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Traducido por Carmen Cohen para Democracia Socialista.

Publicado en Contretemps

Preguntarnos y teorizar sobre las posibles articulaciones políticas entre un materialismo marxista y la perspectiva queer resulta una tarea necesaria en los tiempos que corren. Mucho se ha debatido sobre esto desde la caída del Muro de Berlín y el colapso del así llamado “socialismo real”. Los proyectos revolucionarios y socialistas quedaron desde entonces reducidos casi con exclusividad a batallas micropolíticas de colectivos específicos (en este caso de géneros y disidencias sexuales) relegando o, anulando según el caso, la necesidad de una transformación radical de las estructuras capitalistas. Las discusiones en torno al marxismo, al feminismo y la teoría queer al problematizar cómo se imbrican la explotación de clase con la opresión de géneros reavivan nuestra voluntad de cambiar este mundo en su totalidad. Presentamos abajo un texto escrito por Sophie Noyé, una activista feminista francesa, en la revista Contretemps.

Democracia socialista

Hacia un feminismo materialista y queer

 

Este texto hace alusión a la propuesta hecha por la autora en la temática “materialismos feministas” en el coloquio “Pensar la emancipación” realizado en Nanterre en el mes de febrero de 2014. Se trata de dar cuenta de aquellos aportes teóricos que nosotras llamamos “el retorno del materialismo en los estudios queer”. Sophie Noyé se propone plantear el debate en torno a los lugares comunes que existen entre la teoría queer y el feminismo materialista a partir de las últimas reflexiones en los estudios queer.

Introducción: Superar la oposición entre feminismos materialistas y teorías y prácticas queer en Francia.

 

Este artículo se propone hacer una lectura crítica y teórica en torno al materialismo queer con el propósito de dialogar con los estudios feministas y materialistas franceses.

En Francia, muchas feministas y, en particular las feministas materialistas, caracterizan al pensamiento queer como una demanda  “posmoderna y posestructuralista” (ver Agone, 2010; Epstein, 2010), colocándolo en completa oposición con una perspectiva marxista y materialista. En la medida en que las teorías y prácticas queer se inscriben en gran parte dentro del pensamiento foucaultiano, las teóricas queer focalizan sus análisis en las relaciones múltiples de poder que operan en la normalización y performatividad de las subjetividades sexo-generizadas, dejan de lado así  las dominaciones sistémicas y jerárquicas y omiten la división sexual del trabajo y los análisis sociales de género.  Por su parte, las feministas materialistas denuncian la postura idealista, relativista e individualista de las políticas queer;  les reprochan su incapacidad para proyectar estrategias de resistencia colectiva y su desinterés por aspirar a la abolición del sistema de géneros, y más integralmente, de todos los régimenes de dominación.

Mencionaremos como ejemplos de esta vertiente a Nicole-Claude Mathieu y Christine Delphy,  dos destacadas feministas materialistas francesas.

Nicole-Claude Mathieu critica la perspectiva postmoderna en la que se anclan la teoría queer y la teoría feminista postmoderna, y en particular,  la visión de Judith Butler en un artículo que se titula “La construcción del género/ estabilidad de los sexos” (2003). Mathieu critica la ausencia teórica de las relaciones sociales concretas, materiales, de sexo y de raza que presentan los estudios queer. La autora considera que es ilusorio e incluso peligroso considerar al “travestismo” o al “erotismo en general” como formas de emancipación sin atacar las desigualdades sociales “ancladas en lo económico, en lo jurídico, en lo cultural y perpetuadas por la violencia verbal y física”. En lo concerniente al“erotismo generalizado, todas las categorías precedentes resultan confundidas” y del “travestismo”;“creer, como la hace el movimiento queer, que puede ser realizado desplazando a las categorías del pensamiento sin atacar sus raíces, es incongruente, ilógico y corre el riesgo del reformismo” (p, 299). En relación a sus trabajos antropológicos, la autora indica que las prácticas del travestismo existen en numerosas sociedades lo cual no impide que los roles sociales dominantes sean atribuidos a “personas inicialmente hombres” (p. 305).

Christine Delphy en una intervención en el Congreso Internacional de Investigaciones Feministas Francófonas en el 2012 (Delphy, 2012) expone de qué manera la teoría materialista y “la teoría posmoderna o queer”, se oponen según ella. Ella afirma que sólo la primera es realmente antiesencialista y permite en ese sentido comprender al género, la raza y a la sexualidad como construcciones sociales. Asimismo señala que el feminismo materialista da cuenta de la dominación de género como un sistema global que jerarquiza a la sociedad en dos categorías, y vincula  la dominación de una con la otra en todas las dimensiones económicas, sociales, sexuales e intelectuales. La sexualidad no ocupa sólo una de estas dimensiones ya que, por el contrario, se encuentran articuladas unas con otras.

