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Por: Diego Lanese, Hugo Montero, Ignacio Portela para la Revista Sudestada

 

Escritor de notable talento, muchas veces subestimado y criticado; Julio Cortázar asumió durante toda su vida un lugar en la batalla contra la muerte, la miseria y la explotación. Y desde allí intentó proyectar la luz de una revolución siempre inacabada, siempre en movimiento. 

 

Exagerando los cuidados, invadido por los nervios, el joven alto y desgarbado cruzó la calle sudando frío en todo el cuerpo. Aferrando la carpeta con las manos empapadas en sudor, el joven alto y desgarbado encaró hacia la figura que caminaba pesadamente con rumbo a las sombras del final de la calle. Murmuró un nombre conocido, detuvo su paso y repitió con torpeza el puñado de palabras estudiadas hasta el hartazgo para la ocasión.

Un pálido Julio Cortázar, alto y desgarbado, hecho un manojo de nervios, le entregó su cuento Casa tomada a Jorge Luis Borges, quien aceptó el manuscrito y se marchó en silencio prometiendo su lectura. Borges publicaría luego aquel relato en la revista en que trabajaba. “Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra”, comentaría tiempo más tarde el propio Borges. Largo y sinuoso sería el camino para aquel joven alto y desgarbado desde el encuentro con su admirado Borges, desde aquella niñez en Banfield, rodeado de libros, de excelentes notas en el colegio y de algunos poemas borroneados; hasta aquel viaje iniciático a la capital francesa. “De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad, como lo imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad”, explicó en una carta en 1967, lejos de Buenos Aires y de una historia que hasta entonces le parecía tan ajena como aquella que escribían, muy lejos de la calma parisina, unos rebeldes barbudos en la Sierra Maestra.

“Estaba instalado en mi vida europea con muy poca, prácticamente ninguna connotación o participación de tipo ideológico o político con el socialismo, una cuestión de simpatía teórica y nada más, la actitud típica del liberal que se imagina de izquierda”, reconoció en 1970, describiendo esa etapa en donde la literatura ocupaba su tiempo de forma exclusiva. Hasta ese día en que todo cambió: una revolución, un pueblo y un destino se cruzarían por su camino.

“El triunfo de la Revolución Cubana, los primeros años del gobierno, no fueron ya una mera satisfacción histórica o política; de pronto sentí otra cosa, una encarnación de la causa del hombre como por fin había llegado a concebirla y desearla. Comprendí que el socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable e incluso necesaria, era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial, en el ethos tal elemental como ignorado por las sociedades en que me tocaba vivir, en el simple, inconcebiblemente difícil y simple principio de que la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre”, explicaría en 1967.

¿Qué fue aquello que generó en el escritor argentino ese cambio que lo llevaría a defender durante toda su vida las conquistas de los pueblos oprimidos de América Latina? ¿Qué elementos modificaron la visión del mundo de un intelectual sensible a una realidad cruenta, a un presente de dolor y de esperanza, escenario de su obra? “Llegó el día en que frente a una injusticia cualquiera yo tuve la necesidad de sentarme a la máquina y escribir un artículo protestando por esa injusticia, me sentí obligado a no quedarme callado”, explicaría el escritor sobre aquel pasaje.

Las nuevas batallas Aquel flaco y desgarbado escritor había dejado atrás todo su universo lúdico y fantástico, la arcilla que conformaba hasta entonces las cuatro paredes de su obra. Pero ahora, de frente a una realidad cada vez más compleja, lo esperaba…

Entrevista con Jorge Boccanera (*)

“Acá, ser moderno es olvidar pronto”

¿Cómo fue tu encuentro con Cortázar?

Coincidimos en un país y en una causa, la Nicaragua sandinista a principios de los 80, un país en guerra; aunque también nos vimos en México. Cuando nos encontrábamos hablábamos de boxeo, de Lezama Lima, de los perfumes de tilo o jazmín que cruzan las calles arboladas de Banfield, de la vida. Él, que en un primer viaje había entrado clandestino al país, participaba de mil cosas a la vez, y cuando no escribía estaba en movimiento; recuerdo que encabezó una vigilia con intelectuales norteamericanos en la frontera norte, donde tropas de Honduras y Estados Unidos realizaban maniobras intimidatorias. Y todo sin descuidar las denuncias desde distintos foros y tribunales internacionales contra las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay. Esa tarea le insumió el tiempo que hubiera tenido para su literatura.

