda posguerra. Al radicalizar a Gramsci, para quién una articulación hegemónica debía realizarse mediante la extensión del principio clasista a todas las clases subalternas, Laclau exige la ruptura de toda lógica clasista para lograr un estiramiento de la cadena equivalencial que, ambigüedad mediante, represente como significante vacío a toda al cadena de demandas democráticas. Es inevitable que en esta lógica de la articulación populista, el principio general, no explicitado, sea la coalición policlasista y la erradicación del antagonismo clasista. Mientras en teoría el socialismo sería el populismo químicamente puro, en la práctica fue eliminado como horizonte social e instrumento político.

En la experiencia práctica el populismo ha revelado esas limitaciones para trascender al estado capitalista, algo que era imprescindible para preservar las conquistas de dichas formaciones ante las presiones exteriores e internas. En relación al estado capitalista, el populismo ha sido más continuidad que ruptura, y en muchas ocasiones ha podido reabsorber y reconducir las demandas populares. El caso del México de Cárdenas no es la excepción. Aunque se nutrió de toda la energía revolucionaria de las dos décadas pasadas y muchas de sus obras tuvieron efectos duraderos, derivó, sin solución de continuidad, en el inicio del bonapartismo de signo contrario con la presidencia de Manuel Ávila Camacho, mostrando una reversión indolora respecto al antagonismo simbólico ‘irreductible’ del período previo.

Sólo es posible equiparar ambos términos –y el antagonismo populista puede constituir una brecha radical con el bloque institucional– allí donde se opera una segunda brecha en las relaciones de propiedad, pero entonces la fisonomía del populismo cambia radicalmente al transformarse en ruptura socialista. Por ese motivo es teórica y políticamente incorrecto asociar uno al otro.

 

Una de las fallas más severas de las conclusiones de Laclau, es no indagar en la fase de asunción al poder estatal del populismo. Mientras es posible y necesario servirse de los estudios de la lingüística y el psicoanálisis para comprender los fenómenos de masas en la constitución de una “voluntad nacional popular”, es obligatorio también comprender las bases sociales en que ellas se constituyen, porque de su composición y dinámica social depende que las demandas democráticas puedan o no ser satisfechas, sin lo cual, paradójicamente, la articulación populista deja de funcionar. Es el motivo básico de los límites  históricos  de  las  formaciones  populistas.  En  el  caso  del  peronismo,  una limitación de clase insalvable impidió movilizar a las masas y frenar las presiones sociales adversas, lo que desembocó en el golpe militar de 1955. No basta con constituir discursivamente al enemigo, por ejemplo, la oligarquía. Hace falta quitarle poder social y político. En este punto sigue estando presente el contenido preciso de la teoría de la revolución permanente formulada por Trotsky, en el sentido de que las demandas democráticas en países atrasados deben superar las restricciones de la propiedad privada y del estado capitalista para poder ser satisfechas de manera estructural y duradera, no sólo en cuanto a su concreción efectiva, sino también a su realización y ejercicio. El acceso a la arena política desata una lógica de multiplicación de las demandas. Pero es justamente aquí donde el populismo “realmente existente”, en su limitación estructural como alianza policlasista, componedor de intereses antagónicos, ha bloqueado la dinámica permanentista. Esta dinámica de características anti-capitalistas se volvió el único medio eficaz de desarmar los intentos de las clases y los poderes antagónicos por desactivar, incluso mediante golpes militares y masacres masivas, el potencial revolucionario de la movilización populista.

Los límites estructurales a la satisfacción de las demandas democráticas, el bloqueo contrarrevolucionario a las luchas proletarias y la influencia de los factores que alimentaron esa polarización bajo el tercer gobierno peronista en 1973 (crisis del petróleo, inflación, caída de las ganancias y poder emergente del proletariado industrial) son  olímpicamente  olvidados  por  el  esquema  de  constitución  simbólica.  Fue  la limitación estructural de la argentina dependiente, causas profundamente materiales, las que limitaron esa expansión y llevaron a un choque de intereses crecientes en el seno de la formación peronista. La “lógica de la contingencia” no puede captar el sentido en que Gramsci  había  limitado  la  capacidad  de  compromiso  hegemónico  de  la  clase trabajadora, –y de cualquier otra clase–, a que no se dejen de lado del todo sus intereses particulares, corporativos.

El populismo puede funcionar como alianza de clases mientras consiga integrar económicamente intereses contradictorios. La definición de Laclau se despreocupa de esta base estructural y por eso no ha indagado más allá del período de su constitución, para adentrarse en el de su crisis y ocaso.

El populismo como concepto debe necesariamente incorporar ciertas dimensiones sociales y estructurales. En América latina posee ciertos rasgos de familia: un estado más o menos regulador y proteccionista que sostenga una alianza de clases basada en un patrón de producción y consumo mercado internista, distribución de ingresos, gestión estatal de variables macroeconómicas y política social activa. Cada formación populista difiere considerablemente entre sí en relación a estos componentes, pero ninguno puede prescindir de una buena cantidad de los mismos. La lógica de equivalencias no puede constituirse sin algunas de estas medidas o una combinación de varias de ellas. Una política neoliberal, al desplazar las relaciones de poder hacia el mercado, independizar el mercado laboral de cualquier política pública, etc., rompe cualquier marco de contención populista. Es por ello que Carlos Vilas rechaza con razón denominar a gobiernos como los de Menem o Fujimori “neopopulistas”, pues el populismo no es “una  opción  permanente  en  la  política  latinoamericana  con  independencia  de  las configuraciones cambiantes de los escenarios históricos –vale decir de la configuración de las clases y otros actores sociales-, del desarrollo y orientaciones de la organización económica y de los procesos de acumulación…”4. La confusión proviene del hecho de que los caudillos neoliberales de los 90 sí se han servido del clásico repertorio de estrategias populista, utilizando su estilo plebiscitario.

Mientras que Laclau considera al populismo como un bloque antagónico a todo poder institucional, deja de lado un antagonismo radicalmente sobreimpuesto al mismo: la constitución  de  un  bloque  de  oposición  radical  a  todas  las  relaciones  de  poder capitalistas en general, punto de partida de toda estrategia socialista.

