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Entre aquellos que buscamos construir una experiencia revolucionaria que no sea “ni calco ni copia”, que aspiramos a recrear el marxismo revolucionario de forma acorde a nuestro suelo nacional, la experiencia de la breve (y escasamente conocida) Organización Comunista Poder Obrero durante los años setenta, es una referencia obligada. Recuperamos aquí uno de los pocos materiales escritos sobre esta organización, por parte de dos de sus integrantes más destacados. Es la primera entrega de una serie de textos que iremos publicando sobre la OCPO. 

24/11/2006

Por Dardo Castro y Juan Iturburu

 

La historia de la Organización Comunista Poder Obrero (más conocida como Poder Obrero), es brevísima: abarca menos de un lustro. No obstante, entre 1974, cuando se constituye nacionalmente, y 1976, año del golpe militar, Poder Obrero logró un desarrollo teórico, político y organizativo que lo llevó a participar de las experiencias más importantes del movimiento obrero y popular argentino de la década del 70, tales como las luchas obreras de Córdoba, Villa Constitución y, el punto culminante, las Coordinadoras de gremios en lucha de 1975, que fueron los organismos político-sindicales más avanzados de la historia del proletariado argentino.
Poder Obrero fue la síntesis de una de las tres grandes vertientes revolucionarias de la Argentina: la de origen peronista, que culminó en Peronismo de Base-FAP y Montoneros-FAR, la marxista, que tuvo su mayor desarrollo en el PRT, y la socialista revolucionaria, con FAL y OCPO como principales expresiones.
En esos breves años, se incorporaron a OCPO, aportando su experiencia militar y política, algunas de las tendencias emergentes de la crisis de FAL y numerosos grupos independientes nacidos a fines de los 60. En 1975 la organización dio un salto cualitativo, cuando cumplió un papel decisivo en las Coordinadoras a través de sus cuadros obreros y formuló una propuesta de avanzada frente a la crisis abierta por la bancarrota de Isabel Perón y el avance de la derecha, lo que la ubicó como tercera fuerza, a menudo en un papel mediador, junto Montoneros y PRT.
Pese a que, por origen, Poder Obrero estaba ideológicamente más próximo al PRT, la política de masas lo acerca a Montoneros, sobre todo a partir del surgimiento de las Coordinadoras, donde OCPO y Montoneros, en ese orden, adquieren una influencia determinante.

La historia de OCPO puede sintetizarse en las siguientes etapas:

1) El período de gestación previa en varios grupos afincados en Córdoba, Tucumán, Rosario, Buenos y La Plata, cuando el debate teórico-político está fuertemente impregnado por la recuperación de la teoría marxista clásica. Aunque este debate implica, a la vez, un fuerte cuestionamiento al stalinismo y, poco después, a algunas tesis centrales de León Trotsky. En esta etapa la inserción es predominantemente estudiantil y en la comunidad intelectual, como la de casi todos los nuevos grupos de izquierda.
2) La segunda etapa comienza con el Cordobazo y sigue con el surgimiento del clasismo de Sitrac y Sitram, los sindicatos cordobeses de la automotriz FIAT. Es un período de intensas luchas obreras, que incluye, además, las huelgas revolucionarias cordobesas con tomas de fábrica, en 1970.
3) La tercera comienza en 1973, con una tremenda derrota política de la mayor parte de los grupos de la Izquierda Socialista Revolucionaria y un triunfo popular de masas, cuando Héctor Cámpora gana las elecciones y la dictadura militar se retira humillada.
4) La cuarta se caracteriza por la superación de aquella derrota y el crecimiento nacional de Poder Obrero, su inserción en sectores cualitativamente importantes del movimiento obrero y, estimulado por ello, por la formulación de una estrategia política mucho más depurada y precisa. En esos años, desarrolla una fuerza militar propia, cuyo nombre, Brigadas Rojas, evoca las milicias obreras de las insurrecciones europeas contemporáneas a la Revolución Rusa
5) Por último, hacia fines de 1975, el reflujo del movimiento de masas alienta un debate interno que culminará en dos tendencias: la “militarista” y la “espontaneísta”, para utilizar dos caracterizaciones de entonces. No hubo vencedores ni vencidos en esa polémica: La dictadura aniquiló a Poder Obrero y al resto de las organizaciones revolucionarias. El intento de unificar Montoneros, PRT y OCPO en la Organización de Liberación Argentina (OLA) llegó tarde, cuando las fuerzas revolucionarias ya habían sido diezmadas y, sobre todo, el movimiento obrero se había fracturado entre una vasta avanzada proletaria y las grandes capas de obreros peronistas que se retraían, desilusionados por el aciago final del gobierno de Isabel Perón.

