logo


Pannekoek, Castoriadis, Lefort

Introducción: la cuestión del partido, cincuenta años después

 

Pablo Ortellado

 

Cada período histórico se ve obligado a interpretar sus luchas con categorías del pasado. Eso no se debe a algún tipo de debilidad conceptual o interpretativa, sino al simple hecho de que cuando surge un nuevo ciclo de luchas, los arsenales conceptuales disponibles son aquellos forjados en los ciclos anteriores. Es por ello que Lenin y Trotsky utilizaron categorías extraídas de las experiencias de la gran revolución de 1789 y de la Comuna de 1871 para entender la Rusia de inicios del siglo XX; es también por ese motivo que la extrema izquierda francesa utilizó catregorías extraídas de la experiencia de los consejos obreros de los años 1910 para explicar Mayo de 1968.

Pero el uso de esas categorías no trasluce meramente un incómodo e inevitable anacronismo. Los conceptos que recibimos de ciclos de lucha anteriores mantienen su poder explicativo porque, como recuerda el teórico autonomista portugués João Bernardo, las luchas no se desarrollan en forma lineal, sino en espiral. Así, aún cuando cada ciclo de luchas trae elementos nuevos, en cada uno suelen actualizarse los problemas no resueltos heredados del pasado. Es por ello que podemos todavía leer con interés los textos de Rosa Luxemburgo o de Jean Paul Marat, aún si ellos están a una distancia de cien o doscientos años respecto de nuestro presente.

Socialisme ou Barbarie

Es con esa disposición que queremos recuperar el debate sobre el partido producido entre los militantes de Socialisme ou Barbarie en los lejanos años 1950. Socialisme ou Barbarie era el nombre del grupo político que editó una revista en Francia entre finales de la década del ´40 y mediados de la del ´60 del siglo pasado. El grupo fue fundado por militantes trotskistas provenientes de una tendencia del  Partido Comunista Internacionalista en 1947. A ese grupo se añadieron luego militantes ligados al bordiguismo (tendencia fundada por el italiano Amadeo Bordiga), y poco a poco se fueron sumando militantes de la extrema izquierda que no se identificaban con las tendencias tradicionales anarquistas o trotskistas. Aún activo solamente por espacio de 20 años, Socialisme ou Barbarie sobresalió por una crítica firme al estalinismo en un período de amplia hegemonía de los partidos comunistas, así como por desarrollar una reflexión teórica original del capitalismo y de los movimientos de resistencia de los trabajadores. Más allá de eso, varios integrantes del grupo adquirieron gran proyección intelectual a partir de los años 1960 y 1970 ―entre ellos los filósofos Cornelius Castoriadis y Claude Lefort (los fundadores del grupo en 1947), el historiador de la Escuela de los Annales Pierre Souyri, el también filósofo Jean-François Lyotard, el obrero y luego sociólogo del trabajo Daniel Mothé (hoy conocido como Jacques Goutrat) y el psicoanalista Jean Laplanche.

La crítica de Socialisme ou Barbarie al régimen soviético partía de la aplicación de una distinción conceptual fundamental para el marxismo. Así como Marx había criticado el derecho burgués, distinguiendo las relaciones jurídicas donde todas las personas son iguales ante la ley de las relaciones de producción donde en cambio se nota la desigualdad entre capitalistas y trabajadores, Socialisme ou Barbarie proponía, en relación a la URSS, distinguir las relaciones jurídicas de propiedad de las relaciones sociales de producción. A diferencia de Trotsky, que sostenía que el régimen ruso (basado en la planificación de la economía, la estatización de los medios de producción y el monopolio del comercio exterior) era de tipo socialista, aunque con una degeneración burocrática, Socialisme ou Barbarie argumentaba que Rusia debía ser pensada simplemente como una forma de capitalismo burocrático. La estatización de los medios de producción era sólo un velo que encubría la explotación de los trabajadores a manos de los burócratas. Si se colocaba el foco solamente en las relaciones jurídicas de propriedad, todos los rusos aparecían como propietarios coletivos de los medios de producción. Pero si se observaba la realidad de las relaciones sociales de producción se descubría la dominación y la explotación que oponía a los burócratas que dirigían la producción y se beneficiaban de la repartija de la riqueza social, y los trabajadores que simplemente ejecutaban las órdenes.[i]

Este diagnóstico del régimen ruso fue, en la lectura de Socialisme ou Barbarie, ratificado por la revolución húngara de 1956, cuando los trabajadores se levantaron contra la burocracia y retomaron el programa socialista de gestión de la sociedad por los consejos, tal como había sucedido al comienzo de la revolución en la propia Rusia, y luego en Alemania y en la misma Hungría hacia el final de los años 1910. Ese socialismo estaría caracterizado por el control de la producción por los propios trabajadores (gestión obrera de la producción o autogestión) y por la planificación de la economía por los consumidores ―directamente por asambleas de trabajadores y consumidores y, en los consejos, por delegados electos con poderes ejecutivos y com cargos rotativos y revocables.[ii]

Organización y partido

La necesidad histórica de un programa de ese tipo parecía surgir del  ciclo de luchas de los consejos obreros que había sido actualizado por la revolución húngara. Pero, ¿de qué manera los militantes podrían contribuir a la realización de este programa? La respuesta clásica ofrecida por el leninismo apuntaba a la construcción de un partido político que imprimiese um caráter revolucionario al movimento de los trabajadores que, abandonado a su propia suerte, tenía uma conciencia limitada, reformista y trade-unionista. Pero esa relación entre partido y sindicatos que se establecía en el modelo leninista era una relación de dirección, que prefiguraba la dominación de los burócratas sobre los trabajadores. ¿Cómo debían entonces actuar los militantes que defendían la autonomía de los trabajadores? ¿Debían apenas auxiliar a los trabajadores en su propia autoorganización espontánea, o debían disputar la orientación política del movimiento por medio de una especie de “partido de la autonomía”? ¿Y cómo se podía escapar a la paradoja de un agrupamiento político (de naturaleza partidaria o no) pensado, esencialmente, para oponerse al control político sobre los trabajadores? Esta es, de manera resumida y esquemática, la cuestión que dividió al grupo Socialisme ou Barbarie en los años 1950 y que generó una ruptura, primero en 1952 y luego en 1958, entre sus dos fundadores, Claude Lefort y Cornelius Castoriadis.

En 1953 y 1954, entre las dos rondas de discusión que opusieron a Lefort y Castoriadis, el mismo tema reaparece en un debate entre Castoriadis y Anton Pannekoek, a esa altura ya una leyenda del movimiento obrero europeo.[iii] El debate nace de la carta que Pannekoek escribe para Socialisme ou Barbarie saludando la aparición de la nueva revista, que, a su entender, defendía posiciones políticas muy próximas a las suyas. Castoriadis escribe entonces una réplica a la carta de Pannekoek, dando así lugar a una breve polémica.

En su libro clásico de 1946, Los Consejos Obreros, Pannekoek había escrito que “la lucha de los trabajadores contra el capital no es posible sin organización ―y la organización surge espontáneamente, inmediatamente―.”[iv] Pannekoek se oponía a la formación de partidos obreros  que buscasen adoctrinar y controlar a los trabajadores. Por su propia naturaleza, los partidos iban contra la contra la autoorganización. “Hay”, decía, “grupos y partidos que pretenden tener la posesión  exclusiva de la verdad, que intentan ganar a los trabajadores con su propaganda excluyendo todas las otras opiniones. A través de un constreñimiento moral ―y cuando tienen poder, también físico― intentan imponer sus puntos de vista sobre las masas. Es necesario dejar claro que la enseñanza unilateral de un sistema de doctrinas sirve solamente para crear seguidores obedientes y, por lo tanto, para mantener la vieja o para preparar una nueva dominación.”[v]

Esa perspectiva es defendida en la primer carta que Pannekoek escribe para Socialisme ou Barbarie en noviembre de 1953, en la que señala que la perspectiva consejista (y antipartidaria) resolvía el “’nudo de la contradicción’ del problema de la ‘dirección obrera’”. Al colocar la “organización del poder autónomo expresada por los términos ‘soviets’ o ‘consejos obreros’” tanto al servicio de la “conquista del poder como de la dirección del trabajo productivo después de la  conquista”, esa concepción proponía una solución a la “imposibilidad de armonizar el poder y la  libertad de una clase que gobierna su propio destino, con la exigencia de que ella obedeciese a una dirección formada por un pequeño grupo o partido.” En esta concepción, a los militantes que defienden la autonomía de los trabajadores, cabe apenas “hablar a los obreros, por ejemplo, por medio de tratados populares que esclarezcan sus ideas, explicando los cambios importantes en la  sociedad y la necesidad de una dirección de los obreros por ellos mismos en todas sus acciones tanto como en el trabajo productivo futuro.”[vi]

Castoriadis discute esa perspectiva en una carta a Pannekoek publicada en el número 14 de Socialisme ou Barbarie. Allí advierte que esa visión es un poco “idealista”, por que no considera las disputas de poder que pueden ocurrir en un proceso revolucionario con protagonismo de los consejos obreros (como efectivamente ocurrió, por ejemplo, en la Guerra Civil Española). “Desde la constitución [de estos] organismos,” señala Castoriadis, “la lucha de clases se traslada a su propio seno, a través de los representantes de la mayor parte de los ‘grupos o partidos’ que reivindican la clase obrera pero que en la mayor parte de los casos representan los intereses y la ideología de las clases hostiles al proletariado, como los reformistas y los estalinistas.” Para combatir a esos grupos, entonces, debería desarrollarse una actitud activa a través de una organización partidaria de la autonomía. “Ella debería ser capaz de intervenir en las luchas, combatir la influencia de las organizaciones burocráticas, proponer a los obreros modos de acción y de organización”. Castoriadis no niega los riesgos implícitos en esta forma de actuar, pero estima que son mayores los riesgos de no actuar. “Para algunos compañeros, trazar esta perspectiva es dejar una puerta abierta a una posible degeneración del partido en un sentido burocrático. Mi respuesta es: no trazar esa perspectiva significa aceptar desde ahora la derrota de la revolución o la degenereración burocrática de los Consejos; y eso no como una posibilidad, sino como una certeza.”[vii]

La cuestión reparece en términos muy semejantes, cuatro años después, en la polémica que conduce a Castoriadis y Lefort a la ruptura. Lefort concentra sus posiciones en un artículo que conlleva su despedida del grupo, y que se publica en el número 26 de la revista. Para Lefort, la concepción de la política expresada por Castoriadis era, en el fondo, leninista. Esa concepción suponía “un organismo minoritario, selectivo y centralizado” al que le correspondía “elevarse al nivel de las tareas universales de la revolución”, aproximándose así al modelo del ¿Qué Hacer? en el cual “la conciencia política era introducida desde fuera del proletariado por una fracción organizada”. En oposición a esa perspectiva, Lefort concebía una actividad militante que consistía no en “enseñar [a los trabajadores], sino en explicitar aquello que se inscribe como tendencia en la vida y en la conducta de los obreros. […] [El militante es aquel] que partiendo de una crítica o de una lucha de los trabajadores en un sector determinado, intenta formular la dimensión revolucionaria, intenta mostrar como ella pone en jaque el propio hecho de la explotación […] El militante aparece así como un agente de los trabajadores y ya no como un dirigente.” Los militantes componen “una minoría de elementos activos provenientes de camadas sociales diversas, reunidos en función de un acuerdo ideológico profundo y que se dedican a auxiliar a los trabajadores en sus luchas de clase, a contribuir al desarrollo de los conflictos, a disipar las mistificaciones alimentadas por la clase y por la burocracia dominantes, en fin, a propagar la idea de que los trabajadores, si pretenden defenderse, están obligados a tomar su destino en sus propias manos”.[viii]

Castoriadis, una vez más, defiende la organización activa. Propone para ello un tipo de partido que difería del modelo del partido leninista por no asignarle un estatuto epistemológico superior (“científico”), y por estar sustentado en una democracia radical basada en la autonomía de la base en el límite puesto por la unidad de acción, en la democracia directa, y en la elección y revocabilidad de todos los cargos centralizados. Así, la organización autónoma sustituiría la imposición leninista de la verdad científica por un diálogo donde se promovería la perspectiva revolucionaria, al tiempo que, internamente, la autoridad del comité central sería reemplazada por la democracia de los consejos. Esas dos características permitirían eludir la dicotomía entre, por un lado, la organización leninista, y, por otro, la perspectiva de Lefort, que, según Castoriadis, conducía simplemente a la inmovilidad. “La autonomía”, argumenta Castoriadis, “se obtiene a través de una serie de influencias contradictorias; la libertad surge en el curso de la lucha con los otros y contra los otros. Respetar la libertad de alguien no significa evitarlo: es tratarlo como adulto y decirle lo que se piensa. Respetar su libertad no como moralista, sino como revolucionario, significa ayudarlo a hacer aquello que le proporcione esa libertad ―no en un futuro hipotético, sino en el aquí y ahora; no instaurar el socialismo por él, sino ayudarlo a realizar actos socialistas desde hoy.”[ix]

Al final del artículo, Castoriadis desliza lo que a su parecer es el punto central de la divergencia con Lefort: la cuestión de la centralización y la unidad en la acción. Para Castoriadis, la unidad en la acción es organización: “el ‘rechazo de la centralización’ significa inmediatamente el rechazo de la unidad de la organización y en última instancia, en la práctica, el rechazo de la organización pura y simple, por lo menos menos en la medida en que se trata de una organización de acción.” La unidad aumenta la eficacia de la acción, concentrando en un mismo objetivo todos los esfuerzos colectivos que, de otro modo, estarían individualizados y fragmentados. Defender, como hace Lefort, una “organización flexible” que “rechaza la centralización”, significa también negar la democracia obrera: esto es, la posibilidad de que los trabajadores se reunan para “el intercambio de argumentos” buscando “arribar a decisiones mejor fundamentadas” que les permitan “actuar en conjunto”. Ese es, para Castoriadis, el fundamento del principio de mayoría en la democracia directa y en la democracia de los consejos.[x]

Cincuenta años después

¿En donde reside la actualidad de este debate, cincuenta años después? Y en particular, ¿cuál es su actualidad para nosotros, sudamericanos, que vivimos el Que se vayan todos argentino y el colapso del Partido de los Trabajadores (PT) en el Brasil? Esos dos procesos históricos que marcaron la historia reciente de nuestro continente evidenciaron, por caminos distintos, el fracaso de la idea clásica de partido. No solamente pusieron en jaque el modelo del partido que aspira a conquistar el poder estatal; en un nivel más profundo, ha sido puesta en cuestión la propia idea de una organización partidaria llamada a ser la expresión política de un movimiento social que librado a su propia espontaneidad no habría de ir más allá de demandas asistencialistas y reformistas.

Cuando la población de Buenos Aires adoptó el  Que se vayan todos como slogan político tras las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, los partidos políticos de izquierda ―que ayudaron a difundirlo― supusieron que el “todos” se refería a los partidos políticos “burgueses”. Grande fue su sorpresa cuando advirtieron, en varias de las primeras manifestaciones y cacerolazos, que ninguna bandera partidaria ―aún de izquierda o de extrema izquierda―  era tolerada. Los militantes de la izquierda partidaria interpretaron la actitud ampliamente difundida de rechazo de todos los partidos como una generalización equivocada y despolitizada que no diferenciaba el papel de los partidos políticos burgueses de los partidos revolucionarios. Pero, en verdad, ese rechazo era alimentado por una posición plenamente política, surgida de la propia experiencia práctica: la de que los partidos eran esencialmente aprovechadores y manipuladores de la espontaneidad popular. Así, no por casualidad, en paralelo al colapso del sistema político argentino, surgieron asambleas autónomas reivindicando el poder popular. Esas asambleas populares ―las asambleas de barrios de clase media tanto como las asambleas piqueteras de la periferia― retomaban inconciente e inadvertidamente la forma clásica del consejo, una forma que, como Hannah Arendt no cesó de repetir en toda su vida, es una constante recurrencia en la historia política de nuestro tiempo.