Christine Delphy piensa que la teoría queer, por el contrario, no da cuenta de la opresión más que a través de la sexualidad, como si esta estuviera desvinculada del resto de las dimensiones sociales.

La teoría posmoderna queer afirma que las relaciones de poder que caracterizan a la sexualidad son inherentes a cualquier construcción social y resulta en vano pretender eliminarlas.

La disociación entre el pensamiento queer y la reflexión materialista entendida en sentido amplio, no es la única disputa de los feminismos materialistas y/o marxistas. Las teóricas y teóricos y activistas queer denuncian el esencialismo y el universalismo que conlleva la visión monolítica de la dominación propuesta por las materialistas, y el modo en el que este último refuerza los binarismos entre hombres/mujeres, los cuales son excluyentes y normativos. Según esta perspectiva, ambos enfoques supondrían un esencialismo.

El artículo de Marie-Hélène Boucier, “El fin de la dominación masculina. El poder de los géneros, feminismos y posfeminismo queer” (2003) ilustra bien, según mi opinión, el tenor de las críticas que se le hacen a los feminismos materialistas desde los estudios queer.

  • El retorno materialista en los estudios queer 

Quisiera matizar esta oposición tan tajante, incluso violenta, que no sólo refleja un debate de ideas sino también de relaciones de poder y reconocimiento en el ambiente militante y académico (Moser, 2013, p.157-159), intentando articular estas perspectivas con el propósito de pensar posibles alianzas.

Alianza que podemos tejer a través de nuestras lecturas y en nuestras luchas. Es preciso estudiar más en profundidad en qué medida una parte de las generaciones más jóvenes, aquellas que empezaron a militar en el año 2000, están formadas tanto con la visión de Christine Delphy en torno al patriarcado, como también por la lectura de Judith Butler en torno a la disputa de género.

¿Cómo se traduce esta doble herencia teórica en nuestro feminismo? Por otra parte,  resulta interesante ver de qué manera la militancia feminista francesa apela a lo “micropolítico” que batalla contra la homofobia, la transfobia y la islamofobia y que se inscribe dentro de demandas anticapitalistas, antirracistas y antifascistas, pueden unir en la práctica las perspectivas queer y materialistas. Este feminismo milita por y con la subversión sexual y de género como así también por la abolición de las desigualdades estructurales entre mujeres y hombres y la violencia del sistema político y económico que nos domina.

Resulta necesario, según mi opinión, matizar la oposición entre estos dos enfoques y mostrar sus puntos en común más que sus diferencias, es decir, la visión antiesencialista del género con la perspectiva de transformación social sobre todo en el contexto actual de Francia en el que los problemas de género son reapropiados por  políticas neoliberales, las mismas que profundizan aún más las desigualdades de las mujeres, de las negras, de las queer.

Para realizar este propósito, me parece que hay dos aproximaciones posibles las cuales son, a su vez, dos proyectos a realizar. Por un lado, una visión genealógica nos permite historizar la complejidad de cada corriente y matizar ciertas opiniones rígidas y caricaturescas que tenemos hoy en día. Por otra parte, podemos acercarnos a las últimas reflexiones que buscan articular explícitamente ambas perspectivas.

La primera perspectiva muestra de qué manera las teorías feministas materialistas de la segunda ola tuvieron en cuenta la especificidad de las cuestiones de género (Wittin, 2007) como así también las imbricaciones entre las distintas opresiones (Kergoat, 2009) y subjetividades (Wittig, 2007; Guillaumin, 1978). Esta visión da cuenta, asimismo, del modo en el que la teoría queer de los noventas puede integrarse con las perspectivas materialistas.

Generalmente se asocia al  pensamiento queer con Judith Butler, quien efectivamente desarrolla un análisis al que podríamos denominar “postmoderno y postestructuralista” ya que discute con  autores tales como Foucault, Derrida, Lacan e Irigaray; también discute con Hegel, Althusser, Freud, Nietzsche, Austin, de Beauvoir, Wittig, Rubin, entre otras (1). Sin embargo, es Teresa de Laurentis, otra figura medular en los estudios queer, la que se refiere más a los estudios culturales que tratan de articular materialismo e ideología desde el concepto de hegemonía (De Lauretis, 2007).

La teoría queer negra se basa en gran parte en el feminismo negro y en el feminismo del tercer mundo, los cuales se enmarcan dentro de una perspectiva materialista, aunque, a veces,  también estas reflexiones hayan tenido su deriva postmoderna (ver, Bacchetta, Falquet, 2011).

