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Democracia Socialista/Corriente Surcos/El Avispero-Bartolina Sisa/ La Emergente

Las condiciones del triunfo electoral macrista

Macri asumió la presidencia con un triunfo sobre su rival Daniel Scioli por un escasa diferencia de 2 por ciento de los votos. La campaña electoral de Cambiemos estuvo basada en una propuesta de tipo institucional, que hacía hincapié en la transparencia, la tolerancia y poco más, prometiendo mantener programas sociales y que empresas como YPF o Aerolíneas seguirían siendo estatales. Además, para seducir a parte del electorado popular, hizo una serie de gestos, atípicos para un liberal asociado al gorilismo, de reconocimiento del movimiento peronista. Este giro de su campaña se debió a la imagen positiva que mantenía la presidenta Cristina Fernández y a la aprobación de una serie de políticas públicas, incluida las mencionadas así como la estatización de las AFJP o la política de DDHH. El mismo Scioli, que había comenzado su campaña electoral a principios de 2015 bajo el color naranja, fue virando hacia el azul y blanco clásico del FPV. En conclusión, estos giros discursivos tuvieron de base el hecho de que por primera vez un recambio presidencial se dio sin crisis económicas agudas o eventos políticos extremos y con aprobación fuerte de una serie de medidas de gobierno de corte inclusivo y redistributivo.  Al mismo tiempo, la oposición aprovechó la fatiga de la gestión kirchnerista, que no logró domesticar la inflación y la fuga de divisas, fruto del agotamiento de un esquema de acumulación basado en la demanda interna pero de libre mercado en un nuevo contexto internacional de caída de los precios y caída de la demanda. También, por la presión que sobre esta situación ejerció la persistente publicidad de los grandes medios de comunicación y su influencia sobre capas medias y altas que fue desbordando hacia la opinión pública, basada en los temas de corrupción, autoritarismo y no respeto a las instituciones.

En una perspectiva de más largo aliento, es preciso reconocer que el propio kirchnerismo socavó las capacidades de movilización e intervención independiente de los sectores populares, generando una correlación de fuerzas favorable a la clase dominante. El gobierno saliente reconstituyó el consenso social capitalista mediante un proceso de integración estatal de demandas, deteriorando niveles de conflictividad, organización y lucha. Esto también explica que los sectores dominantes percibieran condiciones para iniciar una contra-ofensiva conservadora. Por otro lado, hoy la dinámica del capital impone sobre la política argentina sus históricos ciclos de alzas y bajas, que afectan de manera periódica al globo y en forma más virulenta a las economías periféricas. Combinados estos factores, se pusieron de manifiesto los límites del modelo de “desarrollo con inclusión”, que no cuestionó los pilares del capitalismo o significativamente del neoliberalismo y que se basó más en la verticalidad de la decisión estatal que en la lucha popular.

Las bases de apoyo del nuevo esquema de poder

El macrismo asume la presidencia, entonces, siendo una minoría  en la Cámara de Diputados y , especialmente, en el Senado. Con un margen tan estrecho sobre Scioli, el fantasma de la ingobernabilidad y del final de De la Rúa, empujaron a la nueva administración a conquistar autoridad en el menor tiempo posible y aprovechando la “luna de miel” de los primeros 100 días. Se propuso entonces  derrotar a la oposición kirchnerista (a la que no había podido hacerlo en la compulsa electoral), sumar mayorías aunque sean precarias en el legislativo, depurar el aparato de Estado, obtener mayoría en la Corte Suprema  y avanzar hacia la consolidación de un nuevo sentido común en ruptura con la lógica kirchnerista basada en los “derechos” y lo “público” para ir asentando otra marcada por la “eficiencia”, la “transparencia”, la “responsabilidad” y el “orden”.

Es esta falta de mayorías electorales y parlamentarias la que llevó a Macri, a pesar de su retórica “republicana”, por el camino del decretazo limpio. Su eje fue asentar su gobierno en factores claros de poder para darle sustento y expansibilidad a su gobierno. Y lo encontró, de la misma manera que lCarlos Menem luego de dos años de hiper-inflación e inestabilidad, en su acuerdo con las grandes corporaciones, el FMI y el gobierno de los EEUU. En pocos días tomó medidas de apoyo a la burguesía agraria, la burguesía industrial exportadora, las empresas privatizadas de servicios, mineras y financieras (quita de retenciones, devaluación, liberación del comercio exterior, disolución de la AFSCA en favor del Grupo Clarín, entre otras medidas). Y favoreció al conjunto de la clase capitalista mediante el mecanismo devaluatorio-inflacionario, que implicó una transferencia de riqueza social desde los asalariados hacia el capital. Es decir, frente a la puja distributiva de los últimos 4 años, que estaba en la base del proceso inflacionario, el gobierno decidió dar un giro brusco y ganar apoyo rápido de la clase capitalista.