Momento fundacional

En un encuentro realizado en Córdoba en 1974, una decena de agrupaciones pertenecientes a la izquierda socialista revolucionaria acordaron formar la Organización Revolucionaria Poder Obrero (ORPO), que integraron el grupo El Obrero, cuyo núcleo central era de Córdoba, Poder Obrero, de Santa Fe, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), de Buenos Aires, Acción Comunista y otros. Orientación Socialista, que venía participando de los debates previos, se apartó por sus desacuerdos en torno al papel de la lucha armada en la etapa y, fundamentalmente, por la caracterización del peronismo y el balance en torno a las posiciones adoptadas por la izquierda socialista en 1973.

El núcleo programático de ese acuerdo fundacional se apoyaba en los siguientes puntos:

–Que la creación de una nueva organización revolucionaria que unifique los destacamentos de la izquierda socialista surge –luego de un proceso de intensos debates con las organizaciones ya existentes– de la convicción de que la acumulación teórica y política de la Izquierda Revolucionaria Socialista llevó a la ruptura con las concepciones de la izquierda tradicional y aún con las de las corrientes surgidas en los sesenta, lo que plantea la necesidad de constituirse como una nueva alternativa revolucionaria. (La decisión de autodenominarse “organización” y no”partido” obedece a una concepción de la construcción del partido revolucionario, al que se considera resultado de un proceso, paralelo al advenimiento de una situación revolucionaria, en el que los distintos destacamentos de origen marxista y peronista arriban progresivamente a términos de unidad políticos y organizativos.)

–Que el carácter de la revolución en la Argentina es predominantemente socialista, ya que se trata de un país políticamente independiente –no obstante su dependencia económica del imperialismo– con una formación económico-social capitalista y una composición del proletariado predominantemente urbana e industrial. (Esta caracterización rompía con las concepciones del stalinistmo y el trotskismo, ya que la primera, crudamente expresada aquí por el Partido Comunista primero y luego por el Partido Comunista Revolucionario, postulaba una revolución democrática y antiimperialista, en tanto que el segundo definía a la Argentina como un país semicolonial, aunque planteaba la revolución socialista basándose en la célebre tesis del propio Trotsky sobre la Revolución Permanente.)

–Que la Argentina atraviesa una situación prerrevolucionaria, es decir que las fuerzas del proletariado, su organización y su conciencia no han madurado lo suficiente, aunque están en gestación las condiciones revolucionarias. (En este punto, se considera imprescindible el nacimiento de formas de doble poder para la apertura de la situación revolucionaria.)

–Que, en un marco de acelerada derechización de la gran burguesía, la lucha por la democracia y el socialismo exige una tal acumulación de fuerzas sociales y políticas que sólo es posible a través de la creación de un vastísimo Frente Democrático, cuyo núcleo es el proletariado industrial, que ayude a resolver la crisis a favor del campo popular.

–Que el clasismo es la expresión natural de la lucha reivindicativa del proletariado, ya que marca su independencia del Estado, la patronal y las burocracias, pero que no constituye en sí mismo una política de masas ya que la clase obrera construye su liderazgo político sobre las otras clases y sectores en el Frente de Masas, en cuyo seno libra la lucha por la democracia política. Concebir al clasismo como la política revolucionaria reduce a ésta al marco de la lucha sindical y aísla a la clase obrera de las otras clases y sectores que son sus aliados, transitorios o duraderos, en la lucha por profundizar la democracia y abrirle paso a una situación revolucionaria. (Esta concepción expresa otra de las diferencias con las corrientes de la época, incluso con otros grupos de la izquierda socialista, ya que considera al proletariado peronista y a las organizaciones revolucionarias que lo expresan como parte fundamental del frente de masas y de la dirección del proceso revolucionario. De ahí que la forma política del poder revolucionario se enuncie como Gobierno Obrero y Popular.)

–Que la construcción de las vanguardias políticas se da en el proceso mismo de construcción del Frente de Masas, distinguiendo entre dirección revolucionaria –que es colectiva, compartida por los distintos destacamentos prerrevolucionarios y no necesariamente comunista– del partido de la revolución, al que se prevé posterior a la toma del poder y como consecuencia de ella. En esa orientación, la apertura de un proceso que contemple niveles crecientes de unificación de las organizaciones revolucionarias se considera como una tarea decisiva.

–Que, frente a la situación política existente, es necesario extremar los esfuerzos por incorporar a todos los sectores democráticos, cualquiera sean sus niveles de compromiso y consecuencia, para extender y generalizar la lucha por una democracia avanzada y necesariamente inestable, ya que el afianzamiento de cualquier gobierno de la burguesía conducirá inevitablemente a una contrarrevolución preventiva y a la desarticulación del movimiento de masas mediante una represión aún más violenta que la de este momento.