En este artículo, me gustaría sobre todo desarrollar la segunda perspectiva, me interesan aquellas reflexiones que pretenden integrar el pensamiento queer con el materialismo o marxismo. Está emergiendo, de hecho, cierto “giro económico” o “materialista” en la literatura y el activismo queer desde fines del 2000 a través de una crítica a las propias desigualdades en el seno del movimiento LGBTIQ (2); principalmente en los estudios queer negros que problematizan las desigualdades de clase a partir de sus  experiencias subalternas (ver, Texto Social, 2005).

Realizan también una crítica al neoliberalismo y reflexionan sobre las dinámicas de regulación estatal y capitalista de las sexualidades. Si la reflexión sobre las desigualdades económicas no está aún enmarcada dentro de un análisis materialista (3), cada vez más los estudios queer teorizan desde perspectivas materialistas e incluso marxistas con el propósito de visibilizar la relación entre heteronormatividad y capital.

Este “retorno de lo económico” queer se inscribe dentro de una vasta tradición ligada al “retorno materialista” y, sobre todo, a la “vuelta del marxismo” aunque no se  reduzca sólo a ella.

Según el punto de vista materialista que adopto, resulta importante comprender a los cambios teóricos según sus contextos económicos y sociales específicos. Además de la importancia de las relaciones de poder en la universidad y la militancia (Shapiro, 2004), este retorno al materialismo se explica por las desigualdades que atraviesan a la comunidad LGBTIQ esto, a su vez, ligado a la crisis económica como también a las consecuencias de un movimiento gay mainstream centrado desde los años 1980 en una política basada en la conquista de derechos formales.

Numerosas autoras (Eng, Halberstam, Muñoz, 2005) enfatizan que al preocuparse por la desigualdad meramente civil, las reivindicaciones más radicales no fueron tenidas en cuenta (tales como la explotación capitalista o las políticas racistas e imperialistas) y la comunidad LGBTIQ, la más marginada, fue dejada de lado. Lisa Duggan y Richard Kim subrayan que la diferencia se profundiza en los Estados Unidos entre, por un lado, los gays y las lesbianas que demandan el matrimonio, el acceso al mercado y al servicio militar y, por otro lado, las políticas queer que denuncian las desigualdades vinculadas a la familia burguesa, a las políticas imperialistas y al mercado neoliberal (Duggan, Kim, 2011/2012). Marie-Helene Bourcir hace la misma lectura en lo concerniente a la situación en Francia (Bourcir, 2011, p.299), Kenyon Farrow señala que la política por la igualdad civil deja de lado a muchísimas personas queer que padecen distintos tipos de violencias: de raza, de clase, violencia por el sida, de la policía, etc. (Farrow, 2011/2012).

El giro económico/materialista es mucho más importante en las investigaciones anglosajones. Estas reflexiones son particularmente menospreciadas en Francia, a veces ni siquiera traducidas. Yo distingo dos tipos de análisis. Uno de ellos es el de las marxistas queer, como Alan Sears (2005; 2010; 2013), Kevin Floyd (2013), Rosemary Hennessy (1995a; 1995b; 2006) entre otras, muchos de sus artículos se encuentran publicados en la revista estadounidense Rethinking Marxism (4). El otro enfoque que distingo es aquel de quienes trabajan la cuestión del neoliberalismo a partir de la perspectiva queer radical, como es el caso de Lisa Duggan y John d`Emilio. Estos últimos formaron el grupo “Queer por la justicia económica” y tienen publicado un número especial bajo el título “Una nueva agenda queer” en la revista Scholar and Feminist Online. En Francia también hay producciones que aspiran hacia un encuentro entre el materialismo y lo queer; pienso especialmente en Maxime Cervulle (Cervulle, Rees-Robert, 2010), Elsa Dorlin (2007, 2013), Gianfranco Rebucini (2011; 2013), Cornelia Moser (2013) y Natacha Chetcuti (2013), entre otras.

El enfoque conceptual de estos autores y militantes busca articular un análisis foucaultiano con un análisis materialista-marxista. Esos autores piensan la constitución de las subjetividades sexo-género como inmersas en un régimen de normalización (lo que Foucault llama la subjetivación dentro de las relaciones saber-poder) y en un régimen de acumulación capitalista, inherentemente vinculado al régimen institucional. Analizan en términos de relación saber-poder y hacen un análisis que se focaliza en la dominación capitalista y estatal.

En otras palabras, me interesa en particular el trabajo de Kevin Floyd quien discute la dupla conceptual marxista de reificación-totalidad (ver también Boggio-Ewanjé-Epée, 2014). Estas nociones me resultan sumamente operativas para comprender de manera más integral los propósitos de quienes adscriben a este enfoque económico-materialista.

Primero expondré la manera en la que, según Floyd, la reificación capitalista opera sobre el deseo como una abstracción a comienzos del siglo XX. Luego detallaré cómo esta reificación tiende a un proceso de mercantilización y de privatización de las subjetividades sexo-generizadas en el neoliberalismo. Por último, explicaré cómo el enfoque queer materialista se compromete con la emancipación a través de un pensamiento y una práctica de la totalidad.