En Brasil, el doble fracaso del PT ―fracaso ético ante los escándalos de corrupción, fracaso propiamente político en la puesta en práctica de políticas mayoritariamente liberales― reenvía también al problema de la forma partido. Todo indica que la corrupción estructural en el gobierno petista de Lula está ligada a una concepción leninista y partidaria de la política que justificaba la compra de votos de políticos ligados a las viejas oligarquías con fondos públicos. La implementación de un proyecto político de clase (evidentemente desvirtuado por la coyuntura desfavorable) legitimaría las prácticas espurias de corrupción de los representantes de las clases dominantes en el parlamento, así como la manipulación y el sabotaje de los partidos leninistas en la disputa por los sindicatos era justificada por el carácter bélico de la lucha de clases.

Y también desde el punto de vista político reaparece la cuestión de los partidos. Las políticas liberales del gobierno brasilero son unánimamente justificadas por la desfavorable correlación de fuerzas en la sociedad. Pero,  ¿es que acaso esa falta de fuerza de los movimientos sociales está desvinculada de la emergencia del PT? La historia del PT, que es la historia de su transformación   desde una especie de federación de movimientos sociales a un partido fundamentalmente institucional, implicó la gradual y continua conversión de los militantes de los movimentos en burócratas de parlamento y de sindicatos. Con ello, el movimento social brasileiro se expandió y se institucionalizó con enorme rapidez, perdiendo al mismo tiempo su vitalidad y transformándose en una suerte de esqueleto sin carne. Nuestros movimientos tienen ahora sedes, funcionarios y recursos, pero no tienen militantes. ¿Qué hubiera ocurrido si el PT hubiese seguido otro camino? Hagamos un pequeño ejercicio de especulación comparativa: ¿habría el movimento social boliviano conseguido imponer el impuesto a la explotación del gas si Evo Morales hubiese sido electo presidente y forzado a adoptar políticas “responsables”?

Respecto a la Argentina y el Brasil no sabemos si el colapso momentáneo de nuestros sistemas políticos tendrá efectos duraderos, o si solamente servirá de prólogo a una variedad más o menos tradicional de populismo. En todo caso, ¿qué papel nos cabe a nosotros, los militantes que defendemos la perspectiva de um proyeto político autónomo? ¿Debemos contribuir a la asimilación de la lección política del  Que se vayan todos y del fracaso del PT por medio de la difusión de informaciones y de la facilitación de los contactos entre los movimientos? ¿O debemos tomar un rol político más activo, disputando la orientación de los movimientos con las corrientes políticas reformistas y autoritarias? Es éste un problema político que heredamos de ciclos de lucha anteriores, y que aún constituye para nosotros un enigma histórico a ser resuelto.

 

[Traducido por Martín Bergel de la versión original en portugués]

 

 

 

 

CORRESPONDENCIA PANNEKOEK-CASTORIADIS

 

1) Carta de Pannekoek a Castoriadis, 8 de noviembre de 1953.

Le agradezco por la serie de 11 números de Socialisme ou Barbarie que usted me envió a través del camarada B…. Los he leído (aunque no finalizado), con un gran interés, a causa de la concordancia de miradas que revela que existe entre nosotros. Usted habrá tenido la misma constatación con la lectura de mi libro Los Consejos Obreros. Durante años, me pareció que el número de socialistas que desarrollaban estas ideas no había aumentado. El libro fue ignorado y silenciado por la totalidad de la prensa socialista (salvo, recientemente por el Socialist Leader, del ILP). Por ello me puso feliz conocer a un grupo que llegó a estas mismas ideas por una vía independiente. La dominación completa de los trabajadores  sobre el propio trabajo, que ustedes expresan diciendo “Los productores organizan ellos mismos la gestión de la producción”, yo la describí en los capítulos sobre “La organización de los talleres”y “La organización social”. Aquellos organismos que los obreros tienen necesidad para deliberar, formar asambleas de delegados, y que ustedes llaman “organismos soviéticos”, son los mismos que nosotros llamamos “Consejos Obreros”, “Arbeiterräte”, “Workers´ Councils”.

Por supuesto que hay diferencia. Yo las abordaré, considerando esto como un ensayo de contribución  a la discusión en vuestra revista. Mientras que ustedes restringen la actividad de esos organismos a la organización del trabajo en las fábricas, después de la toma del poder social por los trabajadores, nosotros los consideramos como siendo los organismos a través de los cuales los obreros conquistarán el poder. Para conquistar el poder nosotros no  tenemos  nada que hacer con un “Partido revolucionario”, que tomara la dirección de la revolución proletaria. Ese “partido revolucionario” es un concepto trotskista que encuentra adhesión (desde 1930), entre numerosos ex partidarios del PC, decepcionados por la práctica de este último. Nuestra oposición y crítica se remonta a los primeros años de la Revolución Rusa y estaban dirigidas contra Lenin, suscitadas por su giro hacia el oportunismo político. Así, nosotros nos quedamos fuera de la vía del trotskismo; nunca estuvimos bajo su influencia. Nosotros consideramos a Trotsky como el portavoz más hábil del bolchevismo, que debía haber sido el sucesor de Lenín. Pero después de haber reconocido en Rusia un capitalismo de Estado naciente, nuestra atención se orientó  principalmente hacia el mundo europeo del gran capital, ahí donde los trabajadores debían transformar el capitalismo más altamente desarrollado en un comunismo real (en el sentido literal del término). Trotsky, por su fervor disidente, cautivó a los disidentes del stalinismo que habían sido arrojados del PC e, inoculándoles el virus del bolchevismo, tornándolos así incapaces de comprender las nuevas grandes tareas de la revolución  proletaria.

Dado que la revolución rusa y sus ideas tienen todavía una gran influencia sobre los espíritus, resulta necesario penetrar más profundamente en su carácter fundamental. Se trató, en una palabra, de la última revolución burguesa, pero que fue la obra de la clase obrera. Revolución burguesa significa  una revolución que destruye el feudalismo y abre la vía a la industrialización, con todas las consecuencias que ello implica. La Revolución Rusa está entonces en la línea de la Revolución Inglesa de 1647 y de la Revolución Francesa de 1789 con su continuación en 1830, 1848 y 1871. En el curso de estas revoluciones, los artesanos, los campesinos y los obreros aportaron el poder masivo necesario para destruir el antiguo régimen. De inmediato, los comités y los partidos representantes de las capas ricas que constituían la futura clase dominante, ascendieron a un primer plano y se apropiaron del poder gubernamental. Era la salida natural, pues la clase obrera todavía no estaba madura para autogobernarse; la nueva sociedad era así una sociedad de clases donde los trabajadores eran explotados; y la clase dominante tenía necesidad de un gobierno compuesto de una minoría de funcionarios y de hombres políticos. La revolución rusa, que remite a una época más reciente, pareció ser una revolución proletaria; pues los obreros fueron los autores a través de las huelgas y las acciones de masa. Enseguida, sin embargo, el partido bolchevique logró tomar las riendas del poder (la clase trabajadora era una pequeña minoría en la población campesina).

Así, el carácter burgués (en el sentido amplio) de la revolución rusa devino dominante y tomó la forma de un capitalismo de Estado. Desde allí, en lo que concierne a su influencia ideológica y espiritual en el mundo, la revolución rusa se convirtió en el opuesto exacto de la revolución proletaria que debe liberar  los obreros y hacerlos dueños del aparato productivo.

Para nosotros, la tradición gloriosa de la revolución rusa consiste en que, en sus primeras explosiones de 1905 y en 1917, fue la primera en desarrollar y mostrar a los trabajadores del mundo entero, la forma organizacional revolucionaria autónoma, los soviets. De esta experiencia, confirmada más tarde, en pequeña escala, en Alemania, nosotros extrajimos nuestra idea sobre la acción de masas que es propia de la clase obrera y que ésta deberá aplicar para su propia liberación.

Exactamente en lo opuesto vemos las tradiciones, las ideas y los métodos surgidos de la revolución rusa, cuando el PC se apoderó del poder. Estas ideas, que  sirven únicamente de obstáculo a una acción proletaria correcta, constituyen la esencia y la base de la propaganda de Trotski.

Nuestra conclusión es que las formas de organización de poder autónomo, expresadas en los soviéts o Consejos Obreros deben servir tanto para la conquista del poder como en la dirección del trabajo productivo después de la conquista. Primero, porque el poder de los trabajadores sobre la sociedad no puede ser obtenido de otra manera, por ejemplo, por medio de aquello que se llama partido revolucionario. Segundo, porque los soviets, que serán luego necesarios para la producción, no pueden formarse sino en la lucha de clases por la conquista del poder.

Me parece que en este concepto el “nudo de la contradicción” del problema de la “dirección revolucionaria” desaparece. Pues la fuente de contradicciones es la imposibilidad de armonizar el poder y la libertad de una clase gobernando su propio destino, con la exigencia de que ella obedeciese a una dirección formada por un pequeño grupo o partido. Pero ¿podemos nosotros mantener tal exigencia? Esta contradice claramente la idea más citada de Marx, a saber, que la liberación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores. Aún más, la revolución proletaria no puede ser comparada con una rebelión única o una campaña militar dirigida por un comando central, ni siquiera en un período de luchas semejante como el de la gran Revolución Francesa que no fue sino un episodio en el ascenso de la Burguesía al poder. La revolución proletaria es mucho más vasta y profunda; ella es el ascenso de las masas del pueblo a la conciencia de su existencia y de su carácter. Ella no será una convulsión única; ella será el contenido completo de un período en la historia de la humanidad, en la cual la clase obrera descubrirá y realizará sus propias facultades y potencial, así como sus propios objetivos y métodos de lucha. Yo me ocupé de elaborar algunos aspectos de esta revolución en mi libro Los Consejos Obreros, en el capítulo titulado “la revolución obrera”. Claro está, esto no nos provee sino de un esquema abstracto, que se puede utilizar para poner adelante las diversas fuerzas en acción y sus relaciones.

Ahora bien, puede que usted pregunte: pero entonces, en el marco de esta orientación, ¿para qué sirve un partido o un grupo, y cuáles son sus tareas? Podemos estar seguros de que nuestro grupo no llegará a comandar las masas laboriosas en su acción revolucionaria; al costado nuestro hay una media docena  y otros más grupos y partidos que se llaman revolucionarios, pero que difieren en sus programas y sus ideas; y comparados con el gran partido socialista, no son sino liliputienses. En el marco de la discusión desarrollada en el número 10 de vuestra revista, fue dicho que nuestra tarea es, y con razón, principalmente teórica: encontrar e indicar, mediante el estudio y la discusión, el mejor camino de acción para la clase obrera. Sin embargo, la educación basada en ello no debe estar dirigida solamente a los miembros del partido o grupo, sino a las masas o la clase obrera. Son ellos los que tienen que decidir en sus reuniones de fábrica y de consejos, la mejor manera de actuar. Pero, para que ellos decidan de la mejor manera posible, tienen que ser esclarecidos por opiniones bien consideradas, y provenientes de la mayor cantidad de sectores posibles. En consecuencia, este grupo que proclama que la acción autónoma de la clase obrera es la fuerza principal de la revolución socialista considerará que su tarea principal es ir a hablar a los obreros: por ejemplo a través de volantes populares que esclarezcan sus ideas, explicando los cambios importantes de la sociedad y la necesidad de una dirección de los obreros por ellos mismos en todas sus acciones tanto como en el trabajo productivo futuro.

Usted tiene aquí algunas de las reflexiones que me suscitó la lectura de las discusiones altamente interesantes publicadas en su revista. En más, debo decir cuan satisfecho estoy…

 

2) Pimera respuesta de Pierre Chailieu (Castoriadis) a Pannekoek (sin fecha).

 

Su carta produjo una gran satisfacción en el grupo de camaradas; satisfacción por el hecho de que nuestro trabajo sea apreciado por un camarada tan considerado como usted, que consagró toda su vida al proletariado y al socialismo; satisfacción de tener un acuerdo profundo sobre ciertos puntos fundamentales; satisfacción de poder discutir con usted y enriquecer así nuestra revista con este debate.

Antes de discurrir sobre los dos puntos centrales de su carta (naturaleza de la revolución rusa, concepción y rol del partido), quisiera señalar los puntos sobre los cuales se basa nuestro acuerdo: autonomía de la clase obrera, a la vez como medio y como fin de su acción histórica; poder total del proletariado sobre el plano económico y político como único contenido concreto del socialismo. En este sentido, quisiera disipar un malentendido. No es correcto que nosotros restringimos “la actividad de esos organismos (soviéticos) a la organización del trabajo en las fábricas, después de la toma del poder…”. Nosotros pensamos que la actividad de los organismos soviéticos (o Consejos Obreros) después de la toma del poder se extenderá a la organización total de la vida social; es decir, que mientras sea necesario que haya un organismo de poder, su rol será cumplido por los Consejos Obreros. Tampoco es correcto que estemos pensando en algún rol para los Consejos Obreros solamente para el momento siguiente a la “toma del poder”. Al mismo tiempo, la experiencia histórica y la reflexión muestran que los Consejos no serían organismos que expresen verdaderamente la clase trabajadora si éstos fueran creados, por decirlo de alguna manera, por decreto el día después de una revolución victoriosa. Ellos no serán algo sino en la medida en que sean creados espontáneamente por un movimiento de la clase, esto es, antes de la “toma del poder”; y si es así, es evidente que tendrán un rol primordial durante todo el período revolucionario, cuyo comienzo preciso está marcado (como decía yo en mi texto sobre el partido, en el número 10 de la revista) por la constitución de los organismos autónomos de masa.

Pero donde hay, en efecto, una diferencia de opinión entre nosotros, es sobre la cuestión de saber si durante el período revolucionario esos Consejos son el único organismo que juega un rol efectivo en la dirección de la revolución y, en menor medida, cuál es el rol y la tarea de los revolucionarios de aquí hasta allá. Es decir, “la cuestión del partido”.

Usted dice que para conquistar el poder, no necesitamos de un partido revolucionario que tome la dirección de la revolución proletaria. Y más lejos, después de recordar a justo título que hay, al lado nuestro, una media docena de partidos que se reivindican representantes de la clase obrera, usted agrega: “Para que ellas (las masas en sus Consejos) decidan de la mejor manera posible, deben ser esclarecidas por opiniones bien  consideradas y procedentes de la mayor cantidad de sectores posibles”. Me temo que esta visión de las cosas no se corresponde en nada a los rasgos  más ciegos y  más profundos de la situación actual, así como a los rasgos más previsibles de la clase obrera. Pues los otros grupos y partidos de los cuáles usted habla no representan simplemente opiniones diferentes sobre la mejor manera de hacer la revolución, y por ello mismo la sesiones del Consejo no serán calmas reuniones de reflexión donde, despues de la opinión de diversos consejeros (los diversos grupos y partidos), la clase obrera se decidirá a seguir tal o cual vía. A partir de la constitución de los organismos de la clase obrera, la lucha de clases será trasladada al seno de los organismos; ella será trasladada por la mayor parte de los representantes de los diversos “grupos y partidos” que reivindican la clase obrera; pero que en la mayor parte de los casos representan intereses e ideologías hostiles al proletariado, como los reformistas y los stalinistas. Y  aún si no se encuentran bajo esta forma actual, éstos se encontrarán bajo otra forma; estemos seguros de ello. De manera verosímil, ellos tendrán desde el comienzo una posición predominante. Y toda la experiencia de los últimos veinte años ―la guerra de España, la Ocupación, incluidas las experiencias de reuniones sindicales más pequeñas de la actualidad― nos enseña que los militantes que tienen nuestra opinión tendrán que conquistar por la lucha incluso el derecho a la palabra en el seno de esos organismos.