–Que, en este contexto, la política de alianzas ha de ser sumamente flexible y dinámica, respondiendo a los distintos momentos del proceso político, y que la hegemonía proletaria en el Frente Democrático no se garantiza de ningún modo con un programa previo sino que la cuestión se define en cada momento concreto de la lucha. (También aquí OCPO rompe con la tesis de los frentes populares, que teorizó Dimitrov, y que Stalin impulsó en China y Europa, a la vez que con la propuesta de Trotsky, que, a propósito de la insurrección alemana y, más tarde, de la guerra civil española, reduce la lucha antifascista al Frente Unico, es decir a la unidad de los partidos obreros. En realidad, para Poder Obrero el Frente Democrático expresa los niveles de alianza para la lucha democrática, en tanto que el Frente Unico es la unidad de los revolucionarios , y ambos son parte de la construcción del Frente de Masas )

–Que la lucha por la democracia y el socialismo tiene un carácter ineludiblemente violento, lo que plantea la necesidad de construir un ejército proletario basado en las milicias obreras y populares. Aunque la acción militar independiente de las organizaciones revolucionarias se considera necesaria, ella forma parte de las tareas preparatorias para el armamento general del proletariado una vez abierta la situación revolucionaria. En ese proceso, se propone la generalización de los piquetes obreros armados como una tarea fundamental de la coyuntura.

–Que el carácter del enfrentamiento armado entre el proletariado y sus aliados, por una parte, y la gran burguesía y el imperialismo, por la otra, exige una estrategia de Guerra Civil Revolucionaria. (Esta tesis, fuertemente inspirada en las insurrecciones europeas, marca una diferencia fundamental con las otras dos propuestas vigentes en la época: la del PRT, de guerra popular prolongada, inspirada en China y Vietnam y que supone un papel fundamental del campesinado, y el insurreccionalismo del PCR y otros grupos –recuérdese la consigna “Ni golpe ni elección, insurrección”–, que las organizaciones guerrilleras llamaban “pacifistas”, porque postulaban un levantamiento generalizado del proletariado sin proponerse ninguna acumulación militar para garantizar que se pueda tomar y defender el poder.)

Un año más tarde, en 1975, en un nuevo encuentro en Buenos Aires, se incorporan FAL, de Rosario y Santa Fe, y Lucha Socialista, de La Plata, cuyo principal dirigente era Luis Rubio. Poco antes ya se habían integrado grupos más pequeños de Mendoza y San Juan, dirigentes estudiantiles de Filosofìa/70, de Buenos Aires, y ARDES, una agrupación fundamentalmente estudiantil de Tucumán, aunque su principal dirigente, Héctor Marteau, tenía una proyección popular importante en esa ciudad.
Luego de un corto debate sobre la necesidad de asumir la identidad comunista, pese a décadas de desprestigio, el nombre mudó a Organización Comunista Poder Obrero (OCPO).
El núcleo central de ORPO, primero, y luego de OCPO, fue El Obrero, que nació hacia fines de los sesenta por iniciativa de un grupo de militantes cordobeses, entre ellos, varios que habían participado de la etapa final del Movimiento de Liberación Nacional, conocido como “Malena”. De esa breve experiencia había quedado la apertura hacia el peronismo, la valoración de las condiciones nacionales en la elaboración de una estrategia revolucionaria y la concepción, por entonces novedosa, de que el partido de la revolución no surge de la autodefinición de un grupo de intelectuales sino de un proceso masas en el que convergen los distintos agrupamientos de la vanguardia.
Hasta el Cordobazo, El Obrero era un grupo pequeño formado por estudiantes y unos pocos cuadros obreros. Entre los fundadores, Carlos Fessia, Jorge Camilión, Juan Iturburu, Rodolfo Espeche y Dardo Castro. Su potencialidad radicaba, en todo caso, en una poderosa capacidad de elaboración política, en la formación intelectual y política de sus cuadros y en su aguda sensibilidad frente al proceso de masas. Sin referencias en la historia de la izquierda argentina, no provenía de ninguna de las grandes escisiones del Partido Comunista, ni del peronismo, ni de las vertientes trotskystas que estuvieron en el origen de organizaciones tan distantes entre sí como el PRT, PO o el PST.
En realidad, El Obrero, como el resto de los grupos que formaron OCPO, era hijo del fervor intelectual y político de los años 60, alimentado por la resonancia mundial de las luchas de liberación nacional en el Tercer Mundo, la Revolución Cubana y las insurrecciones obrero-estudiantiles en varios países, que en la Argentina convergían con los cambios económicos y sociales introducidos a fines de los 50. Así fue como los actores fundamentales del Otoño Caliente italiano y del Mayo francés fueron los mismos que aquí protagonizaron la gran huelga estudiantil de Córdoba en 1966, el Cordobazo en 1969 y el Viborazo en 1971: el obrero fordista y el estudiante masa.
Esta impronta marcó desde el inicio la identidad de El Obrero y de los grupos que formaron OCPO. Varios de ellos, aún sin conocerse, venían de procesos y elaboración teórica y política asombrosamente similares, como fue el caso de El Obrero y Lucha Socialista. En ambos grupos, por ejemplo, se interpretaba que las insurrecciones urbanas de fines de los 60 cuestionaban profundamente las estrategias revolucionarias obrero-campesinas heredadas de las revoluciones soviética, china y vietnamita. Por eso es que, para El Obrero, el Cordobazo fue el hecho decisivo que le permitió pensar una nueva teoría política que estará en la base de su desarrollo posterior.

