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Democracia Socialista

 

  1. El kirchnerismo

Asistimos, en el ciclo político general, al fin del kirchnerismo en el gobierno, aunque no necesariamente a la liquidación del kirchnerismo como experiencia política y social. El kirchnerismo constituyó lo que se ha llamado un “Estado de compromiso débil”, que generó a su vez las condiciones para el actual desenlace político en la candidatura presidencial del inocultablemente “noventista” Daniel Scioli. Las mutaciones en la forma de Estado en relación con la lucha de clases y la acumulación de capital permiten comprender las posibilidades abiertas para las fuerzas políticas, las tácticas posibles y los horizontes de la militancia anticapitalista.

Como sabemos, el kirchnerismo constituyó una respuesta lúcida de la clase dominante a la crisis de legitimación del Estado que irrumpió el 20 de diciembre de 2001. La rebelión popular no expresó un proyecto de superación del capitalismo, pero sí un rechazo al marco neoliberal implantado hasta el momento, así como una negativa popular general a aceptar sin más la legitimidad de los partidos políticos, las instituciones y el Estado. Esta situación generó, en otras palabras, un cambio en la correlación de fuerzas entre clases sociales, que no permitía seguir manteniendo la disciplina social bajo los patrones previos.

La élite política kirchnerista elaboró un juego complejo de continuidades y rupturas con el marco de los años noventa, que le permitió reconstruir de manera efectiva (aun con sus limitaciones) la legitimidad del Estado capitalista y sus mecanismos de creación de consenso, al mismo tiempo sobre bases objetivas relativamente débiles y sin distanciarse radicalmente del neoliberalismo preexistente. En términos económicos se dan importantes continuidades en las formas de acumulación, con una profundización, incluso, de la exportación de productos de origen agrícola como motor fundamental del crecimiento, un incremento de la dependencia económica y una fuerte explotación de la fuerza de trabajo, garantizada mediante la devaluación (baja del salario real) y la difusión masiva del trabajo en negro y precarizado. Con esas fuertes continuidades con el neoliberalismo, sin embargo, el kirchnerismo logró construir nuevas relaciones de fuerzas en el plano político. Esto fue posibilitado tanto por el relanzamiento de la acumulación capitalista (devaluación del peso y aumento de los precios internacionales de las commodities mediante), como por una serie de despliegues de iniciativa estatal que recuperaron consignas y demandas populares de la resistencia al neoliberalismo. Mediante medidas tanto económicas como sociales, políticas e incluso culturales, que van desde la Asignación Universal por Hijo y el Matrimonio Igualitario hasta los juicios a los militares de la dictadura, el kirchnerismo logró reposicionar al Estado como garante aparente de la reproducción del conjunto de la sociedad, gestando nuevas formas de compromiso de clases.

La debilidad del compromiso entre clases radica en varios factores, entre ellos la debilidad de sus pilares objetivos (continuidades profundas con el marco económico neoliberal, límites estructurales para la construcción de hegemonía en los Estados de la periferia) y la puesta en marcha de una dinámica “auto-cancelatoria” de las correlaciones de fuerzas que lo hicieron posible. La combinación de estos dos elementos desemboca, podemos decir, en lo que parece como un lento giro a la derecha del gobierno, desde la “sintonía fina” de 2011 hasta la actual candidatura de Scioli. Primero, las limitaciones económicas se hicieron sentir cuando el ciclo al alza del capital comenzó a desacelerarse violentamente a partir de la crisis de 2008, entrando en uno más de los históricos cuellos de botella de la acumulación de los proyectos de desarrollo dependiente en Argentina. Segundo, el kirchnerismo estabilizó relativamente (sin anular) la conflictividad social, haciendo retroceder la correlación de fuerzas más favorable a los sectores subalternos que se construyó con la movilización popular en 2001. En este sentido, el gobierno kirchnerista generó las condiciones para una contra-ofensiva de la clase dominante: al desmovilizar, integrar y disciplinar a las clases populares, hizo retroceder la amenaza de crisis social. La clase dominante, al cabo de unos años, dejó de mostrarse dispuesta a realizar concesiones sociales, democráticas o populares y se dispuso a retomar las riendas del Estado y la sociedad bajo un proyecto que respondiera más inmediatamente a sus intereses.