La intensificación de la lucha de clases durante el período revolucionario tomará inevitablemente la forma de la intensificación de la lucha de las diversas fracciones en el seno de los organismos de masas. En estas condiciones, decir que una organización revolucionaria de vanguardia se limitará a “instruir mediante opiniones bien consideradas” a los consejos es, creo, lo que en inglés se llama un “understatement”. Desde luego, si resulta que los Consejos del período revolucionario son asambleas de sabios en las que nadie turba la tranquilidad necesaria para una reflexión bien sopesada, seríamos los primeros en felicitarnos por ello; estamos seguros, en efecto, que nuestro parecer prevalecería si las cosas sucediesen de ese modo. Pero sólo en este caso podría el “partido o grupo” limitarse a las tareas que usted le asigna. Y este caso es con mucho el más improbable. La clase obrera que formará estos consejos no será una clase diferente de la que existe en la actualidad; habrá dado un enorme paso hacia delante, pero, tomando una expresión célebre, todavía llevará los estigmas de la situación de la que procede. Todavía estará dominada en su superficie por influencias profundamente hostiles, a las que en un principio sólo se opondrán su voluntad revolucionaria todavía confusa y una vanguardia todavía minoritaria. Esta, con todos los medios compatibles con nuestra idea fundamental de la autonomía de la clase obrera, tendrá que aumentar y profundizar su influencia en los consejos, y ganar para su programa a la mayoría. Incluso quizás tenga que actuar antes. ¿Qué tendrá que hacer si, representando a un 45% de los consejos, llega a su conocimiento que un partido neostalinista cualquiera se prepara para tomar el poder al día siguiente? ¿No tendrá que intentar apoderarse de él inmediatamente?

No creo que usted esté en desacuerdo con todo esto; creo que a lo que usted apunta sobre todo en sus críticas es a la idea del partido como “dirección revolucionaria”. Sin embargo, he intentado explicar que el partido no podía ser la dirección de la clase, ni antes, ni después de la revolución: ni antes, porque la clase no le sigue y porque todo lo más sólo podría dirigir a una minoría (y aun así, “dirigirla” en un sentido muy relativo: influenciarla mediante sus ideas y su acción ejemplar); ni después, ya que el poder proletario no puede ser el poder del partido, sino el poder de la clase en sus organismos autónomos de masas. El único momento en que el partido puede acercarse a un papel de dirección efectiva, de cuerpo que intenta imponer su voluntad incluso por la violencia, puede ser en una cierta fase del período revolucionario que precede inmediatamente al desenlace de éste; algunas decisiones prácticas importantes pueden tener que ser tomadas en otro lugar distinto a los consejos si los representantes de organizaciones de hecho contrarrevolucionarias participan en ellos, y el partido puede comprometerse bajo la presión de las circunstancias en una acción decisiva incluso si no es seguido en los votos por la mayoría de la clase. El hecho de que actuando de ese modo el partido no actúe como un cuerpo burocrático cuyo objetivo es imponer su voluntad a la clase, sino como la expresión histórica de la propia clase, depende de una serie de factores, sobre los que ya se puede discutir ahora en abstracto, pero cuya apreciación concreta sólo podrá manifestarse en aquel momento; qué proporción de la clase está de acuerdo con el programa del partido, en qué estado ideológico está el resto de la clase, cómo se desarrolla la lucha contra las tendencias contrarrevolucionarias en el seno de los consejos, qué perspectivas ulteriores hay, etc. Establecer desde ahora una serie de reglas de conducta para los diversos casos posibles sería sin duda pueril; podemos estar seguros de que los únicos casos que se presentarán serán los casos no previstos.

Hay camaradas que dicen: trazar esa perspectiva es dejar el camino abierto a una posible degeneración del partido en el sentido burocrático. La respuesta es: no trazarla significa aceptar desde ahora la derrota de la revolución o la degeneración burocrática de los consejos, y ello ya no como una posibilidad, sino como una certidumbre. En resumidas cuentas, negarse a actuar por miedo a transformarse en burócrata me parece tan absurdo como renunciar a pensar por miedo a equivocarse. Del mismo modo que la única “garantía” contra el error consiste en el ejercicio del propio pensamiento, la única “garantía” contra la burocratización consiste en una acción permanente en un sentido antiburocrático, luchando contra la burocracia y demostrando en la práctica que es posible una organización no burocrática de la vanguardia, y que a su vez puede organizar relaciones no burocráticas con la clase. Pues la burocracia no nace de concepciones teóricas falsas, sino de las propias necesidades de la acción obrera en una cierta etapa de ésta, y es en la acción donde el proletariado debe demostrar que puede prescindir de la burocracia. En resumidas cuentas, permanecer sobre todo preocupado por el miedo a la burocratización  es olvidar que en las condiciones actuales una organización sólo podrá conseguir una influencia notable en las masas si es capaz de expresar y realizar sus aspiraciones antiburocráticas; es olvidar que un grupo de vanguardia sólo podrá lograr una verdadera existencia si se modela perpetuamente sobre estas aspiraciones de las masas; es olvidar que ya no hay espacio libre que pudiera ocupar una nueva organización burocrática. Y esto es lo que explica en última instancia el permanente fracaso de los intentos trotskistas por crear de nuevo pura y simplemente una organización “bolchevique”.

Añadiré para concluir lo dicho sobre el asunto que tampoco creo que se pueda decir que en el período actual (y de ahora a la revolución) la tarea de un grupo de vanguardia sea una tarea “teórica”. Creo que esa tarea también es ―es sobre todo― de lucha y organización. Pues la lucha de clases es permanente, a través de sus alzas y sus bajas, y la maduración ideológica de la clase obrera se realiza a través de esa lucha. Ahora bien, el proletariado actualmente está dominado por las organizaciones (sindicatos y partidos) burocráticas, con lo cual las luchas se vuelven imposibles, son desviadas de su objetivo de clase o conducidas a la derrota. Una organización de vanguardia no puede asistir indiferente a ese espectáculo, ni limitarse a aparecer como el búho de Minerva al anochecer, que deja caer de su pico octavillas que explican a los obreros la razón de su derrota. Ha de ser capaz de intervenir en esas luchas, combatir la influencia de las organizaciones burocráticas, proponer a los obreros modos de acción y de organización: e incluso a veces ha de ser capaz de imponerlos. En ciertos casos, quince obreros resueltos de la vanguardia pueden poner en huelga una fábrica de cinco mil, si están dispuestos a arrollar a algunos burócratas estalinistas, lo cual ni es teórico, y ni siquiera democrático, ya que esos burócratas siempre han sido elegidos por los propios obreros con una mayoría de votos bastante confortable.

Ante de terminar esta respuesta querría añadir dos palabras sobre nuestra segunda divergencia, que a simple vista sólo tiene un carácter teórico: la relativa a la naturaleza de la revolución rusa. Creo que caracterizar a la revolución rusa como una revolución burguesa es violentar los hechos, las ideas y el lenguaje. Que en la revolución rusa hubo varios elementos de una revolución burguesa ―en particular, la “realización de las tareas burguesas democráticas”― es algo que siempre ha sido reconocido e, incluso antes de la propia revolución, Lenin y Trotsky los utilizaron como base de su estrategia y de su táctica. Pero en aquella etapa precisa del desarrollo histórico y con la configuración de las fuerzas sociales en Rusia, esas tareas sólo podía abordarlas la clase obrera que, al hacerlo, no tendría más remedio que plantearse al mismo tiempo tareas esencialmente socialistas.

Usted dice: la participación de los obreros no basta para definir el movimiento. Por supuesto, desde el momento que un combate se convierte en un combate de masas, los obreros están presentes, ya que son las masas. Sin embargo, el criterio no es ése; se trata de saber si los obreros se encuentran allí como la pura y simple infantería de la burguesía o si combaten por sus propios objetivos. En una revolución en la que los obreros luchan por la “Libertad, Igualdad y Fraternidad” ―y cualquiera que sea el significado que subjetivamente dan a esas consignas―, son la infantería de la burguesía. Cuando luchan por “Todo el poder a los soviets”, luchan por el socialismo. La revolución rusa fue una revolución proletaria porque el proletariado intervino en ella como fuerza dominante con su propia bandera, a cara descubierta, con sus reivindicaciones, sus medios de lucha, sus propias formas de organización: no sólo constituyó organismos de masas que tendían a apropiarse de todo el poder, sino que incluso llegó a la expropiación de los capitalistas y empezó a realizar la gestión obrera de las fábricas. Todo esto convierte a la revolución rusa en una revolución proletaria, cualquiera que haya podido ser su suerte posterior, del mismo modo que ni sus debilidades, ni su confusión, ni su derrota final, impiden que la Comuna de París haya sido una revolución proletaria.

Esta divergencia puede parecer a simple vista teórica; sin embargo, creo que tiene una importancia práctica en la medida que manifiesta una diferencia de metodología con respecto a un problema actual por excelencia: el problema de la burocracia. El hecho de que la degeneración de la revolución rusa no haya dado lugar a una restauración de la burguesía, sino a la formación de una nueva capa explotadora, la burocracia; que el régimen que dirige esta capa, a pesar de su profunda similitud con el capitalismo (en tanto que dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo), difiera de él en una gran cantidad de aspectos que no se pueden desdeñar so pena de condenarse a no comprenderlo; que esa misma capa, desde 1945, esté extendiendo su dominación en el mundo; que en los países de Europa occidental esté representada por partidos profundamente arraigados en la clase obrera, todo esto nos obliga a pensar que limitarse a decir que la revolución rusa fue una revolución burguesa equivale a cerrar los ojos voluntariamente ante las características más importantes de la situación mundial hoy día.

Confío en que esta discusión proseguirá y se profundizará, y creo inútil repetirle que acogeremos con profundo placer en Socialismo o Barbarie todo lo que tenga a bien enviarnos.

Fraternalmente

 

 

3) Segunda carta de Pannekoak a Castoriadis, 15 de junio de 1954.

 

He podido constatar con gran placer que usted ha publicado en la revista Socialisme ou Barbarie una traducción de mi carta, con notas críticas, a fin de hacer participar a vuestros lectores en esta discusión sobre cuestiones fundamentales. Ya que usted expresó el deseo de seguir la discusión, le envío algunas observaciones a su respuesta. Naturalmente, hay divergencias de opinión que pueden aparecer en la discusión con mayor claridad. Tales divergencias son el resultado de una apreciación diferente de aquello que se consideran como los puntos más importantes; lo cual a su vez está relacionado con nuestras experiencias prácticas o con el medio en el cual uno se halla. En mi caso, fue el estudio de las huelgas políticas en Bélgica (1893), Rusia (1905 y 1917), en Alemania (1917 y 1919); estudios a partir de los cuales traté de llegar a una comprensión clara del carácter fundamental de estas acciones. En su caso, su grupo vive y trabaja en medio de la agitación de clase de los obreros de una gran ciudad industrial. En consecuencia, su atención está concentrada en problemas prácticos: ¿cómo podrían desarrollarse métodos de lucha eficaces, más allá de la lucha ineficaz de los partidos y de las huelgas potenciales de hoy?

Naturalmente, no pretendo que las acciones revolucionarias de la clase obrera se desarrollen en una atmosféra de discusión tranquila. Lo que pretendo es que el resultado de la lucha, por lo general violenta, no sea determinado por circunstancias accidentales, sino por aquello que vive en el pensamiento los obreros, como la base de una conciencia social adquirida por la experiencia, el estudio o las discusiones. Si el personal de una fábrica debe decidir hacer huelga o no, la decisión no debe ser tomada a golpes de puño en la mesa, sino normalmente mediante la discusión.

Usted plantea el problema de manera completamente práctica: ¿que haría el partido si tuviera detrás suyo el 45% de los miembros del consejo y si esperara que otro partido (neoestalinista que trataría de alcanzar el poder) tratara de alcanzar el poder por la fuerza? Su respuesta es: habría que adelantarse haciendo aquello que nosotros tememos que ellos hagan. ¿Cuál sería el resultado definitivo de esa acción? Mire lo que pasó en Rusia. Allá existía un partido con buenas intenciones revolucionarias, influenciado por el marxismo, y asegurado, además, por el apoyo de los consejos ya formados por los obreros. Sin embargo, éste fue obligado a tomar el poder y el resultado fue el stalinismo totalitario (si yo digo “fue obligado” es porque las circunstancias no estaban suficientemente maduras para una revolución proletaria). En el mundo occidental donde el capitalismo está más desarrollado, las circunstancias están ciertamente más maduras; teniendo en cuenta que la medida vendría a ser el desarrollo de la lucha de clases. Tengo que hacerle entonces una pregunta: la lucha del partido que usted propone, ¿salvaría la revolución proletaria? En realidad me parece que sería un nuevo paso hacia una nueva opresión.

Cieramente, siempre habrá dificultades. Si la situación francesa o mundial exigiera una lucha en masa de los obreros, los partidos comunistas intentarían rápidamente transformar su acción en una demostración pro-rusa en el marco del partido. Es necesario llevar a cabo una lucha enérgica contra esos partidos. Pero no podemos vencerlos copiando sus métodos. Esto no es posible sino practicando métodos propios. La verdadera forma de acción de la clase en lucha es la fuerza de los argumentos, basada sobre el principio fundamental de la autonomía de las decisiones. Los obreros no podrán prevenir una opresión proveniente del partido comunista sino es a través del desarrollo y el fortalecimiento de su propia poder de clase. Ello no quiere decir otra cosa que la voluntad unánime de tomar los medios de producción bajo su control y gestionarlos.

La condición principal para la conquista de la libertad de la clase obrera es que la concepción del autogobierno y de la autogestión del aparato productivo esté arraigado en la conciencia de las masas. Esto concuerda, en cierta manera, con la visión de Jaurés sobre la Constituyente en su Historia socialista de la revolución francesa. Esta asamblea, muy nueva, que discutía los proyectos políticos, supo, apenas reunida, desmantelar todas las maniobras de la Corte. ¿Por qué? Porque ella era portadora de algunas grandes ideas abstractas, maduradas largamente y con seriedad, que le daban una visión clara de la situación.

Claro que los dos casos no son idénticos. Aquí, en lugar de las grandes ideas de la Revolución Francesa, se trata de las grandes ideas sociales de los obreros, es decir, la gestión de la producción a través de la cooperación organizada. En lugar de 500 diputados seguros de sus ideas abstractas adquiridas mediante el estudio, los trabajadores serán millones guiados por la experiencia de toda una vida de explotación en un trabajo productivo. He aquí porque yo veo las cosas de la manera siguiente: la tarea más noble y más útil de un partido revolucionario es, mediante la acción y la propaganda en miles de diarios, volantes, etc., enriquecer el conocimiento de las masas hacia una conciencia cada vez más clara y más vasta.

