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Por Andreu Coll, militante de Izquierda Anticapitalista (España) y redactor de Viento Sur, 15 de enero de 2010.

La verdad es que no consigo hacerme a la idea de que Bensa ya no esté entre nosotros. Entre artículo y artículo, entre labor y labor, me asalta la emoción por su ausencia y su recuerdo. Su muerte deja un vacío enorme, un dolor agudo y una melancolía indescriptible. Tanto quienes somos militantes de la IV internacional como quienes pertenecen a otras corrientes del movimiento obrero, así como las gentes que se reconocen en el marxismo, necesitaremos un tiempo para darnos cuenta de la magnitud de esta pérdida. Como decía Miguel Romero en su artículo en Público, quienes queríamos a Daniel Bensaïd nos sentimos irremediablemente solos. La pérdida es demoledora por tres motivos:

porque era un militante revolucionario internacionalista,

porque era un intelectual marxista de una cultura y una curiosidad intelectual vastísimas,

porque era una de las personas más sencillas, amistosas y cálidas que jamás he conocido.

La izquierda y el movimiento obrero tardarán mucho en generar una personalidad que encarne tan bien estas tres cualidades.

No tengo ninguna duda de que quienes han tenido un trato más regular y de más años con Bensaïd deben llevar esto mucho peor que yo. Pero para quienes nos politizamos en este país de mierda entre los escombros del Muro de Berlín y la reacción neoliberal, ante el desprecio y la condescendencia de tantos arrepentidos, entre los vómitos intelectuales del postmodernismo y el pensamiento débil y cuando el marxismo era poco más que un rincón en las librerías de tercera mano o una serie de cenáculos académicos cómodamente instalados en el pesimismo cósmico y en la inoperancia política, descubrir a Bensaïd fue algo muy especial en nuestra formación política.

Pero fue especial porque formaba un todo con la LCR francesa y la IV internacional. Daniel encarnaba lo mejor de nuestra corriente política. Y, desde la muerte de Mandel, era su más insigne embajador en el mundo. Ambos encuentros, con Bensaïd y con la corriente que tan bien representaba, fueron para mí y para un reducidísimo grupo de camaradas poco menos que “salir del armario”.

Lo que hasta entonces eran intuiciones, sentimientos, ideas embrionarias, frustraciones, desconfianzas, deseos, recelos, esperanzas… existía en forma de elaboración teórica, iniciativa política, continuidad militante, relevo generacional, conciencia y experiencia. De mayo del 68 no sólo quedaban los beatniks arrepentidos y los partidos obreros “realistas” que se habían vendido por un plato de lentejas: existía una corriente revolucionaria que había sobrevivido a la debacle impulsando las nuevas luchas y resistencias a la vez que actualizaba su pensamiento y transmitía sus sólidas raíces en la historia del movimiento obrero a una nueva generación militante.

Nosotros crecimos y nos hicimos gracias a la LCR y a Bensaïd.

Con los libros, los artículos y las charlas de Bensa aprendimos a adentrarnos en Marx y el marxismo revolucionario gracias a su enorme claridad, erudición y calidez.

Con la muerte de Daniel se va para siempre una parte de nuestras vidas y de nuestra minúscula historia. De lo que se trata ahora es de seguir siendo fieles a su memoria y a su combate.

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