En  cuanto  a  las  formas  políticas  en  que  el  populismo  es  capaz  de  articular  la constitución de un pueblo, el peronismo es un buen ejemplo de los límites que un bloque antagónico tiene en la prosecución de una democracia radical cuando es gestionada de manera populista. Como lo sostuvo De Ipola “las modalidades bajo las cuales el peronismo constituyó al sujeto político “pueblo” fueron tales que conllevaron necesariamente  la  subordinación/  sometimiento  de  ese  sujeto  al  sistema  político instituido –al “principio general de dominación”, si se quiere– encarnado para el caso en la figura que se erigía como su máxima autoridad: el líder”5. El peronismo constituyó al pueblo en sujeto político al mismo tiempo que lo subordinaba al principio general de dominación y al poder del estado. Este fetichismo estatal reproduce relaciones de dominación   que   el   socialismo   espera   superar.   Laclau   invalida   esta   aspiración socializante  enfatizando  la  existencia  perenne  de  la  política  en  cuanto  tal  y  en  la creencia de que el paso a la “administración de las cosas” como Marx citaba de Saint- Simon, es sólo una utopía imposible. Sea o no posible la “abolición de la política”, un argumento tal engendra eternamente el principio jerárquico de dominación. Sin superar el poder en sí, se termina reproduciendo un bloque estatal de estratificación de poder. El socialismo aspira a la desarticulación de esa dominación y a cualquier resto de asimetría y desigualdad de clase y de otro género en la naturaleza de las relaciones humanas, favoreciendo una libre autonomía y limitando las interferencias estratégicas de poder en el campo de la formación de una ciudadanía democrática. Esa es la misma razón por la que se debe impugnar tanto el estalinismo en las experiencias del socialismo real como el fetichismo estatista derivado de su propia lógica jerárquica y explotadora. En eso consiste la idea marxista de una “asociación de productores libres”, incluso si ella es sólo una idea regulativa. Impugnar las barreras que separan al socialismo del populismo a raíz de la reproducción a escala ampliada del principio jerárquico y opresor de los países  mencionados,  consolida  la  idea  de  que  un  horizonte  social  diferente  es imposible.

Por último, una democracia radical, objetivo explícito del posmarxismo, sólo es posible en la medida en que sean removidas las barreras estructurales que reproducen las condiciones de un acceso desigual a la arena política. Esa desigualdad básica sigue asentándose en la capacidad de apropiación del excedente social asegurado por la propiedad de los medios de producción de la clase capitalista. De aquí que una perspectiva socialista sea la única variante de asegurar una democracia tal.

 

 

En conclusión, nunca el populismo ha representado el antagonismo contra todo tipo de opresión y dominación y por eso mismo, populismo y socialismo son proyectos estratégicos distintos. Una democracia radical solo puede devenir tal en cuanto se debilitan las formas alienadas de la economía y el poder y en consecuencia el antagonismo de clase.

 

El estructural-funcionalismo y su variante de izquierda

En los clásicos trabajos sobre el populismo del sociólogo argentino Gino Germani, se destacan ciertos conceptos que son constitutivos de su mirada teórica. Su estudio del peronismo parte de la caracterización de un fenómeno atípico, un proceso de modernización abrupta que da como resultado una movilización no integrada institucionalmente. De este modo lo que debería haberse desenvuelto de acuerdo a ciertos cánones según el modelo europeo, no se registran en la experiencia peronista. Si en el primer caso una democracia representativa logró integrar a los partidos, sindicatos y movimientos de la clase obrera en tanto organizaciones autónomas, en América latina este proceso no se logró debido al desbordamiento de los canales institucionales con demandas crecientes. Esta situación de “anomia” ofrece  “grupos en disponibilidad” que pueden ser “manipulados” por nuevas formaciones políticas populistas que desprecian la democracia y tienden a ser autoritarias, basados en figuras carismáticas. Mientras que en Europa la clase obrera se consolidó mediante la identificación a sus partidos de clase, sean revolucionarios o reformistas, en América latina adoptaron un comportamiento “anormal”, “desviado” sin capacidad de autonomía de clase y carentes de una ideología correspondiente. De ese modo la adscripción al peronismo, al no seguir el modelo europeo se revela como “irracional”, una “aberración”, mientras lo racional hubiera sido el “método democrático” de corte europeo. La “tragedia argentina” consistió en un tipo disfuncional de integración de masas que dio como resultado una formación histórica autoritaria6.

Germani también introduce en su análisis un componente estructural de determinaciones históricas por las cuales entiende que en cierto sentido no cabía otra actitud a la clase obrera de los años ‘30, por lo que reintroduce cierta “racionalidad”  o justificación en el recorrido histórico de la clase obrera.

En el caso de algunas corrientes de pensamiento de la izquierda argentina, las formaciones populistas constituyen un “desvío” o “deformación” de un trazado político que debería corresponder a su propia naturaleza de clase. En este caso las articulaciones populistas  no  dejan  de  ser  irracionales  o  desvíos  históricos  aberrantes,  aunque  se explican   por   una   divergencia   extendida   en   el   tiempo   entre   la   clase   obrera, inherentemente revolucionaria en un período de decadencia capitalista, y sus liderazgos, siempre conservadores y reaccionarios por la acción corruptora ejercida por el capital. Sobre la base de esta lógica, las formaciones populistas, recurrentes a lo largo de la historia del siglo XX y con fuerza en algunos países en la actualidad, está concebida como un constante desvío y distorsión de los objetivos que su esencia clasista le dicta a la clase obrera. Mientras que en la perspectiva funcionalista el pueblo constituye una masa disponible a la manipulación, en esta versión su disponibilidad se da producto de una traición política y no de una disfunción social.

Esta conceptualización es contradictoria con el poder esencialista que se el atribuye al proletariado. En definitiva cabe preguntarse cómo es posible que una fuerza histórica determinante en la sociedad pueda carecer de eficacia en el plano político de una manera tan profunda y prolongada, siendo incapaz de conservar su autonomía incluso en procesos revolucionarios.