Ahora digamos algunas palabras sobre el carácter de la revolución rusa. La traducción inglesa “middle classe revolution”, por la de “revolución burguesa” no expresa exactamente su significación. Cuando en Inglaterra las susodichas clases medias tomaron el poder, ellas estaban compuestas en parte por pequeños capitalistas u hombres de negocios, propietarios del aparato industrial de producción. La lucha de masas era necesaria para expulsar a la aristocracia del poder, pero pese a ello, esta masa no era todavía capaz de tomar los medios de producción. Pues los obreros no pueden alcanzar la capacidad espiritual, moral y organizativa para hacerlo, sino a través de la lucha de clases en un capitalismo bastante desarrollado. En Rusia no existía una burguesía de cierta importancia; la consecuencia de ello fue que de la vanguardia de la revolución surgiría una nueva clase media como clase dirigente del trabajo productivo, que gestionaría el aparato productivo, no como un conjunto de propietarios individuales que poseen cada uno su parte de ese aparato de producción, sino como propietarios colectivos del aparato de producción en su totalidad.

En general, nosotros podemos decir: si las masas trabajadoras (puesto que ellas son el producto de las condiciones precapitalistas) no son todavía capaces de tomar la producción en sus propias manos, inevitablemente esto tendrá como resultado una nueva clase dirigente que se convertirá en dueña de la producción. Es esta concordancia la que me conducía a afirmar  que la revolución rusa (en su carácter esencial y permanente) era una revolución burguesa. Claro que el poder del proletariado era necesario para destruir el poder del antiguo sistema (y eso fue una lección para los trabajadores del mundo entero). Pero una revolución social no puede obtener más de lo que le corresponde de acuerdo al carácter de las clases revolucionarias. Y si era necesario la mayor radicalidad para vencer todas las resistencias, más tarde sería necesario dar marcha atrás.

Esto parece ser una regla general de todas las revoluciones hasta nuestros días: hasta 1793,  momento en el cual la revolución francesa se hizo cada vez más radical; momento en el cual los campesinos se transformaron definitivamente en propietarios de sus propias tierras, y los ejercitos extranjeros fueron rechazados; en ese momento los jacobinos fueron masacrados y el capitalismo hizo su entrada como nuevo amo. Cuando las cosas se miran de esta manera, se constata que el curso de la revolución rusa fue el mismo que el de las revoluciones precedentes que tomaron el poder; en Inglaterra, Francia, Alemania. La revolución rusa no fue una revolución prolteraria prematura. La revolución proletaria pertenece al futuro.

Espero que esta explicación, aunque no contenga argumentos nuevos, pueda ayudar a a clarificar algunas divergencias de nuestros puntos de vista.

 

4) Segunda respuesta de Chalieu (Castoriadis), 22 de agosto de 1954.

Discúlpeme por contestarle con un cierto retraso a su carta del 15 de junio. No estaba en París y no quise responder sin haber conversado antes con los camaradas del grupo. Entre tanto, recibí la otra carta del 10 de agosto, con el argumento de la “ética marxista”, que habíamos discutido.[xi]

Con respecto a su carta del 15 de junio, hemos decidido de manera unánime publicarla en el próximo número (18) de Socialismo o Barbarie. Ella podrá ayudar a los lectores a comprender su punto de vista, tanto en lo que respecta a la cuestión del partido como aquella sobre el carácter de la Revolución Rusa. Con respecto a mí, no creo que tenga nada importante que agregar a lo dicho en el número 14. Solamente quisiera observar que yo nunca pensé que “podríamos vencer al PC copiando sus métodos” y que yo siempre dije que la clase obrera (o su vanguardia) necesita un modo de organización nuevo, que corresponde a la necesidad de luchar contra la burocracia; no solamente la burocracia exterior y realizada (la del PC), sino también a la burocracia interior potencial. Yo dije: la clase obrera necesita una organización antes de los Consejos. Usted me responde: “no necesita una organización de tipo staliniana”. Estamos de acuerdo, pero esta tesis exige que usted muestre que la organización staliniana es la única realizable. Pienso que en ese terreno de la discusión no se puede avanzar mucho. Tengo la intención de retomar el problema a partir del texto “Intelectuales y Obreros”, publicado en el número 14 de Socialismo o Barbarie y espero publicar un artículo sobre eso en el número 16. Supongo que en ese momento podremos retomar la discusión de una manera fecunda.

Respecto de su artículo contra Rubel, nosotros pensamos que era muy difícil publicar una crítica de un libro que todavía no fue publicado.[xii] La tesis de Rubel está dactilografiada. Los lectores y nosotros mismos no la conocemos sino a través de  la reseña hecha en Le Monde por Jean Lecroix, quien, si no me equivoco, debe haber asistido a la defensa de tesis y que verdaderamente no la debe haber leído. En todo caso, me parece difícil hacer una crítica a partir de la reseña aparecida en un diario. Es cierto que Rubel ya había expuesto esta concepción, la que, como usted dice, no es novedosa, en su introducción “Pages choisies de Marx”; pero ya que él se toma el trabajo de escribir un libro sobre el tema, la gente pensará que nosotros deberíamos esperar  y ver el desarrollo de sus posiciones y la argumentación que la acompaña. Pues, por el momento, estamos a punto de discutir sobre un vocablo. Le pedimos entonces esperar a la publicación del libro de Rubel: le enviaremos un ejemplar apenas sea publicado, y tal vez usted constate que no sea necesario cambiar una sola palabra de su artículo, pero nosotros habremos cumplido con las reglas de la corrección literaria.

P.D. Fue sin duda un malentendido que usted haya creido que se deslizó un error en la traducción de su carta. La expresión (pág.40, línea 13, número 14), “nosotros no tenemos nada que hacer con un Partido Revolucionario”, es un galicismo que significa “nosotros no necesitamos, a nosotros no nos sirve un Partido Revolucionario”. Es una traducción próxima de vuestro inglés “we have no use for”.

5) Respuesta de Pannekoek a Chalieu (Castoriadis), 3 de septiembre de 1954.

 

Gracias por su carta del 22 de agosto. Permítame usted invertir el orden de los temas y tratar antes el artículo contra Rubel. Hace tiempo que leí Pages Choisies, pero sin prestarle mucha atención, aun si en la correspondencia que mantuvimos [con Rubel], él introdujo muchas afirmaciones éticas y pese a que yo traté de hacerle comprender lo que el marxismo quería decir. Sin embargo, leyendo hoy el artículo de Le Monde, percibo que el sujeto tenía mucha más importancia: mientras el doctor Rubel, precedido de su reputación de “márxologo” defendía triunfalmente su tesis en la Sorbona, yo retomé y estudié los viejos textos de Marx y encontré una reconfirmación de mis aserciones mucho más fuerte de lo que yo esperaba. De golpe, volqué todo eso en el papel y suponiendo que tales tesis, tan especializadas, dan lugar a una publicación, adjunté un extracto del artículo del diario. Pero yo estoy de acuerdo con que todo eso es insuficiente como base para una crítica. Por ello, voy a preguntar a Rubel si su tesis será publicada ―y cuando―. En ese caso, sólo la primera parte de mi artículo debe ser reemplazada por otra introducción. El tema en sí, el carácter realmente científico de la teoría marxista, es para mi muy importante. Incluyo en ello el problema de la predicción del futuro, tema que engendró numerosas discusiones y muchas confusiones.

En cuanto al otro punto, respecto de la publicación de mi carta del 15 de junio, no era mi intención publicarla; o más bien, mientras la escribía  no pensé que fuera a ser publicada. Si mi memoria es buena, creo que no la escribí con mucho ciudado. No obstante, si ustedes piensan que ciertos pasajes pueden contribuir al esclarecimiento, entonces creo que pueden hacer una selección, pero de tal modo que mis observaciones no ocupen tanto lugar en la revista. Tengo la impresión de que lo dicho en el libro Los Consejos Obreros puede dar una base más amplia y más general. Voy a enviarles una reedición de esos capítulos, preparada y publicada por mis amigos del ILP. Así tal cual, es un poco brutal, porque la argumentación está basada en los capítulos precedentes, que están ausentes. Aparentemente los camaradas del ILP han considerado que el punto de de partida de la discusión sobre la revolución podría ser un buen remedio para la pasividad  y la ausencia de espíritu revolucionario de los trabajadores ingleses.

Tengo la impresión de que nuestras posiciones sobre la acción de clase proletaria son diametralmente opuestas, pues cada una de ellas pone el acento en un aspecto diferente. En esas circunstancias, los individuos se distinguen en términos de coraje o de claridad de análisis, ya sea en el discurso o en la acción. Dichos individuos forman una vanguardia de hecho, que vemos nacer en el seno de todos los movimientos. Ellos se transforman en dirigentes de hecho; pueden contribuir al desarrollo de la actividad de las masas y, por la amplitud de su perspectiva, pueden ser buenos consejeros. Pero cuando ellos se reúnen en pequeños grupos o partidos, con programas bien establecidos, estas relaciones fluidas se petrifican. Entonces, en tanto que dirigentes ex officio, ellos se consideran jefes y demandan ser seguidos y obedecidos.

Del otro lado, nosotros vemos que, en todas las acciones de masa o revolucionarias, surge un fuerte sentimiento común, que no es del todo consciente (como lo prueban las fluctuaciones de la acción), sino que está basado sobre condiciones concretas, que permiten la unidad necesaria en la acción para obtener resultados positivos. En tales circunstancias, las personalidades dirigentes pierden importancia. El verdadero beneficio, el verdadero progreso, real y duradero, consiste en que toda la clase, las masas obreras, cambien profundamente, rompan con el servilismo, fortalezcan su independencia, su confianza en ellas mismas, en virtud de su sola actividad, de su iniciativa, y no yendo a remolque de la iniciativa de los otros. Entre esos dos puntos de vista, la práctica de la lucha de clases  puede revestir numerosas formas, intermediarias o combinadas.

Una última observación sobre las acciónes de las masas. Considerando las condiciones de vida actuales en nuestras sociadades desarrolladas, puede parecer (y así está ampliamente aceptado) que estas acciones sean cada vez más imposibles e inútiles. Imposibles, en razón del enorme aumento del poder y de la violencia de los gobiernos, sostenidos por el gran capital (si una región del capital cayera en manos de los trabajadores, una simple bomba atómica bastaría para destruirlos). Inútil, porque las condiciones de vida y de trabajo, así como los derechos políticos de la clase obrera mejoran cada vez más (por ejemplos, los Estados Unidos). Y sin embargo, nosotros creemos firmemente que las amenazas de destrucción y de miseria que el capitalismo hace pesar sobre la humanidad son más fuertes que nunca. La forma actual es la guerra mundial que amenaza toda la población, intelectuales, maestros y obreros,  (siendo éstos útimos la gran mayoría). Es por eso que las acciones de masa serán más necesarias que nunca, y perderán el estricto carácter de clase que ellas tuvieron en el pasado (Bélgica, Rusia). Es de la única manera en que las masas podrán afirmar su voluntad, en relación a sus propias vidas.

Sin embargo, es un tema que no aparece en las discusiones, en la prensa o en los políticos; mucho menos en las publicaciones socialistas. ¿Será por miedo a ser identificadas con el comunismo ruso? ¿O más bien se trata del miedo de los grupos con pretensiones dirigentes de ver a las masas obreras de tomar la acción en sus propias manos?

 

[Traducido por Maristella Svampa de Pierre Chalieu (Cornelius Castoriadis)-Anton Pannekoek, Correspondance 1953-1954: présentation et commentaires d’Henri Simon, Paris, Echanges et Mouvement, sin data]

 

 

 

EL DEBATE CASTORIADIS-LEFORT

 

Organización y partido. Contribuciones a una discusión

Claude Lefort

(Publicado en Socialisme ou Barbarie, Nº 26, nov-dic., 1958)

No hay acción revolucionaria solitaria; esta acción que tiende a transformar la sociedad, sólo puede efectuarse en un cuadro colectivo y este cuadro tiende naturalmente a extenderse. Así la actividad revolucionaria, colectiva y buscando serlo siempre más, implica necesariamente una cierta organización. Con esto, nadie ha estado en desacuerdo ni lo está. Lo que ha sido cuestionado desde el comienzo de la elaboración de nuestras tesis, no es la necesidad de una organización para el proletariado, es la de la dirección revolucionaria, la constitución de un partido.

El núcleo de nuestras principales divergencias está allí. La verdadera cuestión, cuyos términos han sido a veces deformados por una parte u otra, es ésta: la lucha del proletariado, ¿exige o no la construcción de una dirección o de un partido?

Que esta cuestión sea la fuente permanente de nuestro conflicto teórico no es accidental. Las tesis de Socialismo o Barbarie se han desarrollado sobre la base de una crítica a la burocracia bajo todas sus formas: no podríamos pues dejar de afrontar de una manera crítica el problema de la organización revolucionaria. Así pues, éste sólo podría tomar un carácter explosivo porque pone en cuestión nuestra coherencia ideológica. Bien se pueden admitir lagunas en la representación de la sociedad,  acotar problemas de los que no se tiene la solución, pero no se puede admitir en el seno de nuestras concepciones ideológicas generales una contradicción que tiende a poner en oposición el pensamiento y la acción. Cada uno de nosotros debe ver y mostrar el lazo que establece entre las formas de acción revolucionaria y las ideas que preconiza.

Del pasado al presente

 

¿Qué es , en lo que nos concierne, ser coherente? En el origen de nuestras tesis se ubican los análisis del fenómeno burocrático. Este fenómeno lo hemos abordado desde diversos sesgos antes de formarnos una representación global. El primer sesgo era la crítica de las organizaciones obreras en Francia. Descubrimos en ellas otra cosa que malas direcciones de las que había que corregir los errores y denunciar las traiciones; descubrimos que ellas participaban en el sistema de explotación en cuanto encuadramiento de la fuerza de trabajo. Habíamos comenzado a investigar que ellas eran la base material del stalinismo en Francia. Discernimos al mismo tiempo, en ese sentido, los privilegios actuales que aseguraban la estabilidad de una capa de cuadros políticos y sindicales u las condiciones históricas generales que favorecían la cristalización de numerosos elementos en la sociedad, ofreciéndoles la perspectiva de una nueva clase dominante.

El segundo sesgo era la crítica del régimen burocrático ruso, del que hemos mostrado los mecanismos económicos que subtendían la dominación de una nueva clase.

El tercer sesgo era el descubrimiento de tendencias burocráticas a escala mundial, de la concentración creciente del capital, de la intervención cada vez más extendida del Estado en la vida económica y social asegurando un estatuto nuevo a capas cuyo destino no estaba ya ligado al capital privado.

Por mi parte, esta profundización teórica iba a la par de una experiencia que había llevado en el seno del partido trotskista, cuyas lecciones me parecían claras.