El Cordobazo y el Clasismo

Hacia fines de los 60, El Obrero tenía alguna inserción en fábrica y varios cuadros en los sindicatos de trabajadores estatales. La gran huelga de la Universidad de Córdoba, en 1966 democratizó profundamente al movimiento estudiantil, y en ese magma de agrupaciones de base nacieron los Grupos Revolucionarios Scocialistas (GRS), el brazo estudiantil de El Obrero. También en las fábricas la tarea de la hora era el impulso a las agrupaciones de base, no partidarias, donde convergían las organizaciones revolucionarias en la lucha por el salario y la democracia sindical.
La formulación política de El Obrero estaba fuertemente impregnada por planteos de principios, común a toda la izquierda socialista, y su propaganda tenía más un contenido de docencia que de propuestas políticas. De hecho, el nombre El Obrero fue asignado por los trabajadores que, al ingresar a fábrica, recibían un pequeño periódico que tenía ese nombre y que contenía lecciones de materialismo histórico junto con análisis políticos y sindicales.
En realidad, el nombre de la publicación había sido tomado del periódico homónimo publicado en 1890 en la Argentina por el ingeniero alemán Germán Avé Lallemant, un intelectual marxista de una rara originalidad.
El debate político interno del grupo El Obrero era intenso, y giraba alrededor de toda la teoría marxista que se conocía por entonces. A mediados de los 60, las editoriales Pasado y Presente y La Rosa Blindada habían introducido autores que el comunismo oficial ignoraba: Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Nicolás Bujarin y toda la vanguardia rusa asesinada por Stalin, Georg Luckács, Vô Nguyên Giap y, decisivamente, los documentos de la Tercera Internacional que resumían la experiencia del movimiento comunista mundial. También contemporáneos europeos como Louis Althusser, Nicos Poulantzas y otros.
Los militantes de El Obrero devoraban esos libros y los sometían a una crítica implacable. Así se forjó un conocimiento profundo del marxismo y de la experiencia revolucionaria mundial. Desde Trotsky hasta Mao, desde la revolución argelina hasta la cubana, todo era estudiado sistemáticamente, pero con el desprejuicio y la irreverencia del recién llegado.
Pero, en mayo de 1969, el Cordobazo puso patas arriba el proceso político y trajo un salto en la acumulación política de los destacamentos revolucionarios. La irrupción de la clase obrera, primero en las calles de Córdoba y luego en varias ciudades, significó que todo el debate teórico de los años previos tuviera ahora una referencia ineludible y que, a partir de entonces, la acción política ocupara el centro de la actividad de los grupos de la izquierda revolucionaria. Ya no se polemizaba sobre experiencias lejanas, o en todo caso, esa polémica tenía una atinencia concreta e inmediata, y cada vez más lo que se decía y se hacía tenía consecuencias en el proceso político, a medida que los cuadros más destacados del movimiento obrero asumían o eran influidos por las posiciones de izquierda.
Un año después del Cordobazo, Sitrac y Sitram, los sindicatos de la fábrica automotriz Fiat radicada en Córdoba, produjeron en la práctica otra ruptura con la vieja izquierda al recuperar del fondo de la historia del movimiento obrero argentino los principios de clase que definen la lucha reivindicativa como antiestatal, anticapitalista y antiburocrática.
Para entonces, la izquierda socialista ya estaba inserta en puntos importantes del mapa industrial, y continuaba librando su batalla contra las corrientes que proponían la revolución por etapas. De hecho, en el Encuentro Nacional de Obreros Revolucionarios, convocado por Sitrac y Sitram en 1971, ése fue el debate central, que culminó con una declaración que reivindicaba la revolución socialista y hacía suyas todas las luchas del movimiento obrero argentino, desde el anarquismo hasta el 17 de octubre, pasando por la Patagonia rebelde y la huelga de los talleres Vassena de principios del Siglo XX.