Los usos de la Ideología

La base para representar al populismo como una desviación, es en parte la definición de ideología como “falsa conciencia”. El populismo puede ser representado como la expresión distorsionada de una representación proletaria ante la cual el papel del marxismo, en cuanto ciencia del materialismo histórico, es la desenmascarar y volver transparente lo que antes era opaco a los ojos de las masas. Este concepto de ideología, se sabe, es uno de los varios significados que Marx ofreció de ellos y quizá el más controvertido, sostenido en la metáfora de la “cámara invertida” que muestra una distorsión de la imagen desde la propia retina. Aunque esta definición parece hoy arqueológica, otra perspectiva, menos positivista, sobre una falsa conciencia no puede obviarse. En dicha metáfora Marx y Engels hacen hincapié en la distancia que separa las condiciones materiales y sus propias acciones de las ideas que los hombres se representan. Esa distancia es la que les permitió enfrentar la identidad absoluta entre objeto y sujeto del idealismo alemán. Igual que en Freud, ellos introdujeron la sospecha, revolucionaria, sobre lo que los hombres dicen de sí mismos. La brecha que existe entre ambas es el espacio de reflejos y ecos distorsionados de los que hablan en La ideología alemana. En una época donde se ha abrumado a las ciencias sociales con un relativismo posmoderno, es bueno anticipar que no todo puede ser sustraído a una verificación en cuanto a la falsedad o verdad de un enunciado. En este sentido el concepto de lo científico no deja de tener un valor real para el movimiento social. No deja de ser cierto que los discursos racistas o sexistas son expresiones distorsionadas o falsas sobre un sexo débil o sobre una raza inferior, así como una perspectiva condescendiente con el holocausto pueda expresar una falsa conciencia respecto a la condición de los judíos. Tiene implicancias para el debate aquí propuesto. Laclau no le da importancia al tipo de enemigo  que  un  discurso  construye.  Lo  que  importa  es  la  construcción  de  una conciencia contingente tout court. Puede ser una fantasmática “oligarquía”, el imperialismo, la burguesía mundial, los ricos, la globalización7. Lo importante para la política radical es constituir un pueblo. Pero el enemigo también pueden ser los judíos, los inmigrantes que quitan el trabajo a los nativos o la amenaza del país vecino. Sin distinguir algún criterio de verdad, que trasciende el discurso mismo, todos los gatos son pardos en la noche relativista. No basta con constituir un pueblo, hace falta que dicha unidad se corresponda con algún tipo de interés histórico, en cierta medida más allá de la conciencia inmediata de los actores sociales.

La brecha, nunca eliminada, entre lo que hacemos y lo que pensamos sobre ello, se encuentra en un territorio de opacidades y no siempre estamos en condiciones de comprender de la mejor manera los actos que nos gobiernan. Sin embargo de esta falta de transparencia no se sigue su necesaria falsedad.

Las ideas sobre reflejos y ecos sugieren demasiados problemas y reminiscencias iluministas y racionalistas más próximas al materialismo mecánico. Las intervenciones políticas, las ideas y significados que damos a las cosas organizan nuestro mundo vital, son parte de las condiciones materiales y no son sólo distorsiones ideológicas de una infraestructura económica. Como sostuvo Raymond Williams “No es como si existiera ‘primero  la  vida  social  y  material  y  a  continuación,  a  cierta  distancia  temporal  o espacial, la conciencia y ‘sus’ productos (…) La conciencia y sus productos son siempre parte,  aunque  variable,  del  propio  proceso  social  material”8.  Es  a  través  de  unas prácticas, de una experiencia y de una lucha cómo puedo transformar mis propias opiniones sobre un sistema social. No es posible entender el papel ideológico de un discurso sin comprender el medio social y político, es decir histórico, que ese discurso atraviesa. Volveremos sobre este punto al considerar el concepto de hegemonía.

Entre un mundo social distorsionado y completamente opaco respecto de los actos e intereses sociales propios y una comprensión transparente del proceso social en el que se está inmerso, existen una serie de tipologías de frontera variable. Una conciencia verdadera no puede estar exenta de mediación simbólica.

Alimentando un desliz racionalista e iluminista, Althusser separó tajantemente en algunos de sus escritos, la ciencia de la ideología. Las posiciones de la clase obrera se expresan no en alguna ideología, sino en la Ciencia, la del materialismo histórico, en lucha siempre permanente contra toda ideología, incluso aquellas de la clase obrera. Separa una falsa conciencia –ilusiones, creencias, sentido común- del saber verdadero. Pero una ciencia así definida sólo puede tener como criterio de versad su propia coherencia interna, y la sustrae de todo contexto histórico. Igual que la sociología de Augusto  Comte,  para  la  cual  las  ciencias  sociales  son  una  “física  social”  de  tipo objetivo, la historia queda fuera de toda explicación social. Una metafísica científica, desaloja a la historia y se vuelve sobre sí misma para encontrar su propio criterio de verdad, con el cual Althusser pretendió conjurar el peligro relativista que anida en el historicismo.9  Por otra parte, analiza lo imaginario como un elemento ficticio, distorsionado. De Ipola utiliza a Rancière para ofrecer una versión diferente: “En el prólogo  en  cuestión  (Se  trata  del  libro  La  lección  de  althusser)  Rancière  hace  un conjunto de observaciones sobre las condiciones que hicieron posible, y necesario, el surgimiento de la teoría marxista   ‘…(que se sirve) de las formas discursivas de la ideología proletaria: lo que Rancière llama ‘las voces del taller, los rumores de la calle, las consignas de la insurrección …las formas de la literatura obrera o popular y de la canción picaresca…’. De alguna manera, el discurso científico de El Capital, como el discurso filosófico de los Manuscritos, articula, en el registro de una teoría o de una filosofía  determinadas,  las  consignas  de  lucha  de  los  proletarios.  Y  no  sólo  las consignas: también los ‘sueños’, las ‘fantasías imaginarias’ de los obreros. Mientras que lo imaginario en el discurso popular puede representar un obstáculo al conocimiento, puede en otras circunstancias representar una condición de posibilidad del mismo”10.