 

  1. La crisis de la centro-izquierda, el FIT y las posibilidades de la izquierda

En este marco aparecen dos fenómenos nuevos. Primero, no emerge una centro-izquierda que haga oposición al gobierno. Todas las opciones de centro-izquierda en danza en los últimos años han terminado integradas ya en el oficialismo, ya en la más rancia derecha republicana, o bien fueron condenadas a la testimonialidad (basta observar las elecciones de Stolbizer o De Gennaro). El bloqueo de una oposición de centro-izquierda tiene que ver con el éxito relativo del kirchnerismo en construir un compromiso de clases. El Estado de compromiso entre clases construido durante la era K apareció, en efecto, como encarnando un proyecto de centro-izquierda en el poder. Con concesiones, retrocesos y vacilaciones, parece efectivamente atender a los intereses de los sectores populares, promover la intervención del Estado en la economía y fomentar ampliaciones de derechos. Con las peculiaridades de su condición peronista, el kirchnerismo logró interpelar al electorado “progre” y constituirse como una centro-izquierda posible. El posibilismo político define al voto de centro-izquierda: el progresista tiene preocupaciones de izquierda, pero está dispuesto a hacer concesiones en pro de lo que considera como las exigencias de un proyecto de poder. Esto significa que, cuando hay una experiencia de centro-izquierda gobernando, es extremadamente improbable que surja una alternativa opositora demasiado similar en sus consignas y propuestas. Entre la centro-izquierda en el poder y la que es oposición, el libreto progresista de “no hacerle el juego a la derecha” y aceptar concesiones para llegar al gobierno, manda quedarse con la primera opción.

Por lo demás, dada la exitosa kirchnerización de la figura de Scioli en la última campaña electoral (sumada a la amenaza representada por Mauricio Macri) podemos decir que la experiencia del progresismo y la centro-izquierda posibilistas en Argentina siguen contenidas dentro del kirchnerismo. No se ha producido, como decimos, ninguna ruptura por izquierda del amplio y difuso movimiento K. Agrupamientos supuestamente críticos, como el Movimiento Evita o incluso Seamos Libres, se han subsumido en la dinámica de limitarse a “lo posible” y privilegiar siempre el poder. Esto, también, ha dado por tierra con las expectativas tácticas de agrupaciones como Patria Grande y otros sectores de la izquierda, que esperaban una ruptura por izquierda del kirchnerismo con la que empalmar para hacer oposición a Scioli. El kirchnerismo se muestra gelatinoso y creativo: capaz de adaptarse, se dobla y se dobla, pero, al menos por el momento, no se rompe. Hasta ahora, quienes quisieron entrar al “movimiento nacional” para interpelar a sus alas izquierdas, han sido ellos mismos interpelados por sus elites conservadoras, como se muestra en la generalizada adaptación a la candidatura de Scioli.

El contexto analizado marca, también, los límites y posibilidades de la izquierda anticapitalista en la etapa actual. Dado el relativo éxito del consenso kirchnerista y la persistencia, por el momento, del Estado como garante del compromiso ente clases (aun con sus reveses y mutaciones), hoy no hay posibilidades de construir un proyecto de izquierda anticapitalista con capacidad para convertirse en una alternativa política de masas. La izquierda, ante la hegemonía del K y aun bajo su actual reconversión sciolista, tiene por tarea construir una minoría activa no sectaria que acumule fuerzas, resista la ofensiva de la clase dominante y se prepare ideológica y políticamente para períodos que auguren mejores condiciones. Tácticas que busquen ampliar la base electoral mediante la adaptación al progresismo se ven bloqueadas por el tapón que el kirchnerismo puso a la centro-izquierda, que todavía se confirma en la elección actual.