El  P.C.I. en que había militado hasta 1948 no participaba en nada en el sistema de explotación. Sus cuadros no obtenían ningún privilegio de su actividad en el partido. En su seno solo se encontraban elementos animados de una “buena voluntad revolucionaria” evidente, y concientes de la calidad contra-revolucionaria de las grandes organizaciones tradicionales. Formalmente, reinaba una gran democracia. Las organizaciones dirigentes era regularmente elegidas en asamblea generales; éstas eran frecuentes, los camaradas tenían toda la libertad de reunirse en tendencias y de defender sus ideas en las reuniones y congresos (podían incluso expresarse en  publicaciones del partido) Sin embargo, el P.C.I. se comportaba como una  micro burocracia y nos aparecía como tal. Sin duda, hacía lugar a prácticas condenables: falsificación de mandatos en los congresos, maniobras realizadas por la mayoría para asegurar al máximo la difusión de sus ideas y reducir la de las minorías, calumnias diversas para desacreditar al adversario, chantaje acerca de la destrucción del partido cada vez que un militante estaba en desacuerdo sobre ciertos puntos importantes del programa, culto a la personalidad de Trotsky, etc. Pero lo esencial no estaba allí. El P.C.I. se consideraba el partido del proletariado, su dirección, irreemplazable; juzgaba la revolución a venir como el simple cumplimiento de su programa. Ante las luchas obreras, el punto de vista de la organización predominaba absolutamente. A consecuencia de lo cual éstas eran siempre interpretadas según el criterio: ¿en qué condiciones serían éstas favorables al fortalecimiento del partido? Habiéndose identificado con la Revolución mundial, el partido estaba dispuesto a muchas maniobras por poco que se demostraran útiles a su desarrollo.

Aunque esta comparación deba hacerse con muchas precauciones, pues sólo es válida en una cierta perspectiva, el P.C.I., como el P.C. veían en el proletariado una masa a dirigir. Pretendía solamente dirigirla bien. Ahora bien, esta relación que el partido mantenía con los trabajadores ―o más bien que hubiera deseado mantener, pues de hecho no dirigía absolutamente nada― se reencontraba transpuesta al interior de la organización entre el aparato de dirección y la base. La división entre dirigentes y simples militantes era una norma. Los primeros esperaban de los segundos que escucharan, que discutieran las propuestas, que votaran, que distribuyeran la prensa y pegaran los afiches. Los segundos, persuadidos de que hacían falta compañeros competentes a la cabeza del partido, hacían lo que se esperaba de ellos. La democracia estaba fundada sobre el principio de la ratificación. Consecuencia: igual que en la lucha de clase, el punto de vista de la organización predominaba, en la lucha  interior del partido el punto de vista del control de la organización era decisivo. Igual que la lucha revolucionaria se confundía con la lucha del partido, ésta se confundía con la lucha llevada por el buen equipo. El resultado era que los militantes se determinaban sobre cada cuestión según este criterio: ¿el voto refuerza, o por el contrario, arriesga debilitar al buen equipo? Así, cada uno obedecía a una preocupación de eficacia inmediata, la ley de inercia reinaba como en toda burocracia. El trotskismo era una de las formas del conservatismo ideológico. La crítica que hago del trotskimo no es de orden psicológico: es sociológica. No se aplica sobre conductas individuales, concierne a un modelo de organización social en el que el carácter burocrático es tanto más notable porque no está directamente determinado por las condiciones materiales de explotación. Sin duda, este modelo es un subproducto del modelo social dominante: la microburocracia trotskista no es la expresión de una capa social, sino sólo el eco en el movimiento obrero de las burocracias reinantes a la escala de la sociedad global. Pero el fracaso del trotskismo nos muestra la extraordinaria dificultad de escapar a las normas sociales dominantes, a instituir a nivel mismo de la organización revolucionaria un modo de reagrupamiento, de trabajo y de acción que sean efectivamente revolucionarias y no marcadas por el sello del espíritu burgués o burocrático.

Los análisis de Socialismo o Barbarie, la experiencia que algunos sacaron, como yo mismo, de su antigua experiencia de acción en un partido, conducían a ver bajo una luz nueva la lucha de clase y el socialismo. Es inútil resumir las posiciones que fueron tomadas por la revista. Será suficiente decir que, a nuestros ojos, la autonomía devino el criterio de la lucha y la organización revolucionarias. La revista no cesó de decir que los obreros debían tomar en sus manos su propia suerte y organizarse ellos mismos independientemente de los partidos y los sindicatos que se pretendían los depositarios de sus intereses y su voluntad. Juzgábamos que el objetivo de la lucha no podía ser otro que la gestión de la producción por los trabajadores porque toda otra solución no hubiera hecho sino consagrar el poder de una nueva burocracia. En consecuencia, buscábamos determinar las reivindicaciones que testimoniaban en lo inmediato una conciencia antiburocrática; le acordábamos un lugar central al análisis de las relaciones de producción y su evolución, de manera de mostrar que la gestión obrera era realizable y que tendía a mostrarse espontáneamente, ya, en el seno del sistema de explotación; finalmente, éramos conducidos a definir el socialismo como una democracia de los consejos.

Estas posiciones, de las que no se puede decir que hayan sido suficientemente elaboradas, pero que han sido objeto de un trabajo importante, se afirmaron, sobre todo, cuando levantamos la hipoteca trotskista  que pesaba sobre nuestras ideas. Pero, por supuesto, no pueden tomar todo su sentido si no forjamos, simultáneamente, una representación nueva de la actividad revolucionaria misma. He ahí una necesidad inherente a las tesis de Socialismo o Barbarie. Queriendo eludirla, multiplicamos los conflictos entre nosotros, sin hacer ver su alcance y, muchas veces, sin comprenderlo nosotros mismos: en efecto, es evidente que una divergencia sobre el problema de la organización revolucionaria afecta poco a poco el contenido entero de la revista: los análisis de la situación política y de los movimientos de lucha, las perspectivas que intentamos trazar, y sobre todo el lenguaje que empleamos cuando nos dirigimos a los obreros que nos leen. Ahora bien , sobre este punto se ha demostrado y se demuestra imposible ponernos de acuerdo sobre nuestras ideas y dar una respuesta común al problema.

Un cierto número de colaboradores de la revista no pueden hacer nada mejor que definir la actividad revolucionaria en el marco de un partido de nuevo tipo, lo que de hecho viene a enmendar el modelo leninista, que el trotskismo ha tratado de reproducir integralmente. ¿Por qué este fracaso? Y, para empezar, ¿por qué es necesario hablar de un fracaso?

Saquemos la conclusión de nuestras críticas

La argumentación esencial adelantada a favor de la construcción de un partido revolucionario me parece figurar en un texto ya antiguo de la revista: “El proletariado no podrá ni vencer, ni incluso luchar seriamente contra sus adversarios –adversarios que disponen de una organización formidable, de un conocimiento completo sobre la realidad económica y social, de cuadros educados, de todas las riquezas de la sociedad, de la cultura, y, la mayoría del tiempo, del proletariado mismo–  sino en la medida en que disponga de un conocimiento, de una organización de contenido proletario de contenidos superiores a aquéllas de sus adversarios mejor equipados bajo esta relación.” (Extraído de Socialismo o Barbarie  Nº2, “Le parti révolutionnaire”, p.103)

Dado que el proletariado no puede, en tanto clase tomada en conjunto, tener este conocimiento ni aportar esta organización, sólo una fracción, la más conciente, “puede elevarse a nivel de las tareas universales de la revolución” (ibidem). “Esta fracción es necesariamente un organismo universal, minoritario, selectivo y centralizado” (Socialismo o Barbarie Nº10, p.16).

Este argumento me parece fundamentar ya todos los análisis del ¿Qué hacer? Pero Lenin deduce de él un cierto número de consideraciones que no podrían ser admitidas tal cual en el marco ideológico de Socialismo o Barbarie. Limitémonos a lo esencial: Lenin considera que el proletariado, no pudiendo acceder por sí mismo a la conciencia científica de la sociedad, tiende espontáneamente a someterse a “la ideología reinante, o sea a la ideología burguesa”. La tarea del partido es sustraerlo a esta influencia  aportándole una enseñanza política, y esta enseñanza sólo puede ser administrada desde el exterior de su vida cotidiana, es decir, “del exterior de la lucha económica, del exterior de la esfera de las relaciones de producción”. Además, Lenin demuestra que la organización proletaria, para ser superior a la de sus enemigos, debe batirla en su propio terreno. Entonces: profesionalización de la actividad revolucionaria, concentración rigurosa de las tareas, especialización de las funciones de los militantes (de donde el paralelo retomado sin cesar en el ¿Que hacer?) entre el partido y el ejército; finalmente ―consecuencia implícita―  asegurado de la validez de su programa por el hecho de que las masas lo sostienen, el partido se encuentra naturalmente destinado, si no a ejercer el poder, por lo menos a participar en él activamente.

Tales ideas son incompatibles con la crítica de la burocracia y la afirmación de  la autonomía proletaria.

No podemos admitir que la conciencia política sea introducida desde fuera del proletariado por una fracción organizada; juzgamos, por el contrario, que hay que redefinir el concepto mismo de política, que en el uso que se hace tradicionalmente en el movimiento obrero, conserva un contenido burgués, que no tiene sentido para los trabajadores  sino a partir del momento en que los que son susceptibles de ligar los acontecimientos a su experiencia propia de las relaciones de producción. La política no es pues algo a enseñar, sino más bien a explicitar como lo que está inscripto en el estado de tendencia en la vida y la conducta de los obreros. Pero esta idea lleva a trastornar la imagen de la actividad del militante. Ya no es, como quería Lenin, “el tribuno popular” que sabe aprovechar cualquier ocasión para exponer ante todos “sus convicciones sociales y sus  reivindicaciones democráticas” (¿Qué hacer?). Es el que partiendo de una crítica o de una lucha de los trabajadores en un sector determinado, intenta formular su alcance revolucionario mostrando como ésta cuestiona el hecho mismo de la explotación y por lo tanto, tiende a extender  la lucha. El militante aparece entonces como agente de los trabajadores y no ya como un dirigente. Sin embargo algunos de nosotros se niegan a sacar esta conclusión y se detienen en el camino en su crítica de la política. Y se podría preguntar si su afirmación de que la conciencia no se introduce desde afuera, no les sirve para identificarse ―ingenuamente, por cierto, pero seguramente con un curioso aplomo― con la clase obrera. Por otra parte critican la idea de que el partido debe ser un órgano de poder. Y de hecho, ésta contradice la representación esencial del socialismo en tanto sociedad de los consejos. Pero esta crítica es eminentemente equívoca. Significa que el partido no es un órgano burocrático, ya que su programa es la realización de un poder soviético, y entonces ―en última instancia―  un programa antipartido. La lógica exigiría que, partiendo de un objetivo tal, nos opusiéramos a la formación de un organismo que se arroga el monopolio de la verdad socialista y arriesga competir con los consejos, que buscáramos una nueva vía a la actividad revolucionaria. Pero, al contrario, el llamado a una organización autónoma de los trabajadores, efectivamente representativa, se transforma en una justificación de la existencia y la duración del partido. El partido deviene necesario para la fundación del poder soviético. Aún más, el poder sólo es autónomo en la medida en que el partido lo juzga como tal. Es decir, y ciertos camaradas lo dicen, en efecto, hablando de la situación pre―revolucionaria, que sólo hay una organización válida: “el partido es un organismo único en la forma y en el fondo, vale decir, el único organismo (permanente) de la clase en las condiciones del régimen de explotación. No hay, no puede haber, una pluralidad de formas de organizaciones a las cuales él se podría yuxtaponer……. en este sentido, la distinción entre comités de lucha y partido (o toda otra forma de organización minoritaria de la vanguardia obrera) concierne exclusivamente el grado de clarificación y de organización y nada más”. (Socialisme ou Barbarie, Nº 10, p.16)

Seguramente, no se habla aquí de las condiciones del régimen de explotación, pero no se ve por qué la tesis no se extendería al régimen socialista, pues la autonomía de los soviets, lo mismo que la de los comités de lucha, sólo es efectiva a partir del momento “en  el que su mayoría adopta y asimila el programa revolucionario, que hasta entonces, sin compromiso, el partido está solo para defender”. (Socialisme ou Barbarie, Nº 2, p.101)

La tendencia a extender indefinidamente las prerrogativas del partido se manifiesta por otro lado, en la definición que se ofrece de los organismos de clase tipo comité de lucha. Después de haberlos presentado como embriones de organismos soviéticos y no de tipo partido, estaba especificado (Socialisme ou Barbarie, Nº 2, p.100), no se los distingue ya del partido sino por su menor grado de clarificación y de organización.

De hecho, no cesaremos de repetirlo, si se afirma la necesidad del partido, si se funda esta necesidad sobre el hecho de que el partido detenta el programa socialista, si se caracteriza la autonomía de los organismos forjados por los trabajadores según el criterio de su acuerdo con el programa del partido, éste se encuentra naturalmente destinado a ejercer el poder, todo el poder real de las clases explotadas antes y después de una revolución.

Pero hay que reconocer al mismo tiempo que esta tesis está en contradicción formal y denuncia de la manera más aguda la incoherencia de quienes la sostienen.

Tercer correctivo aportado a la teoría leninista: buscar nuevas modalidades de funcionamiento del partido. De hecho, se las busca sin buscarlas, pues se dice con frecuencia que las reglas importan poco y que el criterio de nuestro antiburocratismo está en nuestro programa. Se las busca, sin embargo, aunque sea porque es imposible suscribir la tesis de ¿Qué hacer? sobre la profesionalización de la actividad revolucionaria, efectivamente inconciliable con el principio de que hay que tender a abolir la separación entre dirigentes y ejecutantes. La idea nueva es extender al partido el principio de delegación y de revocabilidad que inspira la organización de los soviets. Si no me equivoco, algunos camaradas piensan que los órganos dirigentes están bajo un control efectivo permanente de los militantes, a partir de que éstos tiene el poder de cambiar los delegados en cada una de sus reuniones. Pero no hacen más que perfeccionar un modelo de democracia formal. En los organismos de clase, la revocabilidad puede tener un contenido positivo, por el hecho de que existe un medio de trabajo real. Los hombres forjan, a partir de sus relaciones, en el seno del medio productivo, una experiencia que les permite zanjar con claridad los problemas que encuentran. Lo que decidan concierne su vida y tienen el poder de verificar lo que deciden a partir de su vida. El partido, por lo contrario, (cualquiera sea el juicio que nos merezca), es un medio artificial, heterogéneo, ya que los individuos que reúne difieren por su actividad profesional, por su origen social y por su cultura. La unidad de este medio existe sólo a causa de la centralización impuesta a la organización y esta centralización misma está fundada en la cohesión del programa. En estas condiciones, las decisiones a tomar a nivel de las células tienen siempre una doble motivación: la que toma origen en una acción que se llevará a cabo en un medio social externo, y la que surge de la aplicación del programa o de la obediencia a la instancia central. El delegado de la célula tiene igualmente, una doble función: es el mejor camarada en que concierne al trabajo propio de la célula, y por otro lado, es el camarada competente, el que ha asimilado el programa que representa el “Centro”, que posee la ciencia de la política revolucionaria, que tiene el poder de “elevarse al nivel de las tareas universales de la revolución”. En consecuencia el principio de la revocabilidad está privado de eficacia: a los ojos de los militantes, el delegado, más allá de sus errores o sus falta, aparece como un camarada que tiene el privilegio de formar parte de los dirigentes y cuya competencia aumenta naturalmente por el hecho de participar en la dirección. Poco importa que el delegado sea o no revocable en todo momento, los factores que paralizan a la base militante en un partido, no dependen de que ella no disponga del poder permanente de revocatoria, dependen mucho más profundamente de que esta base esté acostumbrada a la existencia del aparato dirigente, a la jerarquización de las funciones, a la especialización de la actividad política.