  • Deseo y capitalismo: la reificación como abstracción

En La reificación del deseo, hacia un marxismo queer, Kevin Floyd (2013) retoma el análisis foucaultiano que explica de qué manera el psicoanálisis, en tanto que saber-poder, participa de la formación de las subjetividades sexuales a comienzos del siglo XX. El autor precisa que este proceso de reificación propio del sistema capitalista le permite al psicoanálisis funcionar como aquel saber que construye la subjetivación sexual.

Hace una relectura de Foucault a través del marxismo de Lukács en torno a la división del trabajo y la reificación que este entraña. El capitalismo fordista, como modo particular de acumulación capitalista, organiza una división cada más intensa del trabajo que se caracteriza por una separación entre el trabajo manual e intelectual como así también por una especialización de los saberes. Esta división del trabajo está generada por un nuevo régimen de saber que es el taylorismo. Es en este contexto en el que se desarrolla el psicoanálisis como saber especializado en la sexualidad.

Floyd hace un paralelo entre el taylorismo y el psicoanálisis dado que ambos expresan el pasaje de una ciencia que clasifica los cuerpos, es decir, que jerarquiza a los cuerpos en función de su normalidad racial o de su utilidad para el trabajo, a una ciencia que separa a los cuerpos, es decir, que disocia sus características corporales y les extrae saber:

 

“La similitud que existe entre el paso progresivo del confesionario al consultorio médico y la emergencia contemporánea del taylorismo reviste una enorme importancia: las fábricas y el consultorio médico (…) devienen  lugares de subcalificación científica en los que el saber es extraído de los cuerpos que devienen sujetos para el quehacer científico. La objetivación epistemológica de las competencias técnicas de los trabajadores y la objetivación epistemológica del deseo sexual son ambos, en este sentido, aspectos particulares de una dinámica capitalista más general de reificación que ha sido analizada por Lukács” (p. 64-65).

 

 

 

Constituido en tanto que experto específico en el seno del capitalismo fordista, el psicoanálisis reifica el deseo de dos maneras: por una parte, extrae y expropia el deseo del conocimiento que tienen los individuos. Por otra parte, hace de la sexualidad una dimensión simbólica desvinculada de los cuerpos y de las relaciones sociales; analiza al deseo como una identidad propia del sujeto y no como una práctica corporal y social. Habla en términos de “especies” homosexuales más que de prácticas sodomitas por ejemplo” (p. 58) dice Floyd retomando a Foucault (1976, p. 59).

 

Floyd enfatiza que frente a la amenaza de una crisis de acumulación “una sobreacumulacion de capital ocioso, no invertido, y de fuerza de trabajo ociosa, no invertida” (p.68), el capitalismo fordista, basado en la acumulación de capital en el circuito de producción/ consumo sostenidos, acompaña la división de trabajo en el desarrollo de una “nueva gama de industrias de servicio”, la creación de nuevas necesidades, un esfuerzo general por generar el consumo social.

 

 

Floyd muestra que “en relación a los presupuestos freudianos el dispositivo de la sexualidad ha estado mediado por Estados Unidos en un momento particular de la historia: el de las políticas sociales de gestión para garantizar la acumulación. La institucionalización del psicoanálisis como institución y mercancía está íntimamente vinculada con las implicancias estructurales e históricas del taylorismo. El psicoanálisis al formar parte de una diferenciación emergente entre las industrias de servicios, se constituye como uno de los lugares en los que el capital y el trabajo fueron refuncionalizados durante el siglo XX” (p.69-70).

 

La normalización que conlleva  el consumo se ha ido incrementando en el régimen fordista y ha entrañado una relocalización de la sexualidad en la esfera del consumo y el ocio, lo cual ha acompañado completamente dicha  reificación.

 

“En la mercantilización del psicoanálisis, por ejemplo, el saber sexual adquiere una existencia reificada y abstracta, una identidad propia del deseo sexual. Lejos de estar integrada a otras dimensiones, la receta psicoanalítica del desarrollo sexual le atribuye a la sexualidad una existencia que la separa de la vida social, que la presenta como independiente de otras dimensiones sociales” (p.78). No sólo la sexualidad ha devenido propiedad de un saber específico sino también el acceso a dicho saber se ha privatizado, esto es un ejemplo concreto de cómo opera el conocimiento de la sexualidad por el psicoanálisis. “El acceso a este saber sexual y existencial no se puede realizar por fuera del intercambio de mercancías, por el consumo cada vez más normalizado del psicoanálisis que descalifica a los cuerpos a la vez que sirve de medio para incrementar la tasa de acumulación” (p. 79).