 

Ideología y hegemonía

 El concepto de hegemonía puede resultar más flexible y menos rígido para entender el fenómeno por el cual las significaciones en un proceso histórico deben ser permanentemente negociadas y donde no existe un límite infranqueable para la utilización de ciertos tópicos ideológicos. Ella incluye también el político y el económico.  Se  puede  ejercer  cierta  hegemonía  mediante  todos  estos  recursos  y  en general ellos están siempre comprometidos. La hegemonía, al ser constituida por una clase o bloque de clases en lucha frente a otro bloque, debe necesariamente apropiarse de determinadas ideologías de las clases subalternas si pretende volverse hegemónico. Hasta el régimen fascista, cuyo centro fue la coerción y el terror más que el consenso, se apropió de ciertas demandas populares y ciertas tradiciones nacionales. En la Venezuela actual, por ejemplo, la nacionalidad es un campo de disputa áspero. Mientras que la figura simbólica de Bolívar fue asumida en el pasado por la institucionalidad estatal como precursor de la Venezuela moderna, hoy ha sido reapropiada como instrumento histórico de la lucha antiimperialista.

Una “creencia verdadera” de las clases explotadas puede ser estructurada en el seno de un   discurso   hegemónico   dominante   o   viceversa.   El   sincretismo   de   la   iglesia colonizadora  en  América  latina  o  el  carnaval  medieval  pueden  ser  ejemplos  de absorción  cultural  de  elementos  populares  ajenos.  El  sentido  político  de  ciertas creencias,  puede  ser  asumida  como  propia  por  las  clases  dominantes.  Algunos contenidos institucionales pueden ser reivindicados como propios, o ser abandonados al enemigo. Ese es el valor político ambiguo que tiene la democracia, ya sea una conquista de la lucha popular, o “el mejor envoltorio de la dominación capitalista”. En Venezuela el patriotismo nacionalista inculcado por las clases dominantes durante décadas, que contribuyó a la defensa de la legitimidad del régimen ha sido radicalmente replanteada bajo otra perspectiva y dio lugar a la diferenciación política en el seno de sus Fuerzas Armadas.

El papel que cumple la ideología como fuerza política requiere de una definición relacional, lo que sucede también con respecto al Estado, como lo hemos destacado en otro lugar frente a las definiciones de tipo instrumentalistas11.

Las clases sociales no explicitan sus ideologías de manera desnuda, directa, como si les correspondieran determinadas concepciones como productos naturales de su propia naturaleza.

Las ideologías son espacios de disputa, ambivalentes, un campo semántico complejo y conflictivo; allí algunas ideas brotarán más directamente de experiencias clasistas, otras menos. Por su parte, al constituir articulaciones ideológicas las clases adquieren compromisos ideológicos con otras clases, así como económicos y políticos. La formación ideológica de una clase nunca está ligada directamente a una “naturaleza social” aunque ella sea su fundamento material -en concordancia con su posición de clase-, sino a la relación que en la lucha histórica ha tenido con el resto de las clases sociales. En ese campo de lucha, los significados son permanentemente robados, negociados, transformados o reapropiados por las clases en disputa, y esa composición hegemónica  es  productora  de  significados  sociales  duraderos  que,  para  decirlo  en términos de Althusser sobredeterminan las relaciones sociales. Ese fue el mayor aporte de Edward P. Thomson al estudio de la manera en que la clase obrera se constituyó a lo largo de los siglos.

En otros términos, existe una lucha permanente por la interpretación de los hechos y los discursos, lo que implica una disputa no sólo en el espacio de la producción de sentidos, sino en el de la circulación y la recepción de los mismos. Si en América latina lo ideológico aglutinó a lo social y lo político, conformando sujetos colectivos de identidades no clasistas, también es real que en ese movimiento colectivo no dejó de expresarse las orientaciones clasistas, de manera que se desplegaron un conjunto de disposiciones diferenciadas de sujeto, en el que el momento clasista nunca dejó de tener su peso específico, imponiendo una diversidad de orientaciones de acuerdo al peso social y político de las clases trabajadoras del continente.

Lo que implica hoy el “bolivarianismo” es algo muy distinto de los que significaba en el imaginario colectivo venezolano en el pasado. Lo que signifique un “socialismo del siglo XXI” para los nuevos empresarios vinculados a las contrataciones de obras del estado, parece ser algo muy diferente para aquellos que lo asocian a una democracia participativa y protagónica, de acuerdo a la nueva Constitución bolivariana y al impulso actual a los Consejos Comunales. La convocatoria a la formación de nuevos Consejos Laborales en las empresas públicas y privadas puede ser entendida como un acto manipulatorio para ejercer un control más directo desde el Estado, o puede serlo como un campo de confrontación en los lugares de trabajo que potencia la acción y la influencia de los sindicatos clasistas. Su dinámica depende de su interpretación social y no sólo de un acto de gobierno. Como lo afirma Carlos de la Torre “El populismo, igual que el carisma (…) no puede reducirse a las palabras, acciones y estrategias de los líderes. Las expectativas autónomas de los seguidores, sus culturas y discursos son igualmente importantes para entender el lazo o nexo populista”12. Mientras que una perspectiva de falsa conciencia tenderá a considerar al discurso socialista como “demagogia” de Chávez, una perspectiva hegemónica tenderá a considerar el discurso como un componente esencial de las nuevas percepciones populares y se inclinará por entender la apertura de un campo semántico de disputa, es decir, una lucha política por el significado de dicho socialismo.

Ahora es posible entender mejor cómo el terreno de la ideología se vuelve un campo político  no  por  la  impugnación  lisa  y  llana  de  las  tradiciones,  mitos,  creencias  y símbolos populares, incluidos sus caudillos, sino un espacio de disputa por su significación,   relevancia   y   alcances   desde   una   perspectiva   socialista.   El   acto hegemónico no trata tanto de desalojar una ideología por otra, como en articularla en un nuevo entramado hegemónico.