¿Cuál es tu opinión de ese trabajo militante de Cortázar?

De respeto a su coherencia, su lucidez y su entrega. El Cortázar que adquiere conciencia sobre los procesos sociales empieza a la edad que a otros se le jubila la bronca. De ahí que una galería de polemistas por siempre lo cuestionaron desde la rebeldía y después, cuando pegaron la vuelta, lo criticaron desde la moderación. Primero se le quiso sacudir una especie de letargo europeo, y después se relativizó su acción política. Era más simple pensar que no tenía criterios propios, a entender sus ideas, su coherencia. Fueron muchos, de adentro y de afuera. Uno de ellos, Vargas Llosa, deslizó que “los cuervos revolucionarios” se aprovechaban de Cortázar. ¿Lo utilizaban? Cuando Arthur Miller llegó de visita al Chile de Pinochet, se contactó con dirigentes y escritores socialistas. Una periodista le preguntó si no creía que lo estaban utilizando, y con una sonrisa amplia Miller le respondió: “Precisamente, a eso vine”. Para muchos parece difícil tragarse el sapo de un Cortázar tan libre en su inventiva y al mismo tiempo enrolado en luchas sociales, un guevarista autor de una novela que cambió la literatura latinoamericana, un gozador de la vida que sostenía la idea de un socialismo de rostro humano.

¿De qué sirve un intelectual en medio de una guerra?

Cortázar logró hacer desde Nicaragua -y esto no se ha dicho- un polo contrario en lo ideológico al encabezado por Octavio Paz en México, quien a través de abundantes espacios de prensa clamaba por la intervención de tropas norteamericanas en América central. Cortázar, sin el aparataje de Paz, convocando a algunas voces relevantes como Günter Grass y Carlos Fuentes, estuvo siempre por una salida política a los conflictos de la región, como procuraban varios gobiernos, entre ellos el de México, con los acuerdos de Contadora. Pocos recuerdan el poder de Paz y su lenguaje que se sobreimprimía al de la administración Reagan. En 1985, cuando recibió el premio de los libreros alemanes, 220 intelectuales de Alemania y Estados Unidos publicaron una carta de protesta afirmando que Paz hacía una grotesca deformación de la realidad.

¿Por qué crees que Cortázar fue tan criticado?

De las muchas polémicas que tuvo -y creo que un error suyo fue darle pelota a todas, enroscarse-, algunas son muy atendibles, como la de Arguedas y el indigenismo, y otras de poco fundamento. Uno de esos malentendidos (para no hablar de intencionalidad dudosa) trató de instalar una falsa antinomia entre exiliados de adentro y de afuera, cuando todos fuimos víctimas de la dictadura. Quiero subrayar que nadie subestimaba la producción literaria de la gente que se había quedado, y menos Cortázar. De hecho, hubo un contacto fluido que permitió reunir y difundir no sólo textos de presos políticos, sino de muchos escritores que estaban adentro. Te doy un ejemplo; yo mantuve correspondencia con muchos escritores y publiqué materiales en revistas de México y en dos antologías de autores argentinos de las últimas promociones que hice para universidades mexicanas. Muchas veces hablamos con Cortázar, Orgambide, Adelach, Viñas y otros, sobre la necesidad de una revista que uniera el exilio interior y el exterior, creo que Constantini tiró el nombre de Puente. En Madrid se pensó en una que iba a llamarse Canto General.

Hablanos de la vigencia de Cortázar.

No hay duda sobre la vigencia de su obra. Pero hay una parte de Cortázar que sigue estando en una especie de “no lugar” que incluye escritores del exilio como Moyano y Constantini, escritores ex detenidos en cárceles y sobrevivientes de campos clandestinos que viven en el exterior con una obra reconocida y premiada, entre ellos Sara Rosenberg, Alicia Kozameh y Rolo Diez. Aquí habría que profundizar sobre esa condición de “testigos” que no se termina de digerir. Y Cortázar, un exiliado más, tuvo un accionar preponderante en lo político, a la vez que se desmarcó como hombre y como creador, de las ortodoxias, poniendo en primer plano un compromiso ligado a la imaginación

¿Crees que Cortázar vive en esa franja de desmemoria?

Pero no hay con qué darle. Ni siquiera en esta Argentina de corta memoria. Fijate que Néstor Sánchez, uno de nuestros grandes narradores, falleció hace unos meses en Buenos Aires y pocos se enteraron. La paradoja es que este narrador de gran originalidad elogiado por la prensa hispanoamericana y europea en los años 70 -Cortázar llamó la atención sobre su obra- haya muerto en total desamparo. Muchos en este país le rezan a lo que creen es la modernidad. Creen que ser moderno, es olvidar pronto.