Cámpora al gobierno

Con el Gran Acuerdo Nacional, lanzado en 1972 por el general Alejandro Agustín Lanusse, la burguesía se propone disputarle en términos políticos el dominio del Estado al movimiento popular. Es decir, renuncia a disciplinar al movimiento obrero por la vía coercitiva para, en cambio, establecer nuevas formas de relación donde lo que se busca es el consenso. De este modo, el proceso dictatorial en manos de Lanusse adquiría ductilidad. Por un lado, abrió los grifos de la descompresión social por medio de paritarias que trajeron aumentos salariales; por el otro, había cierta libertad formal, aunque, a la vez, se mantenía la persecución y represión al activismo clasista y al movimiento político revolucionario. Con Lanusse el pueblo experimenta las primeras desapariciones forzadas de personas, las detenciones ilegales y fusilamientos de militantes (el caso emblemático es sin duda el de Trelew).
Así, la dictadura intentaba aislar al movimiento revolucionario, ya que la condición para liberalizar el régimen político era que los partidos tradicionales repudiaran a las organizaciones armadas, lo que Lanusse también le exigió a Perón. A su vez, como la dictadura percibía la complicidad de las organizaciones armadas peronistas con Perón, le impuso condicionamientos para poder ser candidato en el futuro proceso electoral.
Esta sinuosidad de la política de Lanusse puso en crisis a El Obrero-GRS, induciéndolo a profundizar su izquierdismo, de manera que un año antes de las elecciones de marzo de 1973 lanza el “boicot” al proceso electoral. Su política se vuelve profundamente sectaria, pues denuncia como enemigos del movimiento popular a todas las corrientes políticas que guardan algún tipo de expectativas en el proceso electoral. De todas maneras, es importante señalar que estas vivencias de El Obrero-GRS anclaban en las propias contradicciones que se movían en lo profundo del movimiento popular.
No obstante, la inserción social de Poder Obrero le impone a sus militantes un llamado de atención con respecto a la forma concreta de expresar el boicot, ya que se percibe que el movimiento obrero se ha incorporado al proceso electoral, por lo que se descarta apostar a un voto de masas, como sería un vuelco hacia el voto en blanco, y se opta por una forma de voto programático con la idea de agrupar al activismo “más conciente”. Entonces, la propuesta fue el Voto Repudio, expresado en una boleta donde se plantea el rechazo a las elecciones en nombre de la continuidad de la lucha por el socialismo.
El día después del Camporazo, el 12 de marzo, llegó la crisis, cuya profundidad fue aún mayor que la de otros grupos a causa de la inserción de El Obrero en el movimiento de masas y su aguda sensibilidad política. Se declaró entonces “el estado de asamblea”, al que se sumó, además, a agrupaciones estudiantiles y gremiales, y a dirigentes independientes que eran referentes del movimiento popular y habían compartido la posición electoral.
Una fábrica entera, la de motores Perkins, encabezada por su comisión interna, había decidido, en una asamblea en puerta de fábrica, poner en la urna el voto repudio. Al día siguiente, sólo el humor cordobés mitigó el abatimiento avergonzado de quienes habían impulsado esa táctica.