 

Floyd explica asimismo  de qué manera la reificación del conjunto de las relaciones sociales en el capitalismo fordista involucran al deseo y muestran a la homosexualidad y a la heterosexualidad como condiciones abstractas y objetivadas. El autor indica cómo la reificación y el consumismo son la condición de posibilidad para ciertos modos de resistencias gays y queer y cómo la subjetividad queer se constituye en este proceso. Sin embargo, subraya cómo la reificación del deseo puede impedir concebir el cambio social dado que las categorías sociales no son analizadas como relaciones sociales históricamente construidas sino como entidades atomizadas, externas e impermeables a la intervención humana.

 

 

  • La reificación en el neoliberalismo: mercantilización y privatización de las subjetividades sexo-generizadas 

El proceso de reificación en el capitalismo fordista  creó las condiciones de posibilidad para un proceso de mercantilización y de privatización en la constitución de las identidades sexuales y de género en el neoliberalismo (6). Kevin Floyd nos explica de qué manera el neoliberalismo es una nueva estrategia de acumulación que responde a la crisis del fordismo. Esta estrategia otorga la prioridad a la acumulación a corto plazo, hace de la inestabilidad social provocada por la crisis del fordismo una fuente de beneficio, contrariamente al fordismo que apostaba por la constitución de formaciones “culturales” estables y orgánicamente estructuradas a largo plazo. En este sentido, el neoliberalismo desarrolla nuevos patrones de acumulación del capital fundamentados en las privatizaciones y las lógicas individualistas (Floyd, 2013, p.265-268).

 

La mercantilización/privatización de las subjetividades sexuales y de género es una regulación a la vez “micro” y “macro” de los sujetos: regulación normativa de los cuerpos y de sus deseos, una regulación institucional de los grupos sociales más o menos “deseables”.

 

La mercantilización hace de las subjetividades sexuales y de las identidades de género productos de mercado que se pueden comprar y se puedan consumir. Rosemary Henessy (1995) y Alan Sears (2005) analizaron el modo en el que el neoliberalismo, que tiende a dominar el conjunto del tejido social volviendo todo mercancía, ha investido en particular a las identidades sexuales y de género haciendo de ellas un “estilo de vida” (lifestyle) que se caracteriza por un conjunto de objetos y practicas a comprar, a consumir de manera individual. Un conjunto de bares, revistas, productos, vestimentas, viajes, etc constituyen un “pinkmarket” y hacen reconocible a una subjetividad LGBTIQ.

Si bien estas prácticas de consumo han contribuido durante la fase neoliberal a la creación de una identidad LGBTIQ común  y a su visibilizacion, es preciso diferenciar estas formas de consumo de aquellas que son alternativas al mercado capitalista “underground”.  Ahora bien, la mercantilización de las subjetividades en el marco de la “racionalidad neoliberal” según la expresión de Wendy Brown (2004; 2007), indica que no solamente la injerencia de la lógica mercantil se expresa en el sujeto con su cuerpo y su deseo- como  la transformación de los sujetos en “sujetos de valor”- (8), sino también en la conjunción de esta mercantilización en los circuitos de producción y consumo capitalistas.

 

 

Si las estrategias de subversión pueden ser reapropiadas por el sistema de consumo capitalista (9), si cada vez más la mercantilización de las identidades LGBTQI se pliegan a los intereses del deseo en el marco neoliberal, no podemos obviar de ninguna manera las fuertes desigualdades que esto conlleva: la visibilidad y el reconocimiento de las personas que no cuentan con los medios para comprar esta identidad se ve limitada. La mercantilización torna “invisibles” a quienes no pueden consumir lo suficiente.

 

El régimen de consumo forma parte de una homonormatividad (10), es decir, de una normalización de las identidades LGBTIQ. Este régimen describe no sólo las encrucijadas de estas identidades reificadas sino también las maneras en que son performativizadas. Esta categorización excluye a las personas pobres, como así también a las mujeres (11), a las personas adultas, a las trans, a las personas estigmatizadas por sus discapacidades, a las negras. Alan Sears señala:

 

“Los queers de bajos recursos son invisibles dado que no encajan en el régimen de visibilidad lésbica/gay. Por su parte, Hollibaugh argumenta que los queers son particularmente vulnerables a la pobreza: “La pobreza y la total desposesión puede ocurrirle a cualquiera-y cuanto más quee rsos, menos seguridad tenés para sostenerte o esquivar el abismo. La condición queer profundiza la pobreza y dificulta la posibilidad de lidiar con el servicio social del sistema”. (Hollibaugh, 2001), (2005, p.105).