A su vez, el guiño hacia los dirigentes de la CGT con la promesa de devolución de los fondos adeudados de las obras sociales y la modificación cosmética del impuesto a las ganancias tiende un puente de plata para negociar a la baja en las paritarias. Esta situación, de realizarse, consolidaría un esquema parecido al del menemismo, en una alianza tácita entre los grandes grupos capitalistas, la clase media y media alta antiperonista y sectores de la aristocracia obrera y la dirigencia sindical.

En paralelo, el gobierno busca de un rápido acuerdo con los fondos buitres para allanar el camino para negociar con el FMI una nueva ronda de endeudamiento. De esta manera busca nuevas bases de poder sobre las que asentarse, resolver la crítica situación de falta de divisas y, mediante una nueva ronda de endeudamiento, darle capacidad expansiva a su gestión.

Mientras el kirchnerismo encontraba su base de sustentación en la combinación de mayorías parlamentarias y presidencialismo, el papel del Estado como garante del compromiso de clases (apoyado por una fuerte presión fiscal) y un bloque político sudamericano relativamente fuerte, el macrismo intenta una brusca modificación de estos pilares en el sentido antes mencionado.

Pero no está claro que pueda lograrlo. Para ello se dio a la tarea de modificar rápidamente la relación de fuerzas sociales y políticas. Sus medidas encontrarán resistencia, la primera de ellas las paritarias de los próximos dos meses. Pero también resistencia legislativa. En definitiva, la posibilidad de alcanzar dichos logros será el subproducto de una lucha política en la que el macrismo decidió apoyarse en los factores de poder, el FMI, el gobierno de EEUU y la burocracia sindical.

Hasta ahora el macrismo logró romper el bloque del FPV y esterilizar al massismo, sobre todo basado en la estructura muy poco federal del sistema fiscal argentino, que le da un poder discrecional al Poder Ejecutivo que no existe en otros países y que favorece los acuerdos legislativos favorables al presidente. También parece tener apoyo de la actual Corte Suprema y de amplios sectores del Poder Judicial, que entraron en rebelión contra el kirchnerismo cuando éste intentó una tibia reforma del Consejo de la Magistratura, que afectaba muy parcialmente sus intereses de casta. Por último, el gobierno ha dado señales muy claras en relación a su política internacional, abriendo una nueva etapa en las relaciones exteriores, ligadas directamente a los intereses de EEUU y de la Unión Europea con quienes se propone avanzar en los acuerdos de un mercado común y de los que pretende apoyo tanto para atraer inversiones como para la aprobación de créditos por parte del FMI. 