 

Conciencia posible

 

Entender la ambigüedad del populismo como un tipo de distorsión llana puede resultar equivocado. Bajo esta perspectiva se suele subestimar las implicancias políticas del fenómeno  chavista,  sobre  todo  el  avance  político,  de  conciencia,  de  organización popular de los últimos años, donde el proceso tomó un curso cada vez más radical como reacción a los intentos desestabilizadores de la derecha. Esa dialéctica entre liderazgo y masas movilizadas, sólo es posible comprenderla bajo otro concepto que el de una dicotomización entre el arriba manipulador y el abajo desorganizado.

Quizá esto pueda ser explicado con un concepto que utiliza Lucien Goldman, el de conciencia posible13.

Goldman enfoca el problema sobre la conciencia posible más que sobre la conciencia real. Después de todo, la mejor encuesta sociológica no hubiera podido detectar en enero de 1917 que esos campesinos que bendecían al zar se hubieran alzado contra él pocos meses después. Se trata de comprender los cambios susceptibles de producirse en la  conciencia.  Mientras  que  ellos  podían  aceptar  ciertos  puntos  de  un  programa socialista, eran incapaces de asimilar uno que sostuviera la socialización de la tierra. Por eso  motivo  Lenin  abandonó  su  programa  original y  concedió  la  posibilidad  de  un reparto individual, lo que le valió un áspero debate en el seno del socialismo. Frente a los campesinos, Lenin logró negociar de manera tal que pudiera avanzar su programa socialista. Un conflicto más fundamental se encuentra en el dilema de los economistas clásicos, a los que Marx los consideraba epistemológicamente incapaces de ir más allá de su conocimiento del Valor, producto de su propia perspectiva de clase, lo cual tiene implicancias fundamentales en la teoría de la comunicación, porque aquí la capacidad comunicativa  está  ontológicamente  bloqueada. Se  trata  ante  todo  del  problema  del campo de conciencia de un grupo y de su variabilidad sin que se operen cambios sustanciales  en  la  estructura  social.  Lo  que  nos  interesa  aquí  es  más  bien  unas consecuencias  derivadas  de  la  conciencia  posible,  aquella  que  puede  situarse  y  se vuelve concreta para todo un grupo social en una coyuntura histórica. En ese caso lo que es “falso” o “verdadero” no puede ser definido de manera externa, sin comprender el campo de las opciones posibles, determinadas por la historia pasada y la coyuntura política. Tomemos el caso del programa de Lenin sobre el derecho a la autodeterminación nacional. Aquí también muchos socialistas, entre ellos Rosa Luxemburgo, se opusieron a dicha consigna por considerarla una claudicación al nacionalismo burgués. Pero Lenin tenía en mente algo parecido a esa estructura de lo posible en la conciencia de las masas. Lenin entiende que, frente a la presión zarista, la autodeterminación de las naciones oprimidas por el imperio ruso constituye una opción política realista y emancipadora, que la burguesía nacional desea capitalizar para sí misma. Un internacionalismo abstracto constituiría una perspectiva reaccionaria, porque la conciencia de clase internacional debe ser situada en las condiciones de posibilidad reales en que puede manifestarse. Las demandas y los sentimientos populares fueron un dato fundamental en la consideración científica sobre lo “racional” o lo “irracional” de una cierta adhesión política o inclinación de la conciencia. El papel de lo nacional jugaba, como lo juego hasta el día de hoy en América latina, un doble papel y por lo tanto constituye una arena de disputa por el contenido social que debe adquirir.

Con esto nos basta para poder avanzar hacia una definición más compleja sobre la conciencia y la perspectiva socialista, y para poder captar en la experiencia práctica, en la “práctica real vital”, como decía Marx, las opciones efectivas que tuvieron a mano los actores sociales y que constituye una plataforma única para el desarrollo de un movimiento socialista.

El caso de Venezuela parece óptimo para ejemplificar el contenido preciso de una conciencia posible. El hundimiento de los partidos hegemónicos de la era puntofijista, abrió el camino para la emergencia de nuevas formaciones políticas una vez que el Caracazo de 1989 y el descontento popular agotaran las capacidades regenerativas del régimen institucional. En esas condiciones emergió lo que había sido una tradición en la política venezolana, un liderazgo militar, de características plebeyas que mediante métodos anti-institucionales, logró captar el apoyo popular porque abrazó demandas nacionales, antiimperialistas, agrarias e indigenistas en una oposición polarizada al viejo sistema  de  partidos.  No  hay  aquí  “desvío”  alguno  de  una  perspectiva  proletaria socialista, porque en las circunstancias concretas no había una opción de ese tipo que estuviera disponible. No fue la izquierda histórica, muy debilitada, sino un liderazgo populista sin apoyo empresario ni político, salvo de algunos sectores militares y de izquierda, el que lanzó un desafío al régimen de partidos. Chávez fue indiscutiblemente el motor de un proceso de cambios políticos y sociales que no hubieran tenido eco sin un movimiento popular dispuesto a entablar una lucha. Esta característica resalta si se la compara con situaciones como las de Bolivia y Ecuador, donde la fuerza combativa de los movimientos sociales, el peso organizativo de los mismos y, particularmente en Bolivia, la fuerte tradición de activismo proletario y campesino, fueron la base de la construcción política institucional que luego llegaría al poder como producto directo de levantamientos e insurrecciones.

En este sentido concreto, la opción de las masas frente a la constitución de un campo de oposición delimitado entre un bloque institucional caracterizado como corrupto y subordinado al FMI y el imperialismo, y otro que se presentó abrazando una causa nacional, operó en el sentido de esa conciencia posible que explica un apoyo masivo del pueblo pobre a Chávez. Una oposición a dicho liderazgo en nombre de un socialismo materialmente inexistente, reproduce ese tipo de cortocircuito entre la doctrina y la conciencia  posible  de  un  movimiento  real,  que  se  traduce  en  una  incomprensión histórica y una apelación al recurso teórico del “irracionalismo”.

Esa  conciencia  posible  se  sostiene,  además,  en  una  cultura  política  de  tradición histórica, donde las masas han sido incorporadas al movimiento y despertadas a la vida política por liderazgos políticos populistas. Pero mientras formaciones como las de Acción Democrática movilizaron de manera clientelar las voluntades, en la actualidad se asiste a una combinación contradictoria de flujos en ambas direcciones: interpelación desde arriba e iniciativas tomadas desde abajo que constituyen un terreno de subjetivación política cualitativamente diferente al tipo de movilización clientelar del pasado.