La asunción de Cámpora y la primavera democrática

La recomposición de Poder Obrero, pese a la magnitud de la debacle inicial, no tardó demasiado. No sólo por la reubicación autocrítica sino, fundamentalmente, porque el propio proceso de masas avanzaba vertiginosamente. A poco andar del gobierno peronista que asumió en 1973, trabajadores de todo el país comenzaron a rebelarse contra el Pacto Social y rompieron el techo salarial impuesto por el plan Gelbard. La lucha de clases estallaba en el seno mismo del poder político y, de algún modo, los trabajadores comprendían que, pese a la profunda brecha democrática que abrió de hecho el triunfo de Cámpora, se vivía una situación de equilibrio catastrófico, con un movimiento obrero y popular sin fuerza suficiente para ganar la hegemonía política a la vez que los grandes grupos de poder se recomponían rápidamente. Poco después, los proyectos de reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales, que daba mayor poder a la burocracia sindical, y del Código Penal, que era un arma contra las movilizaciones obreras, fueron otros tantos motivos de enfrentamiento con el gobierno. En ese marco, se intuía que, la estabilización política bajo la férula de cualquier fracción gran burguesa en condiciones de imponerse, con Perón o sin él, favorecería el aplastamiento cruento de toda resistencia que obstaculizara el proyecto de recomposición capitalista y de cambio drástico en la distribución del ingreso. No lo sabíamos entonces, pero éste era el objetivo del capitalismo en todo el mundo.
Entretanto, en el seno de El Obrero, triunfaba en el debate la corriente que proponía profundizar el compromiso político asumiendo todos los matices de la lucha política democrática, desde una posición de autonomía revolucionaria. La defensa de la gobernación de Ricardo Obregón Cano, en Córdoba, y de Martínez Vaca, en Mendoza, mostraron la importancia que tenía en la conciencia de las masas la defensa de la soberanía popular. Esta asimilación también abrió a una mayor comprensión del peronismo. La lucha consecuente por la profundización de la democracia, bien que conservando la independencia política revolucionaria, abrió paso a las consignas transicionales y a una incursión profunda en las tesis de la Tercera Internacional previas a la muerte de Lenín.
Así se incorporó la distinción entre sindicatos de clase y consejos obreros; los organismos de resistencias de la clase obrera y las organizaciones de doble poder. Este bagaje teórico y una subjetividad ansiosa en penetrar en la tensión de una lucha de clases cada día más compleja permitían dar cuenta de las formas novedosas de organización popular en la lucha contra el desabastecimiento y el control de precios. En las barriadas del gran Buenos Aires y de la Capital, las Unidades Básicas, que como se sabe eran las formas de organización política del Partido Justicialista, asumían esas tareas rompiendo los moldes de la estructura partidaria para transformarse en organismos de lucha popular.
En esta práctica, la profundización de la lectura de Trotsky permite separar el concepto de las consignas transicionales con el programa de transición. En la concepción de Poder Obrero, el programa es siempre un programa de lucha que se va adecuando a la relación de fuerzas que, a su vez es esencialmente dinámica. Desde esta práctica van surgiendo posiciones políticas que le permiten a Poder Obrero salir de la crisis del 11 de marzo de 1973 y volver a reinsertarse en la lucha política. Este es el concepto, que más tarde como consigna de resistencia democrática frente a la ofensiva del isabelismo y las tres “A”, se formula como Gobierno Provisional del Senado”. No por casualidad estas consignas de lucha no fueron levantadas por las organizaciones políticas de raíz stalinistas y trotskysta.
De esta manera, se abandona la concepción formulada por el Lenin en Qué hace a favor de El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo y todos sus escritos producidos durante el proceso revolucionario, desde Las Tesis de Abril en adelante, hasta la convocatoria a la Tercera Internacional. También Trotsky, con A donde va Francia, La lucha contra el Fascismo en Alemania y Los escritos militares influyeron en la reformulación de la teoría revolucionaria de Poder Obrero, así como los escritos sobre el fascismo de Poulantzas, los de Gramsci sobre la huelga turinesa, la literatura sobre los consejos obreros y las tesis de Zinóviev.

Del clasismo a las coordinadoras

Desde la epopeya de los sindicatos cordobeses de Fiat, Sitrac y Sitram, que en enero de 1970 emergieron afirmando su condición de clase y excluyendo toda política de alianzas con fracciones del gremialismo burocrático, el movimiento obrero combativo había recorrido un largo camino en el que se asimiló plenamente la necesidad incesante de buscar términos de unidad los más amplios posibles. En este sentido, los mecánicos cordobeses en 1974, los metalúrgicos de Villa Constitución y, poco después, en 1975, las Coordinadoras de Gremios en Lucha de Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe, redefinieron el clasismo y, superándolo, incorporaron el carácter pluralista de la lucha reivindicativa y democrática.
Una vasta avanzada obrera, influida por las organizaciones revolucionarias, aprendía junto con ellas que la unidad de los trabajadores, cualquiera fuese su identidad política, era la condición fundamental para defender salarios y libertades democráticas. Después de todo, el Cordobazo fue fruto también de la alianza entre un socialista, Agustín Tosco, y un astuto vandorista, Elpidio Torres, que por entonces jugaba al recambio del dictador Onganía propuesto por otro general, Alejandro Agustín Lanusse. Y a partir de 1973, Tosco se unió al peronista
En la recuperación del SMATA y de la UOM Villa Constitución, sus conducciones ya no se definen como clasistas aunque sigan siéndolo, son listas plurales en las que la conducta política, la metodología, los define como clasistas. En la Mesa de Gremios en Lucha de Córdoba, que es el antecedente inmediato de las Coordinadoras, también se visualiza una concepción mucho más abierta, más flexible, más política, causada por la necesidad vital de evitar el aislamiento del movimiento obrero. Hay una continuidad clasismo-sindicalismo combativo- coordinadoras, Las coordinadoras son las síntesis, ya no plantean sólo cuestiones reivindicativas sino que se erigen en conducción obrera y dirigencia popular, incorporando en sus propuestas la lucha por las libertades democráticas.
En esos años, el pensamiento político que fue elaborando OCPO tiene esa base, es decir que se origina en una estrecha relación con el propio proceso político de masas. Fue clasista con el SITRAC-SITRAM y, luego tuvo una influencia decisiva en las Coordinadoras. Y fue influida por ellas.
Este proceso es palpable es en la política de alianzas. Por ejemplo, en 1974, previo a la intervención del sindicato metalúrgico de Villa Constitución, la UOM llama a todos los partidos políticos, a una reunión y los invita a sumarse a la lucha contra la intervención. En el caso de Córdoba, a fines de 1975, la Mesa de Gremios en Lucha, convoca a todos los partidos políticos a una reunión en Alta Gracia, en la que estuvieron dirigentes nacionales del radicalismo y del peronismo. La Mesa, en nombre del movimiento obrero cordobés, los invita a luchar juntos para parar el golpe.
Estas iniciativas eran propuestas de OCPO, que concibe al frente de masas como un instrumento dinámico, cambiante, siempre contradictorio, que se define en cada momento político concreto. Esto es un elemento nuevo, porque la tradición de la izquierda socialista y trostkysta admite alianzas sólo con quienes se puede acordar un programa de más largo plazo, y no una consigna para un momento concreto en el cual se busca un determinado objetivo que conviene que conviene a los interses inmediatos del proletariado.