Sin embargo, desde una posición más claramente delimitada del gobierno, es posible construir una izquierda que, sin perspectivas de poder inmediatas, ocupe el lugar de la resistencia y la oposición. La derechización del espectro político (Scioli, Massa y Macri contra Fernández de Kirchner y el FAP de 2011) es producto de la dinámica de la lucha de clases, pero no se correlaciona con una derechización idéntica de la sociedad en conjunto. La izquierda debería ser capaz, en ese marco, de interpelar a franjas del electorado que votaron al gobierno y que hoy, desilusionadas con el desenlace sciolista, se dispongan a votar una opción política más radical. La tarea hoy es, creemos, conectar con una fracción, todavía minoritaria pero creciente, de la clase trabajadora que va a tramitar en una opción de izquierda radical su desilusión con el kirchnerismo.

Nuestra hipótesis es que el Frente de Izquierda y los Trabajadores por el momento ha ocupado,  con limitaciones, esa alternativa minoritaria que capitaliza un descontento general con la situación.

Que el FIT expresa la alternativa de izquierda para la etapa es algo que no requiere explicación. Es la única fuerza de izquierda que ha construido una bancada parlamentaria propia, sin alianzas de ningún tipo con partidos de la clase dominante. Sus fuerzas gozan de una cierta inserción en el movimiento obrero y otros frentes de lucha y sus diputados se foguean apoyando conflictos y empleando el parlamento como caja de resonancia de la lucha social.

Con todo, también se ven importantes límites del FIT como alternativa. El FIT no alcanza a ocupar con total éxito su lugar de minoría activa que canalice, al menos en el plano electoral, el rechazo a los consensos de los candidatos capitalistas. Estos límites tienen que ver, en parte, con la incapacidad para nuclear de manera amplia al conjunto de la izquierda argentina y con, a pesar de algunos aprendizajes políticos, todavía algunas dificultades para implantarse en la política de masas.

Los límites al crecimiento del FIT se expresan en su inserción en el movimiento social y la clase trabajadora, pero también se ven reflejados en los resultados electorales de las PASO. Si se comparan las condiciones de 2011 con las actuales, se confirma un crecimiento del Frente, pero relativo. En 2011 Cristina Fernández obtenía más del 50% de los votos y la principal fuerza de oposición era el neoliberal, pero cosméticamente socialdemócrata, Hermes Binner. Hoy el kirchnerismo aparece en una faz mucho más derechizada y las alternativas (Macri, Massa) no son siquiera cosméticamente socialdemócratas. En ese marco, el FIT ha obtenido muy pocos de los votos perdidos, por ejemplo, por el FPV, que en cambio han virado hacia la derecha. Resulta la mejor herramienta, de entre las actualmente existentes, para expresar a la minoría activa que rechaza el consenso capitalista y la ofensiva de la clase dominante en curso, pero no parece lograr capitalizar del todo, siquiera al descontento de la deriva sciolista del kirchnerismo.

El FIT debe plantearse, si quiere constituirse en un genuino polo de reagrupamiento de la izquierda en nuestro país, una decidida renovación metodológica y organizativa. La más amplia democracia socialista, un radical pluralismo de partidos y la construcción de una cultura militante donde las disputas ideológicas se diriman en un marco fraterno de unidad anticapitalista son desafíos para el crecimiento del FIT, que por el momento se auto-limita a ser un frente exclusivamente electoral entre tres fuerzas provenientes del trotskismo.