 

Estas reflexiones ponen de manifiesto la utilización del término LGBTIQ que engloba situaciones muy distintas, principalmente desde el punto de vista de las desigualdades socio-económicas. En este sentido, Rosemary Hennessy y Alan Sears resaltan de qué manera esta mercantilización de las identidades LGBTIQ reifican las relaciones de trabajo que las sustentan, es decir, ocultan las relaciones sociales de clase, de raza y de género que sustentan la producción de estas mercancías. Si bien es cierto que estas relaciones de clase han existido siempre, y no son meramente propias del neoliberalismo, resulta necesario enfatizar que el desarrollo del “pinkmarket” no sólo las evidencia aún más- a estas relaciones desiguales-, sino que se fundamenta en ellas.

 

“Una investigación sobre el impacto de las relaciones de mercado da cuenta de cómo en las comunidades lésbica y gay opera la lógica empresarial que organiza el entorno queer. Este negocio (bares, cafés,  centros comerciales, restaurantes y la industria de la belleza) están ellos mismos organizadas según la posición de clase que ocupan los sujetos que participan. Es necesario investigar sobre la especificidad que reviste el mercado queer en el conjunto de las relaciones sociales. Nos interesa señalar que estos espacios son posibles debido a los bajos salarios que reciben quienes realizan el trabajo y que-necesitamos más investigación al respecto-son quienes están dispuestos a recibir salarios más bajos de los que recibirían en cualquier otro empleo dadas las ventajas con las cuentan al trabajar en el ambiente queer” (Sears, 2005, p.105-106).

 

 

 

Kevin Floyd y Alan Sears señalan que el desarrollo de este mercado homonormativo, que puede aparecer como una forma de inclusión positiva de las personas LGBTIQ en el capitalismo, es corolario de la privatización  de los espacios queer. El neoliberalismo y la especulación inmobiliaria que este conlleva son un ejemplo del privilegio de estos barrios y lugares de consumo queer. Los barrios son, cada vez más, habitados por las clases medias y altas; los precios (tanto de los alquileres como de los lugares de consumo) son altísimos y los gays y lesbianas de clases populares o negros o trans son marginados de dicho circuito. Esta lógica permite el acceso sólo  a los gays blancos y ricos (sobre todo hombres), que, además, hacen “turismo étnico” en los barrios queer de negros de la periferia.

Este proceso ha llevado, en particular, al cierre o la redefinición por el neoliberalismo de los bares y de los lugares de consumo LGBT-friendly, y a un rechazo de los lugares públicos y gratuitos (en especial de los lugares de las drags o de socialización y resistencia gay y lésbico, que se forman “entre” y a partir de estos lugares de consumo). “Cuando los publicidades de Calvin Klein juegan con el erotismo homosexual exhibidas en el Times Square, la municipalidad de Nueva York logra  cerrar la mayoría de los lugares críticos de la privatización de la sexualidad que se encuentran en sus alrededores”. (Floyd, 2013, p.275).  Este movimiento trae consigo una privatización de las prácticas sexuales y tiene consecuencias profundamente desiguales en torno a las formas de socialización y de existencia queer.

Floyd apoyándose en las investigaciones de Martin Manalansan (2005) describe a la privatización del barrio “Christpher Street” en Nueva York, lugar de socialización de los queer negros, como el producto de la especulación inmobiliaria favorecida por políticas públicas. La lógica privatista da como resultado la expulsión de los queer negros y un turismo cultural propio de los gays blancos cómodos en su propio barrio (Floyd, 2013, p.281-282).

 

Floyd y Sears muestran cómo el establecimiento de las normas de mercado no son más que la negación de alternativas y de cómo gran parte de su éxito depende de políticas estatales.

La inclusión de la publicidad y la visibilización de las minorías sexuales y de género en el neoliberalismo se hace con fines de rentabilidad, la publicidad se sirve de los cuerpos queer masculinos (12) para crear y seducir un nuevo perfil de consumidores. Esta profundiza, además, las desigualdades ya que instaura una nueva estratificación social a partir de diferentes formas de masculinidades que de ella resultan. Estos procesos se realizan con la legitimación de la violencia estatal de las fuerzas neoliberales, a través de políticas de gentrificación sostenidas por las municipalidades.

 

 

  • La emancipación queer transversaliza la totalidad social y la articulación de las luchas

Según Kevin Floyd, las “formaciones queer” tienden a una forma de totalidad social, es decir, a una concepción que rearticula lo sexual y lo social, en contra la reificación de lo primero, y aspira a construir mundos queer unidos contra la privatización de lo sexual (lo cual opera también reduciendo lo sexual a la esfera intima y a la reapropiación de lo sexual por el capitalismo y el Estado).

En contra de la reificación de la sexualidad, las teorías y prácticas queer aspiran a comprender la totalidad social mediante un punto de partida singular, de una subjetividad histórica y socialmente producida.