La polarización social y radicalización política posterior al golpe y al paro petrolero alimentaron la formación de organizaciones autónomas en urbanizaciones y municipalidades, en el campo y empresas, como lo atestigua el crecimiento   del movimiento campesino y la formación de la UNT junto con un proceso de sindicalización creciente desde 2003. En este itinerario están contenidas todas las contradicciones de un proceso abierto, en las que conviven tendencias caudillísticas con aquellas de auto-organización que implementaron desde el mismo estado las Misiones, los Comités de Tierra Urbana, las Mesas Técnicas del Agua y otras instancias de organización por las bases que confluyen en los Consejos Comunales como instancias de coordinación. La iniciativa de formación del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) contiene todos aquellos ingredientes contradictorios antes mencionados. Una necesidad de consolidar y dinamizar el propio aparato político burocrático y darle consistencia organizacional, concentrar una cadena de mandos intermedios que la difusión pluripartidista de los denominados partidos del cambio (MVR, PODEMOS, PPT, PCV y otros) no logra. Este movimiento se traduce en la convocatoria a una ampliación de los espacios políticos de las masas y la toma de decisiones en un partido de masas. Centralización burocrática y democratización. Tendencias contradictorias que se procesarán en su interior, al que se trasladará todas las tensiones vivas que existen en el amplio movimiento bolivariano. Por su carácter de masas,  dicho  partido  no  puede  ser  definido  en  términos  categóricos,  sino  como formación centrista, vacua, a la manera en que se dieron partidos o movimientos de masas en pleno proceso revolucionario, como el Sandinismo y el FMLN salvadoreño, o formaciones con control estatal en proceso revolucionario, como el ejemplo, según Trotsky, de la SFIO francesa en el ascenso del Frente Popular en Francia en 1936.

En definitiva entran en tensión las formas de cristalización institucional y de cooptación estatal con el despliegue de movimientos de autogestión, como ocurre con la cogestión en empresas o con la convocatoria a la formación de Consejos Laborales. Estudiando comparativamente las formaciones políticas de la historia nacional venezolana asistimos por primera vez a una amplia y expansiva red de participación popular en los capilares de  la  sociedad  civil  en  un  país  caracterizado,  desde  la  misma  constitución  de  su esquema productivo rentístico, por su verticalismo y dependencia estatal, que en la cultura nacional ha sido el gran redistribuidor de favores y prebendas a lo largo de la Venezuela moderna14. En ese sentido las alternativas para una evolución dinámica hacia una formación socialista están hoy mil veces más maduras de lo que estaban hace diez o quince años, cuando la izquierda revolucionaria era casi inexistente, la guerrilla había sido liquidada y la izquierda alternativa como Causa R o el MAS se habían adaptado rápidamente al cogobierno institucional AD-COPEI.

 

Lucha hegemónica

 Lo decisivo de una ideología no es que sea una falsedad respecto a una realidad vedada que nos gobierna, sino una fuerza activa que organiza nuestras vidas mediante una “visión  del  mundo”.  Ella  es  históricamente  orgánica  cuando  es  argamasa  de  un consenso histórico. Por lo tanto no es falsa o verdadera desde un punto de vista científico-metafísico, sino si es eficaz desde un punto de vista histórico en relación a la emancipación social. El sentido común popular, con sus mitos y leyendas no puede ser desechado sin más, así como no se debe caer bajo el influjo demagógico de venerar todo lo que proviene del pueblo. Se trata de distinguir, separar, y rearticular las tendencias críticas y potencialmente revolucionarias en las prácticas y sentidos populares en una estructura más amplia y sólida, científicamente estructurada y que de cómo resultado una visión del mundo superior a la vieja sociedad. Esa rearticulación de un sentido común potencialmente crítico que nace de la experiencia vital (un revuelto de sentidos de dirección imprecisa y contradictoria) con la “filosofía superior” es el hilo que anuda la política, que no puede realizarse sin que existan intelectuales orgánicos, y sin que ellos sean parte de esa masa popular, de manera tal de asegurar la unidad de teoría y práctica. Ello da por resultado un nuevo bloque hegemónico siempre móvil, en permanente construcción, de fronteras imprecisas.

 

Izquierda y populismo en América latina

Laclau ha hecho hincapié en el carácter mediador de lo simbólico para entender la autonomía de lo ideológico en la constitución de agentes sociales. Pero introdujo una escisión ilícita en la dialéctica entre el campo simbólico y el campo social, de la que deriva  una  contingencia  radical,  una  vez  rota  cualquier  ancla  condicionante.  Sin embargo es posible reconstruir una estrategia socialista partiendo del concepto de hegemonía, reestableciendo su dialéctica político-social. Es una tarea por desarrollar conforme al necesario recomienzo de un pensamiento estratégico. Es posible para ello retomar el sentido de una diferenciación de orientaciones en el seno del populismo, lo cual lo vuelve un proceso dinámico. Allí están latentes una orientación basada en la reconstrucción del estado mediante un modelo desarrollista y una tendencia de ruptura social que conviven de manera inestable. El populismo venezolano representa estas dos facetas, con mayor o menor preponderancia y superposiciones de acuerdo a las coyunturas políticas.

Antes de proseguir constatemos una serie de elementos constitutivos del nuevo proceso latinoamericano que podrían servir para comprender un poco mejor el terreno de una recomposición estratégica.

El papel preponderante del Estado en la reconfiguración del proceso venezolano demuestra la vitalidad de las formaciones populistas en el continente. Se trata de un fenómeno histórico y no de una técnica coyuntural de manipulación política.