Evoquemos una vez más el partido trotskista para plantear esta cuestión: ¿qué habría cambiado con la introducción de un sistema de delegados revocables? Se puede responder: muy verosímilmente, nada más que una exacerbación de la lucha de las tendencias que, en lugar de culminar en las asambleas y los congresos, hubiera revestido un carácter explosivo permanente, dedicándose cada tendencia, en el marco de las células, a sustituir al delegado actual por su propio candidato.

La democracia no es pervertida por obra de las malas reglas organizacionales, lo es por el hecho de la existencia misma del partido. En su seno, la democracia no puede ser realizada por el hecho de que el mismo no es un organismo democrático, es decir, un organismo representativo de las clases sociales de las que se reclama.

Todo nuestro trabajo teórico debería conducirnos a esta conclusión. Algunos de nosotros, no sólo  la rechazan, sino, a mi entender , buscando conciliar con nuestros principios fundamentales la afirmación de la necesidad de un partido, caen en una nueva contradicción. Quieren operar esta conciliación tomando por modelo un partido en el cual serían introducidas reglas de funcionamiento características de un tipo soviético y así, van a contramano de su crítica del leninismo.

En efecto, Lenin había comprendido que el partido era un organismo artificial, es decir, fabricado por fuera del proletariado. Considerándolo como un instrumento de lucha necesario, no le molestaba fijarle status cuasi soviéticos. El partido sería bueno si el proletariado lo sostenía, malo si no lo seguía, sus preocupaciones se detenían allí. De tal forma que en  El Estado y la revolución, incluso no se abordaba el problema de la función del partido: el poder revolucionario es el pueblo en armas y sus consejos, que lo ejercen. El partido, en la visión de Lenin no tiene existencia más que por su programa y éste es, precisamente, el poder de los Soviets. Una vez que, instruido por la experiencia histórica, se descubre en el partido un instrumento privilegiado de formación y de selección de la burocracia, no se puede sino proponerse destruir este tipo de organización. Buscar conferirle atributos democráticos incompatibles con su esencia, es caer en una mistificación de la cual Lenin no fue víctima, es presentarlo como un organismo legítimo de las clases explotadas y acordarle un mayor poder, nunca soñado en el pasado.

La idea de dirección revolucionaria. Evidencia de geómetra

Pero si no se puede ―por lo menos a partir de nuestros principios― admitir la idea del partido revolucionario sin caer en la contradicción, ¿no hay, sin embargo, un motivo que nos conduce sin cesar a postular su necesidad?

Este motivo ya lo he formulado citando un texto del Nº 2 de la revista. Resumámoslo de nuevo: el proletariado no podrá vencer si no dispone de una organización y de un conocimiento de la realidad económica y social, superior al de su adversario de clase.

Si esta proposición fuera verdadera, habría que decir también que somos intimados a constituir un partido y que este partido, a causa de las críticas que acabo de mencionar, no puede más que transformarse en el instrumento de una nueva burocracia; en resumen, habría que concluir que la actividad revolucionaria está necesariamente destinada al fracaso. Pero esta proposición ―que creo se encuentra en el origen de todas las justificaciones del partido― ofrece sólo una pseudo-evidencia. Evidencia de geómetra que no tiene contenido social. Ante el poder centralizado de la burguesía, de la ciencia que poseen las clases dominantes, se construye simétricamente un adversario que para vencer debe adquirir un poder y una ciencia superiores. Este poder y esta ciencia no pueden más que conjugarse entonces, en una organización que, antes de la revolución supere el Estado burgués. En realidad, las vías por las cuales se enriquece la experiencia de los trabajadores (y las tendencias del socialismo) no concuerdan con este esquema. Es una utopía imaginar que una minoría organizada pudiera apropiarse un conocimiento de la sociedad y de la historia que le permita forjar de entrada una representación científica del socialismo. Tan laudables y tan necesarias como sean los esfuerzos de los militantes para asimilar y hacer progresar ellos mismos el conocimiento de la realidad social, hay que comprender que este conocimiento sigue procesos que exceden las fuerzas de un grupo definido. Que se trate de la economía política, de la historia social, de la tecnología, de la sociología del trabajo, de la psicología colectiva o en general de todas las ramas del saber que interesan a la transformación de la sociedad, hay que persuadirse que el curso de la cultura escapa a toda centralización rigurosa. Existen descubrimientos revolucionarios, según nuestros propios criterios, en todos los dominios (conocidos o desconocidos por nosotros) que elevan la cultura “a nivel de las tareas universales de la revolución”, que responden a las exigencias de una sociedad socialista. Sin duda estos descubrimientos coexisten siempre con modos de pensar conservadores y retrógrados, de tal forma que su síntesis progresiva y su valorización no puede efectuarse espontáneamente. Pero esta síntesis (que sólo concebimos de una manera dinámica), no se podría producir sin que la lucha de la clase revolucionaria, haciendo percibir una conmoción de todas las relaciones convencionales, se transforme en un potente agente de cristalización ideológica. En esas condiciones, y solamente entonces, se podrá hablar en términos sensatos de una fusión de  la organización proletaria y la cultura. Repitámoslo: esto no significa que los militantes no tengan que jugar un papel fundamental, que no tengan que hacer avanzar la teoría revolucionaria con sus conocimientos propios, pero sus trabajos no pueden ser considerados sino como una contribución a un trabajo cultural social, que se efectúa siempre por una diversidad de vías irreductible.

Es otra utopía imaginar que el partido pudiera asegurar una rigurosa coordinación de las luchas y una centralización de las decisiones. Las lucha obreras tal como se han producido desde hace doce años ―y tal como la revista las ha interpretado― no han sufrido la ausencia de un órgano tipo partido que hubiera logrado coordinar las huelgas; éstas no sufrieron de falta de politización ―en el sentido en el que lo entendía Lenin― , han estado dominadas por el problema de la organización autónoma de la lucha. Este problema, ningún partido puede hacer que el proletariado lo resuelva. Por el contrario, no será resuelto sino en oposición a los partidos ―cualquiera sean, quiero decir, por más antiburocráticos que sean sus programas―. Ciertamente, la exigencia de una preparación concertada de las luchas en la clase obrera y de una previsión revolucionaria no puede ser ignorada (aunque no se presente en todo momento como algunos quieren hacer creer), pero es inseparable hoy de esta otra exigencia de que las luchas sean decididas y controladas por aquellos que las llevan adelante. Entonces, la función de coordinación y de centralización no motiva la existencia del partido; corresponde a grupos de obreros o de empleados minoritarios, que multiplicando los contactos entre ellos no dejan de formar parte de los medios de producción en los que actúan.

Al fin de cuentas, el proletariado sólo accede a la conciencia de las tareas universales de la revolución cuando cumple estas tareas mismas, en el momento en que la lucha de clase abarca la sociedad entera y la formación y  multiplicación de los consejos  de trabajadores da signos sensibles de una nueva sociedad posible. Que haya minorías militantes que hagan un trabajo revolucionario no significa de ninguna manera que un organismo pueda, en el seno de la sociedad de explotación, encarnar ante el poder burgués, bajo una forma anticipada, gracias a la centralización y a la racionalización de sus actividades, el poder de los trabajadores. A diferencia de la burguesía, en la sociedad de explotación, el proletariado no tiene ninguna institución representativa, sólo dispone de su experiencia, cuyo curso, complicado y nunca asegurado, no puede  depositarse en ninguna forma objetiva. Su institución, es la revolución misma.

La actividad militante

 

¿Cuál es pues la concepción de actividad revolucionaria que hemos sido llevados a defender algunos camaradas y yo mismo? Se desprende de lo que los militantes no son, ni pueden ni deben ser: una Dirección. Ellos son una minoría de elementos activos, provenientes de capas sociales diversas, reunidos en razón de un acuerdo ideológico profundo y que se ocupan de ayudar a los trabajadores en su lucha de clase, de contribuir al desarrollo de esa lucha, de disipar las mistificaciones sostenidas por la clase y las burocracias dominantes, de propagar la idea de que los trabajadores, si quieren defenderse, serán intimados a tomar su suerte en sus propias manos, de organizarse ellos mismos a la escala de la sociedad y que eso es el socialismo.

Estamos convencidos que el rol de estos elementos es esencial ―por lo menos que puede y debe serlo―. Las clases explotadas no forman un todo indiferenciado: lo sabemos y no son los partidarios de una organización centralizada quienes nos lo han enseñado.  Éstas contienen elementos más o menos activos, más o menos concientes. De la capacidad que tienen los más activos de propagar sus ideas y sostener acciones revolucionarias depende finalmente el porvenir del movimiento obrero.

Pero entre estos elementos activos, algunos ―y de lejos los más numerosos― tienden a reunirse en las empresas sin buscar primero extender  su acción a una escala más vasta.

Éstos encuentran espontáneamente la forma de su trabajo: hacen un pequeño diario local o un boletín, militan en una oposición sindical o componen un pequeño grupo de lucha. Algunos otros experimentan la necesidad de ampliar sus horizontes, de trabajar con elementos que pertenecen a medios profesionales y sociales diferentes de los suyos y de acordar su acción con una concepción general de la lucha social. Entre estos últimos se encuentran muchos camaradas ―hay que reconocerlo― que no pertenecen a un medio de producción y que no pueden unirse sino por fuera de las empresas. Su cultura constituye un aporte esencial al movimiento obrero, a condición de que tengan una clara representación de su rol, que es subordinarse a éste.

La acción de estos últimos elementos no puede tener otro objetivo que sostener, amplificar, clarificar la que llevan los militantes o los grupos de empresa. Se trata de aportarles informaciones de las que no disponen, conocimientos que no pueden ser obtenidos sin un trabajo colectivo fuera de las empresas; se trata de ponerlos en contacto entre sí, de hacer comunicar sus experiencias separadas, de ayudarlos a constituir poco a poco una verdadera red de vanguardia.

Se pueden definir varios medios que permitirían desde ahora orientarse hacia esos objetivos: por ejemplo la publicación de un diario. Pero no tocaremos nunca a los trabajadores y no lograremos asociarlo a la empresa de un periódico si primero no se prueba su seriedad. Si las informaciones comunicadas son insuficientes o precarias, si las experiencias mencionadas son excepcionales, si las interpretaciones propuestas son apresuradas, las generalizaciones sumarias, construidas a partir de hechos singulares y dispersos. En resumen, si el diario es fabricado por un grupo que tiene poco contacto con militantes de empresa, nadie se interesará en este trabajo. A nivel más modesto, se trata de entrada de convencer a los obreros, empleados, pequeños grupos ya existentes, de que les podemos ser útiles. El mejor medio es difundir (bajo la forma de un boletín sin periodicidad regular) análisis cortos sobre la situación actual e informaciones ―si ha sido obtenida por medios fuera de su alcance―. Subrayaremos que los periódicos de empresa pueden publicarlos o utilizarlos como les parezca. Subrayaremos además, que si nuestro trabajo les interesa, éste se enriquecerá naturalmente con las informaciones y las críticas que ellos nos comuniquen.

Por otra parte, se puede poner en marcha algunos análisis serios, concernientes al funcionamiento de nuestra propia sociedad (sobre las relaciones de producción, la burocracia en Francia o la burocracia sindical). Se establecería así una colaboración con militantes de empresa de manera de plantear en términos concretos (por la indagación sobre su experiencia de vida y de trabajo) el problema de la gestión obrera.

Estas tareas pueden parecer modestas. En realidad, bien llevadas, exigirán un trabajo considerable. Lo importante es que sean a la medida de las minorías de vanguardia y que permitan encarar un desarrollo progresivo, es decir, un desarrollo tal que a cada nivel de realización corresponde una extensión posible del trabajo.

Definiendo estos objetivos y estos medios, se definen al mismo tiempo las formas de organización que les corresponde y que descansan en primer lugar sobre el rechazo de la centralización. La organización que conviene a los militantes revolucionarios es necesariamente laxa: no es un gran partido dirigiendo a partir de órganos centrales la actividad de una red de militantes. Lo que sólo puede conducir a hacer de la clase obrera un instrumento o arrojarla a la indiferencia, incluso a la hostilidad frente a un partido que pretende representarla.

El movimiento obrero sólo se abrirá una vía revolucionaria si rompe con la mitología del partido, para buscar sus formas de acción en núcleos múltiples de militantes que organicen libremente su actividad y asegurando por sus contactos, sus informaciones y sus vínculos, no sólo la confrontación, sino también la unidad de las experiencias obreras.

[Traducción de Martha Rosenberg de la versión publicada en C. Lefort, Éléments d’une critique de la bureaucratie, Paris, Gallimard, 1979, pp. 98-113]

Proletariado y organización II (1959)

(Fragmentos)

Cornelius Castoriadis

En paralelo con la degeneración burocrática, y alimentado por ella, renace constantemente un primitivismo antiorganización dentro del movimiento obrero. En el período actual, muy especialmente y de manera simétrica a la extensión y a la profundidad de la burocratización de las organizaciones y de la sociedad, ha aparecido una verdadera corriente ideológica que saca de su experiencia de los cuarenta últimos años, unas conclusiones que, de hecho, se dirigen contra toda forma de organización.

La premisa teórica de esas conclusiones es la identificación de burocracia y organización. Premisa que la mayor parte del tiempo permanece inconsciente, como es normal; si se formulase claramente conduciría de inmediato a preguntar porqué la organización de la sociedad por el proletariado, durante y después de una revolución, no conduciría fatalmente a la burocratización, y, de hecho, aquéllos que después de la revolución rusa han respondido afirmativamente a tal pregunta y abandonado la lucha son innumerables. El error crucial de ese razonamiento es que pone aparte a la organización, que hace de ella, en realidad, un factor autónomo de la evolución histórica. En realidad, las organizaciones no son lo único que ha degenerado, ya lo hemos visto: también ha degenerado la ideología revolucionaria, y las formas de lucha de la clase obrera. La organización no es un factor autónomo y original de la degeneración: las organizaciones no hubieran podido degenerar si el propio proletariado no hubiera participado de alguna manera en esa evolución y no continuase apoyando a las organizaciones burocratizadas. La burocratización es solamente la más profunda de las formas en que se expresa la influencia continuada de la sociedad capitalista sobre el proletariado.

Así pues, no es sorprendente que esa tendencia antiorganizativa se haya expresado en Socialisme ou Barbarie. Su portavoz ha sido, después de algunos otros camaradas, Claude Lefort.

(….)

Los acontecimientos del 13 de mayo de 1958 plantearon los problemas de forma tal que ya no se podía seguir esquivándolos por más tiempo. Ante la perspectiva de una crisis social, muchos lectores y simpatizantes venían a Socialisme ou Barbarie para trabajar con nosotros. ¿Cómo podíamos trabajar todos juntos, cómo podíamos organizarnos? De inmediato, se enfrentaron dos concepciones.

La mayoría de Socialisme ou Barbarie creía que era imposible organizarse sin adoptar cierto número de principios. Había que saber quien estaba organizado como miembro de la organización; si el número de participantes imponía una repartición en grupos, era preciso mantener la cohesión del grupo mediante Asambleas generales por una parte, frecuentes y soberanas, y por la otra con un órgano responsable formado por delegados elegidos y revocables por los grupos de base que asegurase los intervalos; finalmente, las divergencias que pudieran surgir se zanjarían gracias a los votos y decisiones que todos cumplirían, aunque la minoría fuese libre de expresar públicamente su desacuerdo.