El final

En octubre de 1975 se realizó el último Comité Central de OCPO. Para entonces, la lucha política entre militaristas y espontaneístas ya se había desatado. El núcleo fuerte de los primeros estaba en el Comité Militar, con Oscar Salerno, Vampi y Raúl Tissera, y en la secretaría de Organización, a cargo de Eduardo Renedo, un cuadro de una capacidad teórica deslumbrante que elaboró la fundamentación en que se apoyó el militarismo y que luego revisaría totalmente su posición, poco antes de que fuera secuestrado. Los seguían centenares de militantes sumamente jóvenes, incorporados en la última etapa, que a causa de la forzada clandestinidad no conocían ninguno de los cuadros históricos de la organización. Casi todos revistaban en el aparato militar o en áreas burocráticas y carecían de experiencia de masas, al contrario del perfil tradicional de los militantes de OCPO, formados en las lides sindicales o estudiantiles, donde habían ganado representatividad y reconocimiento.
Por otro lado, el ala política se sostenía en los cuadros históricos de El Obrero, como Fessia, Camilión y Castro, a esa altura debilitada porque Iturburu y Rubio, de Lucha Socialista, estaban en prisión, y Espeche había renunciado a la dirección para proletarizarse.
Luego de un largo análisis de la inminencia y, acaso, la inevitabilidad del golpe militar, expuesto por Fessia, la política que se adoptaría hacia delante desató el conflicto. Por una parte, el ala política propuso profundizar las tareas de masas, redoblar los esfuerzos de unidad con PRT y Montoneros, no solo para actuar conjuntamente en el plano militar sino, fundamentalmente, para trabajar una táctica común en el movimiento obrero y para lanzar una ofensiva política conjunta destinada a incidir en los partidos tradicionales, a esa altura divididos entre entusiastas y resignados frente al futuro golpe.
En el fondo de esta propuesta estaba la convicción de que las condiciones habían cambiado irreversiblemente, y que la posibilidad de parar el golpe estaban ya prácticamente fuera de las posibilidades de las organizaciones revolucionarias, lo cual debilitaba enormemente esta posición en el debate.
Aunque formalmente coincidían con la propuesta política, los integrantes del Comité Militar respondieron que la vía fundamental para revertir el retroceso era profundizar el enfrentamiento militar. Propusieron un plan de operaciones de extrema ofensiva, lo que, explicaron, fortalecería la organización y sería un aliciente para las luchas del movimiento obrero, que se hallaba desvalido por las vacilaciones de las organizaciones revolucionarias que, prácticamente, lo habían abandonado a sus fuerzas en medio de la represión desatada por la derecha. Contribuía a esa lectura la ofensiva que el PRT redoblaba pese a los reveses de la Compañía de Monte en Tucumán y de las tomas de los cuarteles de Sanidad y Monte Chingolo, y al cambio de rumbo de Montoneros, que había lanzado un ambicioso plan militar visto el ocaso de las Coordinadoras.
En rigor, el planteo militarista reformulaba una vieja discusión sobre el papel del partido, su metabolismo con la clase obrera, es decir lo que el leninismo define como la relación vanguardia-masa o, mejor aún, entre espontaneidad y conciencia. Frente a una coyuntura en la que las tareas de masas se volvían cada vez más difíciles por la crisis política y la represión, la propuesta de una resolución militar sonaba atractiva para muchos compañeros que se habían incorporado a la militancia prácticamente con un fusil en la mano.
Las dos posiciones estaban en paridad de fuerzas en el máximo organismo de conducción, de ahí que la resolución final haya sido una mezcla de ambas posiciones. Así, puede leerse lo siguiente en el Informe Político del Comité Central, fechado el 1º de Octubre de 1975:
“El enfrentamiento al g obierno y a las fuerzas represivas y golpistas a fin de promover una apertura democrática para el campo obrero y popular debe ser el objetivo fundamental de la lucha armada. Para ello, la Organización debe multiplicar en forma acelerada su capacidad de combate a través de las Brigadas Rojas, a la vez que debe jugar un rol decisivo en el impulso de los piquetes obreros armados y de todos los niveles de autodefensa de masas.”
Y más adelante decide:
“Promover una línea de unidad de acción con todas las fuerzas políticas obreras, populares y democráticas en defensa de las libertades democráticas y contra el golpismo. El eje central de la política de unidad de acción debe consistir en impulsar todo tipo de manifestación, acto, denuncia u otros hechos concretos, que contribuyan a ampliar el espectro de fuerzas para enfrentar al golpismo y las maniobras autoritarias y antidemocráticas de la burguesía. A este nivel debe convocarse el conjunto de fuerzas que tienen contradicciones políticas con las maniobras golpistas, dando a la vez con ellas una lucha consecuente sobre la necesidad de levantar la renuncia del gobierno y la convocatoria a elecciones, pero sin romper la unidad de acción política.”
Era un documento de compromiso; de hecho, reabrió la lucha política con más fuerza. En la reunión, Fessia terminó aceptando el plan militar para evitar la profundización del conflicto. Nunca pasó de unas pocas operaciones. La represión destrozó el aparato militar y OCPO fue descabezada en pocos meses.