El elemento estatal es preponderante en toda la formación social latinoamericana. Ella contrasta con la génesis de las formaciones de clase europeas que se forjaron con mayor independencia relativa del estado, en un antagonismo social permanente durante todo el siglo XIX. En las clases subordinadas, dio origen a las mutuales, sindicatos y partidos propios de clase. Su posterior integración en el Estado Ampliado no borró la huella de su formación independiente. Fue distinta la constitución de un sujeto político clasista en América latina (con todas las desigualdades propias de países muy diferentes), muy asociada a la arena estatal e integrada desde su constitución tardía en las formaciones populistas. Este rasgo particular tuvo un peso decisivo en Venezuela incluso con la formación de los modernos sindicatos en el siglo XX. Esa característica, luego del hundimiento de la institucionalidad surgida en 1958 del pacto de Punto Fijo, sigue siendo preponderante. La renta petrolera tiñó todo el campo de la formación social de clases en base a la redistribución del poder y de la asignación de recursos desde el estado. Sea mediante un sistema partidista monopólico en la gestión estatal (AD- COPEI), o mediante liderazgos movimientistas (Chávez), el Estado fue siempre un mediador fundamental en la alianza de actores sociales, cobrando primacía sobre las organizaciones intermedias (sindicatos, organizaciones profesionales, movimientos agrarios o comunitarios) las cuales se han desarrollado bajo su tutela o estructurados de acuerdo a su relación con él.

Esta relación asimétrica se reprodujo en el proceso bolivariano, pero éste ha desatado un proceso de retroalimentación abierta que por primera vez en la historia moderna venezolana abre la posibilidad de un desarrollo considerablemente más autónomo de las clases explotadas, condición indispensable para cualquier proyecto socialista. Desde el punto de vista del debate sobre el socialismo desde abajo, está claro que en Venezuela conviven  dos  tendencias  en  un  difícil  equilibrio.  Persiste  un  conglomerado  de tendencias latentes de dirección opuesta, aunque lo nuevo en el proceso actual ha sido la radicalidad en las políticas de participación popular que reabren de manera concreta el debate sobre las vías de la democracia directa y su relación con la democracia representativa.

 

Estrategia socialista

Más allá de sus particularidades, Venezuela vuelve a plantear una pregunta referida a las formaciones políticas de masas en el continente: Cómo alcanzar una hegemonía de las clases explotadas, y por lo tanto una voluntad colectiva nacional popular, recuperando la dimensión clasista y socialista de dicha hegemonía15. La dinámica cubana parece marcar más una excepción que un patrón de acción normativa. Allí una dictadura militar fue derrocada  por  un  bloque  democrático  que  en  su  dinámica  social  y  política,  se desenvolvió  de  manera  permanentista  dando  por  resultado  un  trastocamiento  del régimen democrático burgués hacia tareas socialistas. Pero en la mayoría de los países de la región, las formaciones sociales menos rígidas, el permanentismo no agotará la estratégica socialista. Allí está la dificultad de dicha perspectiva en países con recambio constitucional, cierta movilidad social y riqueza de instituciones políticas y civiles. Aún así el modelo cubano se basó en un liderazgo popular democrático, bajo formas políticas no muy diferentes a ciertos populismos regionales, ajeno a la izquierda latinoamericana, que atravesó el umbral de la propiedad privada con la agudización del conflicto desde mediados del año ‘60. Una mayor dependencia económica, una frágil organización estatal y una burguesía muy débil, le otorgó al populismo cubano un mayor contenido obrero campesino y lo hizo menos permeable a la influencia burguesa, como en Argentina, Brasil o México. Allí todo el potencial socialista de una rica tradición revolucionaria  pudo  coagular  en  una  orientación  de  ruptura  con  la  vacilación policlasista del populismo continental. Dejó en los hechos de ser populismo.

Nuestra orientación, que comprende el fenómeno populista latinoamericano como un conjunto contradictorio de tendencias latentes, apunta a transfigurar y rearticular el contenido popular revolucionario de dicha constitución en una voluntad colectiva anti- capitalista y socialista. Las formas en que esto sea posible, el arte político de dicho desenvolvimiento y el papel que le quepa a los líderes populares en este proceso están abiertos al desarrollo real y concreto de cada proceso y a las vías tácticas y mediaciones particulares que encuentre la izquierda en el transcurso del mismo.

Lo importante es la capacidad de orientar y desarrollar las tendencias revolucionarias por sobre las conservadoras. Pero para ello no puede prescindirse del terreno en el que se desenvuelve el conflicto: una recuperación de identidad nacional popular antiimperialista, una recomposición de sujetos populares operada por la intervención del movimiento bolivariano encabezado por Chávez, la percepción popular de que un liderazgo populista ha sido motor de iniciativas radicales y de la ampliación del espacio de intervención de las masas, y a su vez de la participación y acción de estas mismas en los momentos críticos. Se abren así toda una serie de problemas tácticos y políticos, pues los elementos indicados se sobreimprimen a la tendencia cesarista, la reproducción de un movimiento subordinado a la toma de decisiones de un liderazgo reducido e incluso  unipersonal,  el  aplazamiento  de  una  clara  orientación  anti-capitalista  que dificulta y bloquea una reorganización social y productiva no rentística y preserva aún niveles importantes de desigualdad y pobreza, por lo menos respecto a la evolución de los ingresos petroleros.

La concreción de una estrategia de hegemonía socialista implica un desafío para la izquierda, pues debe abandonar todo aristocratismo político basado en el concepto de “falsa conciencia” y ser capaz de superar el populismo sobrepujando y rearticulando toda una serie de valores, demandas e identidades. Se trata de distinguir el contenido estratégicamente diferencial entre el socialismo y el populismo, así como comprender su entrecruzamiento.

Una versión pobremente racionalista de la dinámica de la lucha de clases en Venezuela, puede estar tentada, como dijimos, de una denuncia a la “irracionalidad” populista. En ella, agentes sociales que deberían comportarse en base a unos modelos prefijados de acción colectiva (por ejemplo el modelo ruso de relación con el estado o de formación de organismos de poder), parecen siempre manipulados y desviados de dicho objetivo. Esta concepción no tiene chances de explicar ni el tipo de acción colectiva del proceso venezolano, ni el papel del liderazgo de Chávez. Porque las formas y las vías que adquiere  dicha  acción  colectiva  no  dependen  sólo  de  modelos  y  programas,  sino también de la morfología social y político-institucional resultante de toda una tradición nacional.