En las dos listas que se presentaron en las PASO se ponía en discusión, también, la naturaleza del FIT como frente político. La Lista Unidad tendió a expresar, aunque con límites, el proyecto del FIT como polo de reagrupamiento de la izquierda anticapitalista en nuestro país. Encabezada por el Partido Obrero e Izquierda Socialista, esta lista se abrió a una relativamente amplia participación de agrupamientos provenientes de corrientes políticas diversas. La lista Renovar y Fortalecer, del PTS, expresaba en cambio una delimitación sectaria con respecto a agrupamientos caracterizados como “chavistas”, “populistas” o reformistas. Se trata de un intento por mantener un FIT ultra-izquierdista, que no se mide por la delimitación con respecto al gobierno K sino por discusiones más ideológicas como las caracterizaciones del proceso bolivariano, PODEMOS o Syriza. En un contexto como el actual, discutir el chavismo como precondición de un acuerdo electoral es poner un freno sectario al desarrollo del FIT como tal.

Clarificaciones estratégicas

Agregamos unas líneas de clarificación estratégica y programática, para avanzar en la manera como vemos necesario construir, en el largo plazo, una alternativa política de la clase trabajadora y los sectores subalternos.

 

-Lucha social y disputa institucional

En un contexto donde los Estados capitalistas, a pesar de diversas limitaciones, poseen capacidades hegemónicas significativas, resulta extemporáneo imaginar un proceso revolucionario que se reduzca a una estrategia de dualidad de poderes, completamente exterior a las instituciones pre-existentes. La disputa dentro, contra y más allá del Estado tiene hoy un valor estratégico y programático. Procesos como el 2001 argentino nos muestran que, tras la crisis capitalista (acompañada de la crisis de legitimidad), resulta inevitable un reencauzamiento hacia el nivel político de la lucha de clases, lo cual incluye la disputa en las instituciones actualmente existentes.  La izquierda debe barajar la hipótesis estratégica de capitalizar en la arena electoral un proceso de radicalización social, para propulsar a partir de ahí una serie de reformas progresivas que conduzcan a una situación de ruptura revolucionaria con el capital. El Estado, que es estructuralmente garante de la acumulación de capital, es a la vez permeable a la lucha de clases y expresa los cambios en las correlaciones de fuerzas y las formas como se construyen los bloques en el poder. Asimismo, el Estado es agente sobre esas correlaciones, interviniendo sobre su forma.

La estrategia política de la izquierda anticapitalista debe tener en cuenta el potencial hegemónico del Estado. Hoy resulta difícil imaginar medirse frente a frente con el Estado capitalista desde un contra-Estado completamente exterior, surgido de órganos de tipo consejista o soviético, o bien de un partido revolucionario de clase. Esas estrategias, ancladas en una interpretación mítica y dogmática de Octubre del 17, están estructuralmente condenadas al fracaso, en un contexto donde el Estado tiene capacidades para aislarlas y relegarlas a una posición minoritaria.

El signo de nuestra época, en cambio, viene dado por la combinación de luchas sociales y disputas en la institucionalidad estatal. El Estado capitalista es estructuralmente burgués, pero la ruptura revolucionaria frente a Estados hegemónicos no parece plausible que surja exclusivamente del poder dual (que la hegemonía desarticula con éxito sistemáticamente), sino que deberá articular la construcción de poder popular, la crispación de la lucha social y la radicalización a partir de posiciones conquistadas en el seno del propio Estado, en un proceso revolucionario de larga duración, sometido a marchas y contramarchas y donde no se puede descartar una conquista transicional del poder por vía democrática-institucional. En estos casos, el hipotético acceso al poder no da lugar a la ruptura definitiva con el capitalismo, sino que es un jalón más (central, pero no definitivo) de una lucha que apenas se inicia. Todo proceso de avance  de ese tipo, orientado desde el Estado capitalista, llevará a la postre a una situación donde sea inevitable optar entre la conciliación con las demandas de la reproducción capitalista (que condicionan la reproducción del propio Estado capitalista), o bien dar un salto revolucionario. Esto significa que, en estos casos, revolución y acceso al poder no coinciden temporalmente: el salto revolucionario es, en todo caso, exigido por las presiones surgidas tras el acceso al poder, donde puede profundizarse un proceso de radicalización, o limitarse al horizonte de lo posible, en un escenario que será inevitablemente abierto y ambiguo.