Para Lefort, Berthier y otros camaradas, las fronteras de una organización debían ser “deliberadamente imprecisas”; los grupos que formase la organización actuarían cada uno por su cuenta; las decisiones que se tomasen en común, más exactamente, los votos, no serían obligatorios para la minoría, que podía actuar según sus ideas. El problema de la unidad y coordinación de la actividad de la organización ni siquiera se planteaba, las únicas tareas “centrales” que se preveían se consideraban y presentaban como tareas técnicas, apelándose para todo lo demás a la “cooperación espontánea” de los camaradas.

Desde ese momento estaba claro que no era posible ninguna solución al 50%. Lefort y los que pensaban como él abandonaron Socialisme ou Barbarie, y ésa fue la única solución razonable por la que todos, ellos y nosotros, nos felicitamos. Cada uno podrá aplizar sus principios sin trabas, de ahora en adelante, y ver así cuál es su valor práctico. Nosotros pretendemos que con los principios y métodos de Lefort no puede construirse ni existir forma alguna de organización, ni “dúctil”, como él dice, ni rígida, ni cristalina, ni gaseosa. Lo único que puede existir es un grupo de discusión que podrá vivir ―es decir, discutir― en tanto sus discusiones sigan siendo pequeñas. Pero si el grupo quisiera pasar a una verdadera actividad, incluso si simplemente creciera un poco, le sería imposible no estallar, con los que toman en serio sus principios oponiéndose a los que toman en serio a los que toman en serio la idea de actividad, los unos incompatibles con los otros.

Es, en efecto, imposible que una organización, “dúctil” o no, crezca si no desarrolla una actividad real. La gente, y en particular los obreros, no participan con asiduidad en una organización si en ella se trata solamente de discutir e “informarse” recíprocamente, sino si se trata de hacer alguna cosa que les parezca suficientemente importante para sacrificarle una parte del escaso tiempo libre que les deja la explotación capitalista. Y es imposible que una actividad real y eficaz, es decir, coherente, se desarrolle sin un mínimo de homogeneidad ideológica y disciplina colectiva. Esto implica una definición clara de las ideas, objetivos y medios ―es decir, un programa; una manera de resolver en la práctica las divergencias que puedan surgir en el curso de una acción―, es decir, la aceptación del principio mayoritario; estos dos puntos conllevan la necesidad de definir quiénes participan en la organización. Finalmente, es imposible que una organización se desarrolle sin encontrarse y verse obligada en la práctica a resolver el problema de la centralización.

Nuestras diferencias con Lefort se basan en estos puntos y no en el de saber si la organización revolucionaria debe ser una “dirección” del proletariado. Y es característico que él haya preferido discutir este último punto en el texto publicado en el último número de la revista, y no las diferencias reales. Tal vez no sea para crear una diversión pero, en todo caso, Lefort y sus camaradas han decidido que esos problemas no existen, y se han limitado a no enfrentarse con ellos. Es inútil hacer epílogos a tal actitud, que nos parece totalmente negativa y estéril. Lo importante, por el contrario, es discutir las posiciones teóricas que han tenido que tomar y que llevan mucho más allá de las divergencias sobre el problema de la organización.

(….)

Está terminando un período histórico, con una inmensa experiencia del proletariado en lo concerniente a la burocracia considerada desde el más profundo punto de vista: no en cuanto dirección que se equivoca o traiciona, sino como capa explotadora que puede surgir en el propio movimiento obrero. En el período que comienza, el proletariado sólo podrá luchar por la realización de sus objetivos luchando al mismo tiempo contra la burocracia. Esta lucha hará surgir innumerables necesidades, prácticas e ideológicas, a las que solamente puede responder una organización revolucionaria. Esa organización no podrá constituirse sino con obreros y militantes que hayan experimentado la burocracia, o con jóvenes que la rechacen de entrada como forma de la sociedad establecida, y no podrá reclutar miembros más que entre esos mismos. Su función será la de ser un instrumento del proletariado en su lucha, no su dirección. La organización tendrá un concepto de la teoría revolucionaria radicalmente opuesto no sólo al del trotskismo sino incluso al que viene predominando desde hace un siglo. Rechazará categóricamente la idea de una “ciencia de la sociedad y de la revolución” elaborada por especialistas y de la que emanarían conclusiones prácticas “correctas”, una política que no sería más que una técnica. Desarrollará su teoría revolucionaria principalmente a partir de la experiencia y de la acción del proletariado, que le suministrará no el material de observación o los ejemplos de verificación, sino los principios más profundos. Por consiguiente, los militantes dejarán de ser meros ejecutantes respecto de una ideología definida al margen de ellos, sobre bases y según métodos ajenos a ellos. Sin la participación activa y dominante de los trabajadores que pertenecen a ella, la organización no podrá definir jamás ni una ideología, ni un programa, ni una actividad revolucionaria.

La primera tarea de los militantes será pues expresar su propia experiencia y la de su medio; el trabajo de la organización consistirá en primer lugar en formular esa experiencia y difundirla, tomar de ella lo que posea un calor universal y elaborar una concepción global coherente. Consistirá al mismo tiempo en dar a conocer la expresión de la experiencia del mayor número posible de obreros, en dar la palabra a los trabajadores, en permitir la difusión y la comunicación de los ejemplos de lucha, las opiniones, las ideas entre el proletariado. El problema de las relaciones entre los individuos en el seno de la organización se planteará así de una forma totalmente nueva. No habrá ya base ―ni económica ni en la “producción” (es decir, en la actividad de la organización, en el tipo de trabajo que efectúa)― para que una categoría de individuos se convierta en una casta de dirigentes separados e inamovibles. La gente irá a la organización porque pensará no que no “deba” haber dirigentes aparte sino que no hay función específica para tales dirigentes; y querrán hacer un trabajo que postule explícitamente la importancia igual de lo que tenga que decir todo el mundo. La estructura de la organización expresará orgánicamente su orientación y sus concepciones; será tal que la participación y preeminencia del conjunto de los militantes no sólo se expresará en los “estatutos” sino que se hará posible y fácil gracias a ellos; no podrá ser, por tanto, sino una estructura del tipo “soviet”, inspirada en los modos de organización creados por el proletariado a lo largo de su historia: autonomía lo más amplia posible de los organismos de base para la determinación de su propio trabajo; determinación de la orientación general de la organización mediante delegados elegidos y revocables; libre expresión de los militantes y de las tendencias en el interior y en el exterior de la organización.

Esas concepciones, elaboradas a partir de la crítica de la historia del movimiento obrero y de las teorías que lo han dominado, constituyen tanto una respuesta al problema de las tareas de los revolucionarios en el período actual, de sus relaciones con el proletariado, de su modo de organización, como un rechazo radical de las formas tradicionales (y no solamente leninistas) sobre el partido. Han sido formuladas en la revista y en el grupo Socialismo o Barbarie desde hace años. Lefort prefirió ignorarlas, presentar algunas migajas como “enmiendas” y “correcciones” a la concepción leninista, polemizar con tres o cuatro frases de textos viejos fuera del contexto del que aparecían rodeadas, y refutar….el ¿Qué Hacer? No pondremos calificativos a su proceder. Pero es necesario desvelar su argumentación, su lógica, querida o no: refutar por milésima vez, y después de tantos otros, a Lenin, permite eludir los problemas actuales, y enmascara la falta de respuestas a las verdaderas cuestiones a las que hoy se enfrentan los revolucionarios y el proletariado (…)

(…) Si se toma en serio la idea de autonomía, habrá que preguntarse inevitablemente cómo hacer para propagarla. ¿Hay que repetirla bajo la forma abstracta de una idea reguladora, o bien mostrar en cada caso concreto lo que significa? No implica, por ejemplo, que en una huela reivindicativa los trabajadores deben actuar de una manera determinada y no de otra, elegir un comité de huelga revocable, hacer asambleas generales, etc., en lugar de confiar su huelga a la burocracia sindical? ¿Esto debe decidirlo la organización en cada ocasión, o no? Está claro que no ha de hacerlo de manera artificial, pero precisamente para hacerlo de forma no artificial, ¿no debe estar unida a la clase obrera, comportar el mayor número posible de trabajadores? ¿Acudirían esos trabajadores si no vieran en la organización un instrumento esencial de su acción?

De la idea de autonomía, ¿no derivan una multitud de consecuencias, directas e indirectas? ¿Hay que ocultarlas? ¿Y una multitud de problemas, también, que los trabajadores se plantean de manera muy precisa? ¿Hay que callárselos?  ¿No deriva de ella por ejemplo, de modo cierto aunque indirecto, que los trabajadores deben luchar contra la jerarquía y por consiguiente plantear reivindicaciones de aumentos lineales de salarios? ¿Esto es algo que la organización debe repetir incansablemente, o no? Y que no se nos diga que al hacer eso, la organización “no hace más que” volver a tomar de su mano unas reivindicaciones que surgieron del proletariado mismo. Ya lo hemos dicho frecuentemente, pero no hemos olvidado nunca que también la clase obrera ha propuesto reivindicaciones contrarias: las huelgas de categorías, por ejemplo, no han dejado de existir nunca. La organización, e incluso un revolucionario aislado, no pueden eludir la elección, y es una futilidad tratar de esquivar las responsabilidades propias escondiéndose tras el proletariado, transformado en una entidad imaginaria por necesidades de la causa.

El socialismo es la autonomía, dice Lefort. Lo hemos dicho en esta revista desde su primera página. Pero, ¿hay que pararse ahí? No somos sólo nosotros los que preguntamos, también los obreros preguntan: ¿qué significa eso? ¿Cómo puede funcionar una sociedad gestionada por los trabajadores? Aparentemente habría que responder: ya lo verán, cuando lo hagan. Pero la cuestión es que, en gran parte, no lo hacen porque no lo ven. Y también es absurdo pensar que una organización pueda poseer un plan minucioso del funcionamiento de la sociedad socialista, y es vital concretar la idea del socialismo, mostrar la posibilidad de una organización socialista de la sociedad, indicar soluciones para los problemas con los que se encontrará.

(…)

Si no se acepta esa actividad dirigida hacia la autonomía del proletariado, es que se da a la autonomía un sentido absoluto, metafísico: es necesario que los obreros lleguen a ciertas conclusiones sin ninguna clase de influencia. En ese caso, no hay que condenar solamente toda acción sino toda propagación de ideas, incluida la propia idea de autonomía. No deja de ser una violación del individuo querer persuadirle de que sea libre. ¿Y si le gustase lo de no serlo?

No es preciso decir que ésa sería una postura desesperadamente absurda, ni reconocer que nadie llega nunca a nada sin recibir alguna influencia. Ni hay que escamotear tampoco las conclusiones de esa evidencia. La autonomía o la libertad no son estados metafísicos, sino procesos sociales e históricos. La autonomía se gana a través de una serie de influencias contradictorias, la libertad surge a lo largo de la lucha con y contra los otros. Respetar la libertad de alguien no es no tocarle, sino tratarle como un adulto, decirle lo que se piensa. Respetar su libertad no como moralistas sino como revolucionarios, es ayudarle a hacer lo que puede dársela, no en un futuro hipotético, sino aquí y ahora; no es instaurar el socialismo por cuenta suya, sino ayudarle a realizar actos socialistas desde hoy mismo. La política de la libertad no es la política de la no-intervención, sino la de la intervención en un sentido positivo; no tiene más límites que la mentira, la manipulación y la violencia.

(….)

En cada uno de los problemas que se plantean al pensamiento revolucionario, como en el proceso efectivo de la lucha de clases y de la revolución, hay siempre dos términos.

Está la empresa, colectividad concreta de trabajadores unidos por la experiencia directa del medio de trabajo y por una organización “espontánea”, informal, y está la clase, unidad de los trabajadores por encima de las fronteras de la empresa, de la profesión, de la localidad, e incluso de la nación, unidad mediatizada por su experiencia convergente de explotación y alienación.

Hay una experiencia inmediata de la sociedad como trabajo, y una experiencia inmediata de la sociedad como unidad. Hay una experiencia inmediata, y hay también una experiencia ya elaborada y sistematizada.

Existe un desarrollo propio del proletariado hacia el socialismo y, desde hace un siglo, una actividad política permanente de los trabajadores contra la explotación, y también una lucha política explícita contra la organización actual de la sociedad, que el proletariado ha dirigido casi siempre. Etcétera, etcétera.

La separación de estos términos no es meramente lógica; es real. Y la tarea de los revolucionarios no es solamente unirlos en el pensamiento, en una teoría correcta; es actuar para superar esa separación en la realidad, sabiendo que sólo la revolución podrá superarla definitivamente.

El fondo de la metodología de Lefort consiste en operar la separación más radical entre los términos de cada una de esas dualidades que el pensamiento revolucionario encuentra a cada paso, y mantenerlas en una oposición absoluta. La “superación” de esa oposición se efectúa entonces mediante algo que es, de hecho, un retroceso; se valoriza uno de los términos y se condena al otro, o se le hace sufrir una reducción a la realidad.

Así, el medio y la experiencia de la empresa se consideran los únicos importantes; el medio social general, la experiencia de la sociedad como tal y bajo sus múltiples aspectos ―sociedad política, cultural, etc.― ni siquiera se mencionan. La acción de los militantes “en la empresa” parece ser la única que realmente cuenta; cualquier otra acción se reduce a comunicar “informaciones y conocimientos”; el trabajo permanente que aspira a formular de manera universal el sentido de la experiencia de la sociedad, tanto mediata como inmediata, que tienen los trabajadores, se ignora. En la medida en que se reconoce que existe algo como una teoría revolucionaria, ésta aparece como una preocupación individual de ciertos militantes. El avance del proletariado hacia el socialismo toma así el aspecto de una maduración orgánica, y el papel primordial que han desempeñado y continúan desempeñando en su evolución las organizaciones y las luchas específicamente políticas, se escamotea.

Así, por ejemplo, el concepto de las relaciones de producción concretas y de la empresa, que Socialisme ou Barbarie situó muy pronto en el centro de sus análisis, va convirtiéndose, en manos de Lefort, en un concepto mítico que, llevado hasta el absurdo, acaba por dividir el mundo en dos. La vida de los trabajadores en la empresa se convierte en la única realidad, y todo aquello que no está “en” o es “de” la empresa resulta irreal y maligno a la vez.

Nosotros decimos, por el contrario, que de la evidencia común de que la empresa no existe fuera de, ni separada de la economía, del Estado, etc., en una palabra, de la sociedad globalmente tomada (y recíprocamente), hay que extraer todas las consecuencias; lo mismo que hay que extraer todas las consecuencias de otras evidencias no menos comunes: a) que los trabajadores se interesan apasionadamente también por lo que sucede fuera de la empresa, y que si no fuera así, toda discusión sobre el socialismo no sería más que charlatanería vulgar; b) que precisamente en ese terreno es donde es más difícil la formación de la experiencia de los trabajadores, donde encuentra más obstáculos, se enfrenta no sólo a la falta informaciones sistemáticamente organizada por el capitalismo y la burocracia obrera, sino también y sobre todo a la complejidad de la cosa misma y a la dificultad de elaborar un esquema global de comprensión, sin el que toda información que pudiese haber disponible por otra parte no sirve de nada.

(….)