Estas últimas desarrollan una crítica de dicha totalidad (el capitalismo) a partir de su propia subjetividad, la cual está atravesada y producida por diferentes relaciones sociales. Las prácticas y teorías queer, partiendo de una totalidad, militan para la transformación de este sistema de opresión y dominación. El pensamiento de la totalidad se materializa en las reivindicaciones queer integrales y en una voluntad de construir alianzas políticas a largo plazo. Las autoras queer materialistas en los Estados Unidos, quienes han escrito en el numero “Una nueva agenda queer”, sitúan las reivindicaciones no sólo en la conquista de derechos formales o en contra de las discriminaciones sino también en una emancipación “material” que involucra la justicia económica o el acceso a la salud para todas y todos.Es por esto que defienden la construcción de alianzas políticas queers y feministas, anticapitalistas, antiimperialistas, etc. Subrayan la necesidad de no excluir las diferencias (de raza, de clase, de género, etc) al afirmar que es justamente refutando la atomización teórica y práctica que se puede tomar en cuenta la articulación de las diferencias (Duggan, 2011/2012).

Las formaciones queer representan una contrahegemonía frente a la reificación de quienes ven a  las luchas queer como luchas no sólo “identitarias”, “simbólicas”, “culturales” sino como luchas “materiales”. Esta política queer muestra que  la oposición “cultura/economía” o “reconocimiento/redistribución”, según los términos de Nancy Fraser resulta totalmente equivocada. Por el contrario, esta dicotomía redobla y legitima la división liberal y capitalista que ubica las cuestiones llamadas “culturales” en aquello que las individualiza y las confiere a la esfera privada y mercantilizada. Aún queda por pensar que estas reivindicaciones pueden enmarcarse en cambios sociales y económicos más generales.

Sería interesante pensar a “las relaciones sociales de la sexualidad” como dice Gianfranco Rebucini:

“como la raza, la clase, la etnia, la edad, las identidades sexuales operan como marcas de distinción social. No se trata sólo de la identidad o de características culturales que ameritan justicia o respeto por la tolerancia, sino de relaciones sociales por las que nuestra sociedad distribuye ventajas y privilegios con respecto no sólo al orden simbólico sino también al orden material” (Rebucini, 2013)

Esta noción de “relaciones sociales” nos permite pensar el aspecto material de la opresión de las personas LGBTIQ, inmersas, muchas veces, en la precarización económica.

Ahora bien, la reflexión queer/materialista toma en cuenta estas desigualdades destacando la importancia de articular las distintas dimensiones sociales. Gianfranco Rebucini retoma un estudio (13) que señala que en Francia los hombres gays ganan menos que las mujeres heterosexuales teniendo las mismas competencias (el índice de esta discriminación varía de 6.5 en el sector privado a 5.5 en el sector público) y que los gays y lesbianas, muy frecuentemente, se encuentran en condiciones económicas precarias a causa de la homobofia y la lesbofobia.

En lo que respecta al contexto  estadounidense, Joseph de Philippis (2011/2012), precisa que las personas LGBT negras son más pobres que las LGBT blancas, y más pobres que las heterosexuales negras, que las parejas gays y lesbianas son más pobres que las parejas heterosexuales en general y que las personas trans son las más pobres de la comunidad LGBTIQ: alrededor de 65% de ellas viven en condiciones de pobreza.

Conclusión

Creo que estos análisis nos brindan la posibilidad de avanzar en la construcción de una alianza entre feminismo materialista y teorías y practicas queer.

A diferencia de algunos feminismos materialistas que consideran las luchas y teorías queer como una disputa meramente individual, individualista y liberal, y una perspectiva que renaturaliza la sexualidad y los géneros, el enfoque materialista-marxista queer reafirma la radicalidad de los estudios queer y sus puntos en comunes con el feminismo materialista: esta última adoptan una visión antiesencialista del género y de la sexualidad, dando cuenta no sólo del carácter discursivo sino también social y económico que produce a las subjetividades sexuales y de género, y defendiendo una transformación social y económica radicales. Los análisis que se inscriben dentro de esta perspectiva enfatizan, por sobre todo, en el hecho de que la sexualidad lejos de estar separada de otros campos sociales, esta complemente ligada a la dominación de género, de raza y de clase en contextos históricos específicos y en modos de acumulación de capital también específicos.

Las reflexiones sobre la consustancialidad y la coextensión de las relaciones sociales (Kergoat, 2009) así como el patriarcado como modo de explotación especifico de las mujeres (Delphy, 2002) se tornan indispensables para nuestras luchas feministas.  Yo creo que los análisis “queer materialistas” nos son de enorme importancia. Partiendo de enfoques postestructuralistas, estos señalan que la constitución de las subjetividades de género y de la sexualidad no son sólo relaciones de producción sino también regímenes de saber-poder.