 

-Garantizar la más amplia democracia socialista

No hay proyecto socialista que no sea radicalmente democrático. La democracia socialista se construye tanto en formas representativas como en órganos de participación popular directa. El poder popular, como conjunto de espacios donde la clase se auto-organiza, es un aspecto estratégico en la construcción de la democracia socialista. El otro aspecto estratégico es la disputa en clave representativa, donde una pluralidad de partidos socialistas y anticapitalistas aportan a la discusión y clarificación estratégica, disputándose la conducción del proceso en un contexto pluralista donde se garantizan los derechos de las minorías y el disenso. La estrategia de una lucha combinada en el Estado y en poder popular exige la construcción de una democracia socialista con un aspecto representativo y otro basado en organismos de tipo soviético y consejista. Esta estrategia exige, además, la creación de un partido político que la motorice en condición de operador estratégico, tarea pendiente por el momento en Argentina. La transición al socialismo, a excepción de momentos insurreccionales de carácter excepcional, debe realizarse en el marco de una profundización, subversión y radicalización de las libertades democráticas conquistadas en la época capitalista, donde el carácter plural y conflictivo de lo social no sólo no se suprima, sino que se amplíe.

 

-El significado del clasismo y la necesidad de un programa de transición

El clasismo se refiere a la necesidad de que la clase trabajadora y los sectores subalternos lleguen a gobernar con un proyecto de independencia política que sea incompatible con el capitalismo. Nos oponemos, como clasistas, a los proyectos reformistas que buscan administrar el capitalismo en sentido progresista o coadyuvar a los intereses de las clases populares. La historia nos ha enseñado que no hay salida dentro del capitalismo, no sólo porque es un orden social contrario a la autodeterminación de las personas, sino porque su desarrollo ciego pone en peligro la supervivencia de nuestro planeta y condena a millones a la miseria, la explotación y la marginalidad.

Sin embargo, también es claro que la barrera entre reforma y revolución (y de ahí la delimitación del significado del clasismo en cada momento y lugar determinados) es variable. Depende de las correlaciones de fuerza entre clases, las líneas de conflictividad, la composición de los bloques sociales en juego, las cambiantes formas de Estado y la lógica de acumulación. Un partido anticapitalista no va a lograr nunca una ruptura revolucionaria declamando abstracta y doctrinariamente la necesidad de trascender el capitalismo. Cien años de fracasos de las corrientes sectarias, ultra-izquierdistas y maximalistas deja esto en evidencia: la simple declamación del anticapitalismo y el socialismo no ha producido rupturas reales con el capitalismo. La delimitación entre reforma y revolución no se juega en la incompatibilidad lógica de un programa político con el capitalismo, sino en su incompatibilidad histórica real. Revolucionaria es aquella reforma que es incompatible de hecho con el capitalismo, pero que una fuerza política con peso de masas está en condiciones de imponer. Un verdadero programa clasista, entonces, debe exceder la tautología de que la clase trabajadora debe gobernar, y articular la propaganda anticapitalista y socialista con la lucha por reformas de carácter transicional.

Precisamente porque sabemos que la reforma del capitalismo es imposible, es que debemos luchar por reformas que lleven a una elección sin tercera alternativa posible, entre la capitulación con respecto a las propias reformas y el salto revolucionario, mientras realizamos en simultáneo una tarea ideológica y programática de preparación para una ruptura socialista. La imposibilidad de la reforma del capitalismo, a largo plazo, llevará a una situación donde es necesario avanzar a la ruptura, o ceder y abandonar el proyecto de reformas. La delimitación entre reformistas y revolucionarios, luego, no se mide solamente en las declaraciones de principios contra el capital, sino también en la decisión de, cuando la lógica capitalista imponga sus límites a un proceso de reformas, no retroceder. Ser revolucionarios es hacer una insurrección por una reforma. El reformista, en este punto, es el que está dispuesto a ceder para evitar la ruptura con el capital. No se distingue del revolucionario por tal o cual medida puntual, si no por la voluntad de retroceder cuando el capital ponga límites al proceso reformista. El revolucionario real no es, por lo tanto, el que declama que hay que destruir al capital, sino el que además va a luchar radicalmente y hasta el final por reformas.

