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A partir del ciclo de luchas abierto con las jornadas de 2001, hemos asistido a la emergencia de un conjunto de experiencias organizativas, de la izquierda social e “independiente”, vinculada a los nuevos movimientos sociales y al margen de los partidos de la izquierda tradicional. Esta “nueva izquierda”  no llegó a configurar una unidad política en torno a un proyecto estratégico sino, más bien, un inestable espacio político en proceso abierto de conformación. La apuesta por la auto-actividad de las masas, la crítica al vanguardismo sectario o burocrático, la reivindicación del “socialismo desde abajo”, la aspiración a recuperar y dialogar con diversas identidades plebeyas latinoamericanas, fueron algunos de los elementos comunes de este campo político emergente.

Como correlato de la maduración de estas organizaciones, en el último periodo numerosos movimientos de este espacio comenzaron a discutir  la posibilidad de intervenir en el terreno electoral y empezar a proyectarse más decididamente en el terreno político. Sin embargo, el intento de afrontar nuevas tareas (que implicaban también reabrir viejos debates que habían quedado relegados en la fase social-movimientista precedente: el papel del Estado, el marco de alianzas, etc.) puso en evidencia las enormes limitaciones que contenían estas jóvenes construcciones. El resultado fue que el sector que más decididamente intervino en lo electoral (Marea Popular, hoy Patria Grande) lo hizo al precio de dilapidar cualquier perfil novedoso y radical (reconstruyendo un frente centro-izquierdista dirigido por la CTA, muy por detrás de las posibilidades políticas de nuestra situación), y el resto de los movimientos quedaron estancados en debates internos, sin capacidad para enfrentar las nuevas tareas de la etapa. Luego de las elecciones, la novel “izquierda independiente” quedó fuertemente herida, desorientada y en crisis de proyecto e identidad.

Por su lado, los resultados del FIT durante las últimas elecciones no solo fueron sorprendentes por los porcentajes obtenidos, sino por el alcance nacional, logrando grandes desempeños en provincias tradicionalmente conservadoras. El FIT recogió 1.250.000 (sobre un total de 1.400.000 votos para listas de izquierda radical, cerca del 6% a nivel nacional), destacando algunas elecciones en provincias: como el resultado en Salta donde el PO salió primero en la Capital y tercero a nivel provincial con el 20 %, Mendoza con el 14% para el FIT, Santa Cruz con el 11%, entre otros ejemplos similares.

Este crecimiento significativo configura una situación que recuerda a lo ocurrido a fines de los ochenta, cuando el MAS irrumpió con enorme fuerza y construyó Izquierda Unida junto al PC. También en ese momento se asistía al “fin de ciclo” de un gobierno centroizquierdista y la derecha preparaba su reemplazo neoliberal. La reaparición de un gran contrapeso de izquierda anticapitalista constituye una oportunidad que consideramos que no podemos desperdiciar.

Ahora bien, la existencia de esta coyuntura favorable para construir una izquierda radical con peso de masas exige reconocer la diversidad de la cultura, las tradiciones y las organizaciones de la izquierda en nuestro país. Es indispensable aceptar esta diversidad para no reiterar errores cometidos en el pasado. Si se extiende la creencia autoproclamatoria de que “sólo el FIT es la izquierda”, se repetirá el llamado a “hacer grande al MAS” que erosionó la posibilidad de construir una alternativa política duradera en los años ochenta. Pero tampoco es válido pensar que sólo la – hasta hace poco denominada – “izquierda independiente” y la que proviene de movimientos sociales es autosuficiente para resolver a favor de las clases populares la crisis del capitalismo argentino.

 

 Es una tarea fundamental de las corrientes políticas y los movimientos sociales que nos reconocemos comprometidos con la construcción de una nueva izquierda revolucionaria en nuestro país, la intervención en el plano político y electoral sin incurrir en las derivas oportunistas que caracterizaron algunos emprendimientos recientes. La plataforma electoral “Pueblo en Marcha” en la CABA o el Frente Ciudad Futura en Rosario son pequeños y valiosos primeros pasos en ese sentido. Pero conformar un nuevo espacio político anticapitalista en el plano electoral no significa pretender que la obra comience cuando uno entra en escena. Lejos de todo sectarismo, nuestra tarea debe ser convocar a una convergencia amplia de la izquierda social y política de nuestro país, en la perspectiva de construcción de un frente social y político anticapitalista, un amplio polo político independiente del peronismo, el gobierno y la oposición burguesa, que sirva para reforzar las luchas, los movimientos sociales y el poder popular construido desde abajo. Un movimiento político donde puedan convivir diferentes tradiciones y sensibilidades políticas en torno a una comprensión común del periodo y las tareas: la independencia política de las clases subalternas, una perspectiva anticapitalista de ruptura, la intervención en las luchas, la denuncia del decadente capitalismo periférico y extractivista en el que vivimos.

Es evidente que este llamado tiene en el FIT un interlocutor fundamental, considerando su rol predominante en la izquierda argentina. Pero también es importante convocar al conjunto de la izquierda social e independiente, a referencias políticas importante como Luis Zamora y AyL, partidos de izquierda como el MST-Nueva Izquierda, y a todas las organizaciones militantes, personalidades de la cultura y luchadores independientes que acuerden con esta perspectiva. Estamos ante la oportunidad histórica de conformar un amplio movimiento político de masas bajo las banderas del socialismo.

Una confluencia de la “izquierda tradicional” y la “nueva izquierda” en el terreno electoral no desmiente las diferencias estratégicas, organizativas y de cultura política que evidentemente persisten. Por el contrario, significa ser fieles a nuestra crítica radical a toda forma de sectarismo y autoconstrucción, en beneficio del desarrollo de una alternativa política de masas. En cualquier caso, sigue vigente la tarea de largo aliento, y alcance histórico, de construir una nueva izquierda revolucionaria que pueda reformular un proyecto emancipatorio para el siglo XXI.

Creemos entonces que el FIT debe abrirse más allá de las organizaciones que actualmente lo componen y el resto de la izquierda radical debe confluir con esa apertura, por medio de un proceso de diálogo, mutua comprensión y aprendizaje. Debemos evitar todo tipo de sectarismo, principalmente de parte de quienes siempre cuestionamos los rasgos sectarios y autoproclamatorios de la izquierda tradicional.  Si esto fuera posible, “qué hermoso y qué cercano sería el futuro”. De lo contrario, la izquierda revolucionaria de nuestro país estará desaprovechando, nuevamente, una oportunidad histórica que posiblemente no vuelva a presentarse en el mediano plazo.

Desde Democracia Socialista proponemos al conjunto de la izquierda social e independiente, a los partidos que conforman el FIT, a los movimientos sociales combativos y a los luchadores sindicales independientes empezar a trabajar en esta perspectiva de confluencia en un amplio frente de la izquierda anticapitalista, que irrumpa con fuerza en las futuras elecciones nacionales. Con este objetivo, pondremos nuestra energía en la construcción, junto a la militancia social y política que acuerde con esta perspectiva,  de las condiciones que logren, desde abajo, empujar esta propuesta unitaria.

 

Democracia Socialista

11 de diciembre de 2014

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