El enfoque marxista queer desarrolla, en particular, análisis y desafíos interesantes para nuestras perspectivas feministas, dado que completa al análisis de  la división sexual del trabajo en la globalización neoliberal,  con una problematización de la subjetivación sexual y de género en el seno de este sistema a la vez que realiza una relectura del concepto de totalidad capitalista.

 

Nota de la autora: Los aportes y fructíferas correcciones de Fanny Gallot y Gianfranco Rebucini me han permitido modificar el texto inicial. Les agradezco por sus comentarios inmensamente útiles.

 

Bibliografía

AGONE (rédaction), « Ce que le tournant postmoderne a fait au féminisme », in Agone, Marseille, n° 43, 2010, pp.7-23.

 

BACHETTA, Paola et FALQUET, Jules, Théories féministes et queers décoloniales, Les Cahiers du CEDREF, n° 18, 2011.

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  • Para un análisis de las Fuentes y de las influencias intelectuales de Judith Butler, ver Salih (2002, p. 5-7), citado en Baril (2005, p.70).

 

  • Utilizo la abreviatura LGBTIQ para referirme al movimiento de lesbianas, gays, bisexuals, trans, queer, intersex. Esta sigla, en general, no da acabada cuenta del modo en el que las luchas de cada una de las “identidades” se realiza dado que, muchas veces, no configuran un todo coherente. El pensamiento y la militancia queer se define como la forma radical de una militancia LGBTIQ, es decir, de articular a las políticas identitarias el cambio revolucionario debatido en los años 1980 en los movimientos LBGT.
  • Es el caso de autores de la revista A New Queer Agenda, ver la precisión en la descripción del texto más abajo.
  • Para una aproximación más completa de los últimos trabajos en el campo de los estudios queer que tratan sobre la tradición marxista, ver FLOYD (2013), nota a pie de página, p.11
  • http://sfonline.barnard.edu/a-new-queer-agenda/Le agradezco a Florian Voros por indicarme la página web
  • “Hay un patrón económico del desarrollo capitalista que se impone durante los años 1970 en oposición al patrón keynesiano y fordista; la desregulación, la nueva geografía del capital, la redistribución de la riqueza, la reorganización del trabajo (flexibilización, precarización), la financiarización y los procesos de endeudamiento que le son inherentes, la transformación de las formas culturales junto con el consumismo y el enriquecimiento personal sin freno diseñan un determinado mundo. El término de neoliberalismo permite, en un primer análisis, analizar estos fenómenos de manera global” (Haber, 2012, p. 66, citado en Sauvetre (2014, p.760).
  • Kevin Floyd describe de qué manera se desarrolla el circuito de mercantilización gay y lésbico luego de la segunda guerra mundial, el cual ha permitido luchar contra el aislamiento de gays y lesbianas. Este mercado “underground” estuvo completamente marginado del mercado fordista (Floyd, 2013, p.218-222).
  • “ Es un horizonte históricamente situado definido por las lesbianas y gays como “sujetos de valor”, como lo ha señalado Paul Smith; es decir, como sujetos que el Estado poskeynesiano abandona y deja en manos de la normalización del consumo privado propio del neoliberalismo” (Floyd, 2013, p.271)
  • Kevin Floyd insiste mucho sobre la formación de las subjetividades queer en el seno de este régimen de acumulación. Ver, asimismo, ejemplos de subversión posibles a partir del consumo de juguetes sexuales en Sal, Levy, (2011)
  • Es Lisa Duggan quien utilicé esta noción. Gianfranco Rebucino nos da una definición de esta noción en Rebucini(2013, p.76).
  • “Las mujeres tienen menos posibilidades de acceder a publicidades que den cuenta de escenas lésbicas como resultado de la división del trabajo que tiende a ofrecer a las mujeres estándares económicos más bajos como una mayor tendencia a tener responsabilidades “privadas y domesticas” (Sears, 2005, p.105).
  • “Es mucho más común encontrar mercados orientados a las lesbianas que a los varones homosexuales. Danae Clark (1991, 182) argumenta que las lesbianas no están realmente catalogadas como un grupo que consume dado que no son económicamente sustentables. Aún así, se han desarrollado nuevas formas de estilo lésbico durante los años 1990, a veces entendida como una contraposición a las feministas lesbianas reacias a formar parte de ese circuito” (Clark, 1991, 184-85), (Sears, 2005, p.108).
  • THIERRY, Laurent, MIHOUBI, Ferhat “¿menos iguales que los otros? Orientación sexual y discriminación salarial en Francia”, documento de investigación EPEE (Centro de Estudios de Políticas Económicas de la Universidad de Evry), 10-05, en línea http://www.univ-evry.fr/modules/resources/

 

 

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