Los hechos recientes en Grecia ponen esto de manifiesto. El programa anti-austeridad de Syriza se confirma como transicional. Su implementación habría llevado a la ruptura con la UE y la troika, constituyendo un jalón importante en el proceso de rupturas motorizado desde el Estado y propulsado por la lucha social. La capitulación de Tsipras, que llevó a la ruptura del partido, cristaliza una decisión de avanzar con un programa anti-austeridad tanto como el capitalismo del Euro lo permitiera. La Plataforma de Izquierda, hoy Unidad Popular, en cambio, expresaba la decisión de avanzar con ese programa más allá del marco del euro, lo que habría habilitado ulteriores rupturas y abierto el horizonte de lo posible. La frontera práctica, real, entre reforma y revolución se da, por lo tanto, no sólo en la contraposición de declaraciones de principios anticapitalistas, sino en la implementación hasta las últimas consecuencias de un programa de transición. Y esto, claro, sin desmerecer ni negar la importancia de la lucha ideológica, la clarificación programática y la difusión, en simultáneo con el programa de transición, del programa máximo, de carácter socialista.

 

-Construir una fuerza o movimiento anticapitalista amplio

Esta estrategia requiere la construcción de un nuevo tipo de fuerza política, un partido o movimiento anticapitalista amplio, que reúna en un marco pluralista y democrático una pluralidad de corrientes, tradiciones y sensibilidades políticas. La democracia interna, el pluralismo ideológico y la coexistencia sanamente conflictiva entre agrupamientos diversos es una necesidad estratégica de la democracia socialista.

¿Cuán amplio debe ser un partido amplio? Todo depende de la lucha de clases. Las líneas de delimitación no se fijan en forma abstracta, sino en función de la situación concreta. En Argentina, un polo político anticapitalista sólo puede ser, en este momento, minoritario. Dado el freno que el kirchnerismo puso a la lucha de clases, este partido puede construirse con los elementos que, independientemente de su trayectoria previa o sus adscripciones ideológicas peculiares, concurran en una delimitación anticapitalista y una lectura clara del carácter de clase (burgués) del gobierno. Se trataría de un partido amplio pero minoritario desde el punto de vista de la lucha de clases. El FIT podría explotar esta posibilidad de construir una izquierda anticapitalista amplia, aunque las limitaciones antes señaladas, reforzadas por los últimos resultados, dejan esto como un escenario en suspenso.

En otros contextos (Grecia, España, Venezuela), un reagrupamiento político amplio puede tener un programa menos delimitado, orientado básicamente desde un proyecto antineoliberal, pero capaz de propulsar rupturas reales con el marco capitalista. La delimitación fundamental, en estos casos, vendrá dada por la decisión de avanzar o no con las reformas radicales (transicionales) que motoricen el proceso de ruptura. En este marco, los anticapitalistas pueden organizarse al interior del proceso popular y de sus instrumentos organizativos, pero a la vez sin perder autonomía ideológica y organizativa respecto a las direcciones vacilantes o ambiguas. En casos en que se confirme una capitulación, se impone la ruptura con esas direcciones desde la recuperación de las consignas transicionales abandonadas o traicionadas (como es el caso paradigmático de Grecia y la claudicación de Tsipras). En casos en que la radicalización se profundice, es viable acompañar a esas direcciones en un ciclo largo de acumulación de fuerzas.

 

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