La dinámica de lo impensado

Como dijimos antes, no es posible saber si tendrá éxito o no. El arte de la política es la creación de nuevas relaciones de fuerza. El macrismo tuvo la claridad de comprender que nunca se es preso de las relaciones existentes, sino que se las puede modificar. No es que la hegemonía kirchnerista no haya existido o que haya sido demasiado débil. Como dijimos, nunca antes un gobierno alcanzó los 12 años completos de mandato y ha finalizado con tanta imagen positiva e incuso un activo de cientos de miles de personas que fueron a despedirla a Cristina a Plaza de Mayo dos días antes de finalizar su mandato. Es que ante el agotamiento de su capacidad expansiva, surgen nuevas alternativas y opciones que intentan reescribir la historia, ganar consenso sobre los caminos posibles y reconfigurar las ideologías y los sentidos discursivos que fueron pilares de la gobernabilidad kirchnerista. Y pueden hacerlo porque, aunque no existe una crisis aguda como los episodios de hiper-inflación, saqueos y derrumbe de las instituciones políticas como hemos vivido en transiciones anteriores, sí existe un claro agotamiento de las condiciones que hicieron posible al kirchnerismo en cuanto tal. Condiciones de la economía internacional, los precios de las materias primas, la demanda mundial de alimentos, etc., pero también de las condiciones internas que la posibilitaron: crisis de la inversión pública y de las reservas, contradicción entre demanda expansiva y sistema productivo estrecho, primarizante y dependiente, que profundizó la extranjerización de la economía y la especialización agroindustrial, incapacidad estatal para dirigir la inversión, crisis energética provocada por la demora en intervenir, entre otros factores. La influencia hasta cierto punto regresiva del kirchnerismo en la lucha de clases, que desmovilizó a los sectores combativos, sumada al ciclo económico, generaron un desgaste de las bases sociales de la lógica política kirchnersita. Todas estas contradicciones ponen en cuestionamiento los pilares del distribucionismo y el reformismo social, toda vez que se debilita el poder fiscal para hacerlo y se requiere adoptar medidas de endeudamiento y de inversión extranjera que contradicen su propio discurso. En ese marco, la emergencia de una oposición “republicana”, que denuncia el “populismo” como falsa solución, y promete “desarrollo e inversión” basadas en otra lógica de acumulación pero conservando algunas de las medidas anteriores, apoyada por una oposición social y cultural de peso al peronismo (repite), se ve en condiciones, precarias pero de gran potencialidad, para avanzar con consenso social por otro camino. Eso sí, siempre y cuando supere la resistencia social y alcance sus objetivos. Como dijimos es una lucha abierta que recién comienza.

El kirchnerismo en proceso de crisis y reestructuración

El kirchnerismo, habiendo perdido el gobierno, pasa a ser una pata más del peronismo y no está claro si mayoritaria o no. El debilitamiento de sus posiciones es un hecho inevitable, pues ha perdido el gobierno del país y de la provincia de Buenos Aires. La ruptura del bloque de diputados y la emergencia de otros líderes provinciales que aspiran a conducir el partido, son algunos indicadores de esta pérdida de poder. Es su peor momento. Pero el kirchnerismo es también una mística, una juventud militante y un liderazgo que, si fracasa el macrismo, tendría la posibilidad de retornar como “víctima de las corporaciones” y relanzar el país en un sentido refundacional. Es decir, tiene un activo y una potencialidad muy fuerte y esto significa que podría ser el principal competidor para la emergencia de un movimiento político a su izquierda, tenga el carácter que tenga. Además, al estar en la oposición, será parte de los reclamos y demandas de las que estaba ausente cuando era gobierno. Tendrá una agenda de oposición amplia y militante, competirá palmo a palmo y ocupará un espacio de centroizquierda importante. Pero también tiene contradicciones que lo hacen inestable. Depende de la capacidad de liderazgo de Cristina y de sus posibilidades electorales, nunca peleó en el llano y nunca se construyó sin el empujón del Estado. ¿Hasta qué punto los sectores activos y que se oponen al macrismo tendrán a La Cámpora y otras agrupaciones afines como dirección política indiscutida? Por ejemplo, uno de los fenómenos más dinámicos hoy en día (junto al movimiento obrero que resiste el ajuste, en especial los trabajadores estatales), lo constituyen las “Plazas del Pueblo”, un movimiento heterogéneo que reivindica en general al kirchnerismo pero que lo excede y no está exenta de cuestionamientos o balances críticos sobre su derrota o sus debilidades. A su vez, son sectores muy movilizados, muchos de ellos estatales, docentes, estudiantes, artistas o intelectuales que movilizan energías que no está claro aún que representación política tengan. Son un campo de disputa, de diálogo y debate en torno a los caminos de la resistencia social al macrismo pero también de los límites y debilidades del kirchnerismo. En conclusión, plantean de manera práctica, un dilema estratégico a la izquierda en el próximo período: qué relación tener con el kirchnerismo en la oposición y de qué manera es posible construir un movimiento independiente a su izquierda.