Hemos de hacer notar aquí que las posiciones de Lefort se apoyan, en definitiva, en los mismos falsos postulados que las posiciones que cree combatir violentamente, es decir, los postulados de ¿Qué Hacer?. Las posiciones de Lefort están basadas en la idea de que no hay más que un único tipo posible de teoría de la sociedad, de programa, de actividad de elaboración y difusión de ideas: el tipo “leninista”, que ha de degenerar necesariamente en tipo estalinista o trotskista. Como ese tipo ―elaboración separada de la experiencia de los obreros, contenido abstracto falsamente científico, difusión convertida en adoctrinamiento― es condenable, no hay más remedio que condenar las actividades mismas de que se trata, o como máximo tolerarlas entre los “intelectuales”, entre los que constituyen un vicio incurable que hay que evitar sobre todo que se haga muy visible. Lefort, como Lenin en ¿Qué Hacer?, postula de hecho: 1) que el proletariado, por su experiencia propia, sólo se interesa por lo inmediato, y la única diferencia está en que lo inmediato ya no se define como “los intereses económicos” sino como “la empresa”; 2) que no hay más que un tipo de teoría, el que puede ejemplificarse en los escritos de Marx, Lenin, Trotski y sus resúmenes vulgarizados (en el mejor de los casos una teoría abstracta, alejada de la experiencia obrera, impenetrable para el proletariado; en el peor de los casos, una caricatura de teoría, una vulgarización mistificadora e instrumento de manipulación). Lenin consideraba malo lo primero y bueno lo segundo y Lefort hace lo contrario, pero su análisis es el mismo. Sus posiciones no son sino las posiciones de ¿Qué Hacer?, con los signos de valor invertidos.

De hecho, el problema fundamental de nuestra época es: cómo realizar por un camino distinto al del ABC del comunismo la fusión indispensable de la experiencia obrera y los elementos teóricos, ideológicos, etc., y solamente un iluminado o un charlatán podría pretender que sin esta fusión podría haber nunca transformación socialista de la sociedad. Nosotros decimos, por nuestra parte, no sólo que existe ese camino, sino mucho más: si se demostrase que no puede existir ese camino,  habría que abandonar de inmediato toda idea y toda discusión sobre el socialismo.

(…)

Decimos que si bien la experiencia del proletariado no le lleva automáticamente, inmediatamente, directamente y siempre hacia los problemas universales, hay sin lugar a dudas un enlace orgánico entre la experiencia del proletariado en la empresa y en su vida cotidiana y los problemas que conciernen globalmente a la sociedad. Decimos que es posible ayudar a la formación de una experiencia del proletariado relativa al todo de la sociedad, a partir de esa experiencia cotidiana. Decimos que poner ante los ojos del proletariado de una manera nueva y en nuevo lenguaje, de la mejor manera que sabemos, la experiencia global de la sociedad, el proyecto más radical para su transformación no es violar al proletariado sino, al contrario, contribuir al desarrollo de los potenciales que se constituyen en él orgánicamente. Esto supone, evidentemente, una transformación igualmente radical de la teoría revolucionaria misma, de su modo de elaboración y de exposición, del concepto de política y de militante.

(…)

El enlace orgánico entre la experiencia inmediata del proletariado y la experiencia más total de la sociedad se deriva de factores que expresan los caracteres más profundos de la sociedad moderna. Primeramente, el contenido mismo de la experiencia inmediata del proletariado le obliga a salir del marco de esa sociedad. Casi a cada instante, lo que sucede en la empresa remite al obrero a lo que sucede fuera de la empresa. Después, esa misma experiencia inmediata no queda confinada a la vida de la empresa: quiérase o no, el obrero es al mismo tiempo consumidor, elector, inquilino, soldado de reserva, padre de alumno, lector de periódicos, espectador de cine, etc. En tercer lugar, la experiencia global de la sociedad, aun siendo diferente de la experiencia inmediata del obrero, no es radicalmente otra, porque en definitiva representa los mismos modelos de relaciones sociales y de conflictos. Por ejemplo, las contradicciones en la empresa y las de la economía son de una misma naturaleza última, y esa identificación se convierte casi en una identidad inmediata en el caso del capitalismo burocrático integral. Porque el tipo de alienación que tiende a realizar la sociedad moderna es, en definitiva, el mismo en todos los terrenos. Ahí se encuentra el fundamento objetivo de la unidad de la experiencia de la sociedad, ya sea vivida por los mineros del Norte, los metalúrgicos de París, los empleados de banca, los profesores o incluso los investigadores científicos. Cierto que esa identidad no viene dada directa e inmediatamente, y que el sujeto final de su realización no puede ser sino la totalidad organizada de los trabajadores; pero también en este terreno, la organización es la instancia transitoria que permite su realización inacabada y que es pues, también aquí, una “prefiguración” de la sociedad socialista y de la revolución.

(….)

Cualquiera que sea la estructura de la organización, constatar que es preciso que posea una estructura determinada, es una perogrullada. En particular, a no ser que se trate de una agrupación cuya “actividad” se reduzca a la discusión o a la publicación de una tribuna libre, en cuanto se trata de hacer alguna cosa, es necesario que se tomen decisiones de una manera u otra; si se manifiestan opiniones divergentes, hace falta una regla que permita acordarlas. En general, desde que una agrupación supera unas dimensiones mínimas ―quince o veinte individuos―, no puede subsistir sin fijar unas normas de funcionamiento que permitan a sus segmentos comunicarse entre ellos, a cada uno de sus militantes saber lo que hacen los otros y valorarlo, al conjunto definir posiciones comunes y traducirlas en actividades comunes.

¿Cómo responde Lefort a estos problemas? Con un adjetivo o una negación: “la organización que conviene a los militantes revolucionarios es necesariamente dúctil”. Se basa sobre todo “en el rechazo de la centralización”. ¿Y además de eso? Nada.

Sería estéril tratar de imaginar, poniéndose en el lugar de Lefort, las soluciones positivas que se podrían descubrir en ese “rechazo de la centralización”. Si no nos dice nada es, seguramente, porque nada sabe, y menos aún sabemos nosotros. Pero desde el primer instante puede verse que “el rechazo de la centralización” significa inmediatamente el rechazo de la unidad de la organización y finalmente, en la práctica, el rechazo sin más de la organización, al menos en cuanto se trate de una organización para la acción.

Centralización no significa Comité Central. Centralización significa que el conjunto de la organización funciona aplicando decisiones generales a las materias de interés general. Significa que cada militante o cada célula no definen de forma independiente su política de cabo a rabo, sino que los puntos esenciales de esa política los decide la organización en su conjunto. Cosa que, desde luego, no nos dice todavía nada sobre la manera en que se toman tales decisiones. En una organización burocrática, política o sindical, al igual que en una empresa capitalista, las toma la alta dirección, la cumbre formada por jerarcas inamovibles. En una organización revolucionaria, como un Soviet o un Consejo de empresa, han de ser tomadas por el conjunto de los participantes (democracia directa) y cuando eso no sea materialmente posible, por sus delegados elegidos y revocables. Pero una Asamblea general que vota, un Consejo de empresa, son centralización: deciden por todos y sus decisiones son obligatorias para la minoría.

(….)

En realidad, el problema fundamental de una organización de tipo socialista ―ya se trate de la organización de la sociedad, ya de una minoría de militantes revolucionarios bajo el régimen de explotación― es efectuar el paso de la cooperación dentro de un taller o una célula a la coordinación de las actividades de conjuntos más amplios y que sobrepasan fatalmente el medio inmediato y la cooperación “elemental”. El problema no es simplemente oponer la “cooperación espontánea” de los obreros al “formalismo de las reglas y la inanidad de los aparatos de dirección”. Como hemos demostrado ampliamente en esta revista, eso es algo que ha hecho ya sobradamente la sociología industrial. La misión del proletariado es organizar la sociedad de forma socialista allí donde por definición no puede existir la “cooperación espontánea”. Ese es el terreno en el que vencerá o fracasará la revolución socialista. Nuestra tarea, en cuanto revolucionarios, es mostrar que es posible una organización socialista no sólo del equipo o del taller, sino de la economía, del “Estado”, de la sociedad en su conjunto. Y también, demostrarlo en la práctica, resolviendo el problema de una organización que supere el marco del grupo “elemental” y no negándolo, como hace Lefort.

Cuando, como en el resto del texto citado, se da a entender que fuera de la “cooperación espontánea” no existe nada más que “el formalismo de las reglas y la inanidad de los aparatos de dirección”, se puede creer que se ha llegado al summum de la visión revolucionaria, cuando precisamente se ha optado, de hecho, por la concepción  más burguesamente posible. Porque, como nadie podría pensar ni por un segundo que la coordinación del conjunto de las actividades sociales pueda realizarse mediante la cooperación espontánea de cuarenta millones de individuos, la única solución es precisamente…..la construcción de un aparato burocrático de dirección. Podría criticarse su inutilidad, o deplorar su existencia; pero en ambos casos serían lamentaciones sin ningún contenido objetivo. Porque la inevitabilidad de un aparato burocrático de dirección deriva de la manera misma en que se plantea el problema, salvo que se pretenda regresar al “estado de naturaleza” y decretar la descomposición de las sociedades modernas en tribus, dentro de las cuales la cooperación espontánea bastaría para resolver los problemas.

La concepción socialista es precisamente la opuesta: considera que los trabajadores pueden crear, apoyándose en su organización elemental espontánea y yendo más allá de ella, una estructura que englobe el conjunto de la sociedad y sea capaz de dirigirla, una estructura que sea precisamente algo distinto de un aparato de dirección separado. Si eso no fuera cierto, toda la crítica de la burocracia sería mera charlatanería moralizante. Es triste tener que recordar a unos sociólogos que toda discusión sobre la sociedad presupone que la sociedad existe de manera distinta a una yuxtaposición de grupos elementales y una milagrosa coincidencia de cooperaciones espontáneas. Es triste tener que recordar a unos marxistas que la concepción socialista consiste precisamente en rechazar el dilema típicamente burgués entre la cooperación espontánea y los aparatos de dirección.

Ser socialista significa, quizás antes que cualquier cosa, rechazar la idea de que existe un maleficio en la sociedad y la organización como tales; rechazar la falsa alternativa de los Molochs burocratizados y despersonalizados y las verdaderas relaciones humanas reducidas a una decena de personas; creer que está dentro de las posibilidades humanas crear instituciones que puedan comprender y dominar, a escala de la sociedad entera y a la de una organización política.


[i]               Notas

[i] Esa crítica se publicó por primera vez en un artículo del segundo número de la revista Socialisme ou Barbarie (mayo-junio de 1949) intitulado “Les rapports de production en Russie” (depués incluído en el libro de C. Castoriadis, La société bureaucratique,. Paris, Christian Bourgois, 1990. pp. 159-214 [nueva edición]. Hay traducción al español en La sociedad burocrática, vol. 1: Las relaciones de producción en Rusia, Barcelona. Tusquets, 1976).

[ii]     Este programa fue ampliamente descripto en “Sur le contenu du socialisme”, publicado en el número 22 de Socialisme ou Barbarie (julio-septiembre de 1957) y después incluído en Le contenu du socialisme, París, Union Générale, 1979, pp. 103-221. Hasta donde sé, no existe traducción al castellano, pero sí al portugués: “Sobre o conteúdo do socialismo II”, en Socialismo ou barbárie: o conteúdo do socialismo, São Paulo, Brasiliense, 1983, pp. 75-156.

[iii]              Anton Pannekoek (1873-1960) fue un renombrado astrónomo holandés y teórico de la corriente del comunismo de los consejos. En los primeros años del siglo XX fue activo militante de las corrientes de izquierda del Partido Socialdemócrata Holandés (con Herman Gorter) y del Partido Socialdemócrata Alemán (al lado de Rosa Luxemburgo), teniendo algunas
participaciones importantes en los debates de la II Internacional. Fue uno de los primeros críticos marxistas de izquierda del régimen ruso, y sobre todo teórico de la autoorganización de los trabajadores en la forma de los consejos obreros. Escribió Lenin Filósofo (1938) [Publicado en español en La Izquierda Comunista Germano-Holandesa contra Lenin, París, Espartaco Internacional, 2004] y Los Consejos Obreros (1946) [Buenos Aires, Proyección, 1976].

[iv]              A. Pannekoek, Worker’s Concils, Edinburgh, AK Press, 2003, p. 62 (se trata de una reedición de la versión inglesa traducida y ampliada del original holandés por el propio Pannekoek y publicada entre 1947 y 1949 en el periódico australiano Southern Advocate for Workers’ Councils).

[v]     Ibid. p. 90. Más adelante, Pannekoek señala, en cambio, que en una sociedad comunista los partidos pueden adquirir un papel legítimo: “Aquellos que tienen las mismas ideas formarán grupos para discutirlas para su propio provecho, así como para propagarlas para la ilustración de sus compañeros. Tales grupos podrán ser denominados partidos, pero su carácter será totalmente diferente del de los partidos políticos del mundo anterior. […] La unidad de propósito sólo puede ser alcanzada por la disputa espiritual de opiniones divergentes. La importante función de los partidos será entonces  la de organizar la opinión; sintetizar, por medio de la discusión, las ideas emergentes en formas concisas; clarificar esas ideas; mostrar los argumentos de forma comprensible, y a través de la propaganda ponerlos a conocimiento de todos.  Sólo de esa manera los obreros en sus asambleas y consejos podrán juzgar su verdad, sus méritos, su praticabilidad, en cada situación, y tomar la decisión con una clara comprensión.” (p. 92).

[vi]    Esta carta fue publicada en el número 14 de Socialisme ou Barbarie (abril-junio de 1954), y más recientemente reeditada como “La première lettre de Pannekoek” en Pierre Chalieu (Cornelius Castoriadis) – Anton Pannekoek: Correspondance, 1953-1954, París, Echanges et Mouvement, s.d. [2001], pp. 12-13.

[vii]    “Réponse au camarade Pannekoek” publicado originalmente en el número 14 de Socialisme ou Barbarie (abril-junio de 1954), y después reproducido en L’éxperience du mouvement ouvrier, tome 1, París, Union Général, 1974, y también en Pierre Chalieu (Cornelius Castoriadis) – Anton Pannekoek: Correspondance, 1953-1954, Paris, Echanges et Mouvement, s.d. [2001] pp. 15 y 17. Hay traducción al español: “Respuesta al camarada Pannekoek”, en La experiencia del movimiento obrero, vol. 1: cómo luchar, Barcelona, Tusquets, 1979, pp. 195-214.

[viii]            “Organisation et parti”, publicado originalmente en el número 26 de Socialisme ou Barbarie (noviembre-diciembre de 1958) y reproducido después en Éléments d’une critique de la bureaucratie, París, Gallimard, 1979, pp. 103-104, 110-111.

[ix]    “Prolétariat et organisation II” publicado originalmente en el número 28 de Socialisme ou Barbarie (julio-agosto de 1959) y reproducido luego en L’éxperience du mouvement ouvrier, tome 2, París, Union Général, 1974 (Traducido al espanhol como “Proletariado y organización II”, en La experiencia del movimiento obrero, vol. 2: proletariado y organización, Barcelona, Tusquets, 1979, pp. 141-184).

[x]              Ibid. pp. 221-222.

[xi]              La carta de Pannekoek a Castoriadis del 10 de agosto de 1954 se ha extraviado (nota de la trad.).

[xii]             La referencia es al libro de Maximilien Rubel Karl Marx, Ensayo de una biografía intelectual. Pannekoek era altamente crítico del marxismo de Rubel (nota de la trad.)

Leave a Reply

*

captcha *