Es recomendable, en consecuencia, abandonar cierta política de la externalidad, en la que se espera que un movimiento de masas confundido y cautivo “despierte” de su encantamiento y rompa políticamente con el populismo. La exterioridad política es una consecuencia de dicha caracterización. Ella se sustenta en que el peor enemigo es aquel que  se  “disfraza”  de  socialista.  La  idea  de  articular  demandas  y  estructurar  una estrategia socialista donde es lícita la “guerra de posiciones” como momento de una guerra total, es reemplazada por una confrontación global y directa, en primer lugar, con aquellos considerados como los enemigos más pérfidos. La dinámica hegemónica que traslada el centro de gravedad político desde una formación populista a otra socialista rearticulando los discursos y las conquistas sociales, ideológicas y políticas, es reemplazada por una confrontación directa con el populismo. Esa es la explicación por la cual todo apoyo a medidas progresivas resulta desechado. Sólo una exterioridad total respecto al movimiento populista, puede asegurar una doctrina y una pureza revolucionaria total, capaz de lanzar una confrontación abierta al enemigo más descarado, aquel que se disfraza de rojo. Por este camino una parte de la izquierda se ha vuelto  incapaz  para  participar  con  éxito  en  el  nuevo  ciclo  de  luchas  y  procesos populares abierto desde fines de la década del ‘90.

Aunque nunca es posible descartarla por completo, hasta ahora no se ha verificado una ruptura de masas como la operada en el modelo ruso, que sentó las bases para una “técnica de desenmascaramiento” y toda una doctrina sobre las consignas. La adhesión popular hacia aquellos movimientos que despertaron una conciencia nacional de masas perduró históricamente. Su decadencia nunca fue expresión de la emergencia y amenaza directa de la izquierda revolucionaria, aunque sí se ha verificado el desarrollo de alas de izquierda allí donde las tensiones llevaron a una diferenciación cada vez mayor.

En el período que se abrió se requiere un esfuerzo por repensar una estrategia socialista para América latina que ponga como norte de su objetivo la fusión de aquellos valiosos revolucionarios aislados durante mucho tiempo con un verdadero movimiento de masas. Sólo la fuerza y vitalidad de un pueblo en revolución puede concretar una doctrina que, si es histórica, si tiene el potencial para modificar la realidad, debe ella también ser modificada por el movimiento revolucionario real.

El rol que pueda jugar la izquierda socialista en la nueva ola latinoamericana es de vital importancia para configurar el papel que ocupará en la revolución por venir. Por eso mismo la estrategia de la izquierda latinoamericana debe ser puesta en discusión de manera urgente.

1 Hard, Michael; Negri, Antonio, Multitud, Debate, Barcelona, 2004.

2 Laclau, Ernesto, La razón populista, FCE, Buenos Aires, 2005.

3 Laclau, Ernesto, Política e ideología en la teoría marxista, Siglo XXI, Madrid, 1986.

4 Vilas, Carlos M., ¿Populismos reciclados o neoliberalismo a secas?, Revista venezolana de Economía y Ciencias Sociales, Vol. 9, Nº 3 (mayo-agosto), 2003.

5 Un debate sobre el populismo que arranca con esta distinción se encuentra en Portantiero, Juan Carlos, De Ipola, Emilio, Lo nacional-popular y los populismos realmente existentes, 1981, en De Ipola, Emilio, Investigaciones políticas, Nueva Visión, Buenos Aires, 1989.

6 Germani, Gino, Política y sociedad en una época de transición: de la sociedad tradicional a la sociedad de masas, Paidós, Buenos Aires, 1977.

7 Laclau, Ernesto, Por qué construir un pueblo es la tarea principal de la política radical, Cuadernos del CENDES Nº 62, Caracas, Agosto 2006.

8 Williams Raymond, Marxismo y Literatura, Ediciones Península, 1980, pág. 93.

9 Si los criterios de verdad son variables históricas y son la conciencia y la subjetividad proletarias lo que cuentan, puede resultar subjetivista esa estrecha relación entre conciencia y clase, como puede suceder en ciertos lugares de la Historia y conciencia de clase de Lukács, tan renuente al concepto de ciencia en reacción a su mal uso en la Segunda Internacional. Aún así, Althusser olvida preguntarse por las condiciones  históricas  y  materiales  del  origen  de  su  propia  ciencia,  pues  una  respuesta  a  aquella devolvería la imagen de una historia, un tiempo y un espacio fuera del cual esa ciencia vería evaporarse sus criterios de verdad.

10 De Ipola, Emilio, Ideología y discurso populista, Folios, Buenos Aires, 1983.

11 Una discusión sobre el carácter relacional del estado en el debate con las teorías anti-estatistas puede verse en Sanmartino, Jorge, El comunismo como proyecto y perspectiva, Revista de América Nº 1, Buenos Aires, 2006.

12 De la torre, Carlos, Masas, pueblo y democracia: un balance crítico de los debates sobre el nuevo populismo, Revista de Ciencia Política, Vol. XXIII, Nº 1, Pontificia Universidad católica de Chile, 2003.

13 Goldman, Lucien, Importancia del concepto de conciencia posible para la comunicación, en El concepto de información en la ciencia contemporánea (Coloquio de Royaumont), Siglo XXI, México.

14 Están en curso en Venezuela toda una serie de iniciativas para desarrollar y dar un contenido socialista al “protagonismo popular” definido desde la misma constitución bolivariana. Algunos de esos aportes pueden encontrarse en El Troudi, Haiman, Bonilla-Molina, Luis, Harnecker, Marta, Herramientas para la participación, Venezuela, Caracas, 2005.

15 El mismo problema viene siendo discutido desde los años 70 y principios de los 80. Una valiosa aproximación que nos ha servido para retomar el debate actual es el aporte a problematizar esta pregunta que se dio en el Seminario de Morelia. En particular De Riz Liliana y De Ipola Emilio, Acerca de la hegemonía como producción histórica, en Hegemonía y alternativas políticas en América latina, México, Siglo XXI, 1985.

 

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