(*) Es escritor y poeta, ha publicado libros de crónicas e historias de vida. En 1976 obtuvo el Premio Casa de las Américas.

La polémica

(Luego de que Julio Cortázar donara los 950 dólares que le correspondían por la obtención del premio Médicis por Libro de Manuel, el diario La Opinión le envió al escritor un telex donde enumeraba las críticas que el libro y su actitud suscitaban en el país. A continuación reproducimos estas críticas y la respuesta de Cortázar)

“Debido al premio Médicis conferido a El Libro de Manuel (…) han vuelto a suscitarse en Buenos Aires algunas discusiones sobre el tema del revolucionario que vive lejos del escenario de la revolución. Aunque usted ya respondió a las críticas largamente, esta vez surgieron algunos puntos de vista novedosos. (…) Las argumentaciones son las que siguen: a) El lenguaje de El libro de Manuel es elitista y parece más destinado al lucimiento intelectual que a establecer algún puente con el lector latinoamericano, a quien el libro acaba resultándole una comida exótica. b) En Latinoamérica no se entiende bien que un revolucionario se vaya tan lejos de la línea de fuego, y prefiera ser representado por sus libros o por la firma al pie de algunos manifiestos que en estas latitudes tienen poca o ninguna repercusión.

No es que nadie le exija vivir aquí: es que, ante la declaración de su condición revolucionaria, se le exige comprometerse con todo el ser. c) Sus contactos con América Latina han acabado por ser exclusivamente intelectuales, por aquello de ’ojos que no ven corazón que no siente’. d) La donación del premio a la resistencia chilena es vista de reojo. Toda beneficencia -sobre todo la de izquierda- tiende a lavar de culpa a la conciencia. e) Ser revolucionario en París parece ser la ubicación más cómoda y beneficiosa para quien no se ha ganado el exilio (el suyo empezó siendo un viaje más cultural que político, en 1952), y el Premio Médicis es la señal del interés que las metrópolis sienten por la moda de las revoluciones, que allá hacen ruido pero que aquí no ejercen el menor efecto”.

El texto iba acompañado de una síntesis de las opiniones de varios escritores, que apareció el 8 de diciembre en el suplemento cultural de La Opinión. Cortázar, con un sentido práctico, envió a Buenos Aires la siguiente respuesta: “(…) Propongo a La Opinión el juego siguiente: la reproducción literal de su telex y mi comentario de sus cinco puntos, a los que me refiero con arreglo a las letras correspondientes: a) Tres ediciones de comida exótica me parecen excesivas para la salud de los lectores, pero todo tiene su lado bueno, puesto que tres ediciones de ’lenguaje elitista’ prueban que en la Argentina no sólo se apunta alto al escribir sino también al leer, y que las ’elites’ lo son cada vez menos, como lo prueban tantas otras cosas que están pasando en el país. b) Un escritor que merezca ese nombre no tiene un ’costado verbal’; todo su ser converge en su obra, incluida su conducta humana y política. En cuando a lo de la ’línea de fuego’, cada cual debería saber dónde está la que le concierne, sin caer en ese vocabulario tremendista que sólo traduce resentimiento. c) Lo mismo podría decirle yo a usted, señor: usted no me ve con sus ojos, y su corazón se queda tan pancho. d) No quiero calificar a la persona que trata de ’beneficencia’ un gesto coherente con muchos otros gestos. Se me ocurre que la mayoría de los lectores se dará el gusto de elegir el epíteto que le corresponde. e) Esta última opinión deja atrás a todas las precedentes por su insuperable macaneo. No soy ningún ’exiliado’ y, por lo tanto, nunca necesité ’ganarme’ el exilio. Vine a Francia porque me dio la gana. En cuanto a las razones del Premio Médicis, cualquiera que tenga una idea elemental de quienes forman el jurado sabrá que ha sido atribuido por motivos exclusivamente literarios y porque a esos señores les pareció una excelente novela, y se divirtieron y emocionaron con ella sin preocuparse de otra cosa. La ’moda de las revoluciones’ no interesa aquí. Están mucho más preocupados por la moda ’retro’. Venga y verá”.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº21)

http://www.revistasudestada.com.ar/web06/article.php3?id_article=174

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