Algo sobre el militarismo

Hacia fines de 1975, después del Rodrigazo, el movimiento obrero estaba exhausto y fracturado por dentro. Grandes capas de trabajadores peronistas se retraían, desconcertadas por la bancarrota isabelista y la clausura del horizonte político, en tanto que los sectores obreros y populares que habían sido el núcleo dinámico durante el período anterior comenzaban a aislarse, así como las organizaciones revolucionarias, que nos empeñábamos en redoblar la apuesta aún sabiendo que el camino de la revolución era ya un corredor sin salida. El militarismo, que la movilización incesante había perdonado, cobró mayor fuerza en todas las organizaciones armadas. No el foquismo, al menos en el sentido clásico, el de Regis Debray, que sólo tuvo vigencia en las ingenuas primeras agrupaciones armadas de los 60, como las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Fuerzas Armadas de Liberación (FAL) en sus respectivos comienzos.
Por ejemplo, el PRT fue, quizás, la organización que con mayor fidelidad aplicó la concepción leninista del partido, y queda para otro debate si no fue esa misma concepción, que en Qué hacer exacerba la centralidad de la vanguardia, lo que llevó al PRT a retirar cuadros valiosísimos de las coordinadoras para sumarlos al combate armado.
Es que todo partido político es portador de una propuesta de orden, de un orden determinado, más aún cuando se trata de una organización revolucionaria a la usanza de los 70, dos décadas antes de Chiapas y la encantadora sabiduría del subcomandante Marcos. He ahí el mayor conflicto para un revolucionario, un desafío que no puede resolverse de una vez y para siempre sino que exige respuestas en cada momento político. Lo saben largamente los dirigentes gremiales que militaron en algún grupo político setentista y que vivieron la contradicción entre la espontaneidad del movimiento, su desorden natural, y la propuesta política de su partido, siempre al filo de lo burocrático y autoritario que los aísla o del espontaneísmo que lleva a que la construcción política sea como arena que se escurre entre las manos.
Y el militarismo es la máxima propuesta de orden, ya que una operación armada puede ser planificada de antemano hasta en el menor detalle y su simetría, su perfección previa en la mesa de arena, son menos riesgosos y exigen menos creatividad y audacia que la resolución de una crisis política, donde se está obligado a tener cuidadosamente en cuenta no ya las fuerzas propias, el número de combatientes, el armamento, el escenario operativo, etc., sino las tendencias profundas del movimiento social, sus contradicciones internas y su capacidad de respuesta. No fue en 1973 cuando esa impotencia nos arrastró al holocausto, sino hacia finales de 1975, cuando toda nuestra inexperiencia y nuestro tremendismo revolucionarista quedaron al desnudo a un costo terrible.
En nuestro descargo, cabe alegar que poquísimos dirigentes superaban los 30 años de edad. Ni la izquierda revolucionaria socialista, que emerge con el Cordobazo sepultando en la teoría y la política al viejo y anquilosado debate entre stalinistas y trotsquistas, pudo procesar acabadamente una nueva concepción de la construcción política. Apenas la cortedad de nuestra experiencia nos dio tiempo para comprender que los procesos revolucionarios no se inician con un libreto previo elaborado por un grupo de intelectuales para ser llevado a las masas, como una razón que se despliega, sino que la primer tarea es aportar a la construcción del frente de masas, que es donde los programas adquieren sentido y cobran vigencia política al ser sometidos a la acción colectiva, que los corrige y los perfecciona o los sepulta. Y es en el frente de masas donde se ha de construir el partido o, mejor, los destacamentos revolucionarios, ya que es de secta religiosa pensar que, salvo la propia, todas las creencias llevan a la herejía y al fuego eterno