La apuesta por un amplio movimiento político de izquierda

Es impostergable la construcción de una alternativa organizativa que pueda ofrecer un campo político diferenciado de la derecha gobernante y el kirchnerismo opositor. El 2001 no tuvo una expresión unitaria que proyectara en el plano político la contestación social que se desarrollaba en amplios sectores de la sociedad y eso allanó el terreno para ese “hijo distorsionado” de 2001 que fue el kirchnerismo. Paradójicamente, el macrismo es también hijo político de 2001: interpretación derechista del derrumbe del bipartidismo y de la crítica a “los políticos”, “nueva derecha” caracterizada por una ideología tecnocrática y post-política (y suaves rasgos populistas).
La construcción de una alternativa política es irreductible al simple crecimiento lineal de alguna organización del campo de la izquierda revolucionaria. Requiere procesos amplios de fusión con fenómenos populares, donde las experiencias unitarias de las corrientes radicales y anticapitalistas cumplen un rol fundamental. A su vez, exige superar tanto los rasgos basistas y movimientistas de buena parte de la militancia social, como las lógicas de auto-construcción sectaria, hostil a experiencias genuinas de reagrupamiento, de las fuerzas dominantes de la izquierda política. El FIT podría haber contribuido en la construcción de esta alternativa, pero no ha logrado superar su auto-limitación sectaria. No ha logrado confluir con el carácter plural del movimiento popular de nuestro país y ni siquiera ha podido liderar a un amplio abanico de fuerzas sociales y políticas de izquierda.

Para construir una nueva experiencia política en nuestro país es necesario comenzar por estructurar políticamente ese espectro de organizaciones sociales que podrían ser el embrión de una izquierda anticapitalista no sectaria, democrática, abierta a dialogar con las tradiciones plebeyas y populares. Esta “nueva izquierda” no debería regalarle al kirchnerismo el nuevo clima de “deliberación social” que se inició en el balotaje y que ahora tiende a convertirse en resistencia social contra el ajuste. Y tampoco puede conformarse con su auto-construcción como tendencia política, sino que debe apostar a ser parte de un referente político amplio para el nuevo ciclo de luchas que se avecina. Es preciso interpelar a los sectores sociales que se politizan en el anti-macrismo militante, y que el kirchnerismo no logrará encuadrar completamente. Para esto, es importante administrar de manera virtuosa la tensión entre la interpelación activa a núcleos progresivos del sentido común (muchas veces favorables a algunos procesos de inclusión social y ampliación de derechos desplegados en los últimos años), con la construcción de un horizonte socialista que necesariamente deberá ir más allá de los tibios límites del capitalismo nacional y del neodesarrollismo, delimitándose, de modo no sectario, de la experiencia kirchnerista.

Un bloque popular, democrático y de izquierda que sea una referencia para los luchadores y los movimientos sociales, que aglutine a los dirigentes sindicales combativos, a la intelectualidad de izquierda, a las corrientes políticas revolucionarias favorables a las confluencias unitarias, y a todos los sectores sociales, sindicales y políticos dispuestos a construir un canal de oposición a las políticas de ajuste que preparan las clases dominantes.  Tal como lo demuestran las experiencias radicales de Venezuela y Bolivia o la nueva izquierda europea, es posible que una oposición con vocación de poder, alternativa al kirchnerismo y al macrismo, no provenga simplemente del crecimiento de una organización revolucionaria (o de un frente entre organizaciones revolucionarias), sino que implique la participación en fenómenos populares amplios, dentro de los cuales será necesario dar batallas para el desarrollo de las posiciones anti-capitalistas y socialistas consecuentes. En un contexto de acumulación de fuerzas, las corrientes anticapitalistas deberán aprender a construir lentamente una referencia que vuelva a instalar el socialismo como horizonte político de masas, sin caer en la adaptación a direcciones reformistas; pero al mismo tiempo sin enajenarse a las experiencias de masas, aprendiendo a interpelarlas, traccionarlas y confluir con ellas. En cualquier caso, este bloque social y político no puede dejar de dialogar con el movimiento popular y sus tradiciones, incluida parte de  la base social del kirchnerismo y debe apostar por la más amplia unidad de lucha (democrática, sindical, DDHH) para frenar el avance restaurador. Desde esta política unitaria y consecuente es desde donde mejor se pueden marcar los límites de la experiencia kirchnerista y la necesidad de superar el reformismo social y el esquema neo-desarrollista.

Considerando la descomposición de todas las experiencias de centroizquierda no kirchnerista y las dificultades del FIT para liderar una amplia oposición social y política, hoy queda parcialmente vacante el espacio para construir una nueva representación política de las clases populares. Hasta el momento, la izquierda social e independiente no tuvo la iniciativa y la densidad política como para ocupar ese espacio. Puede abrirse ahora otra oportunidad y surgir un nuevo aliento para el surgimiento de una izquierda radical no sectaria. Pueblo en Marcha y otras organizaciones de la izquierda social e independiente debemos tener claridad y una orientación política capaz de dar batalla por este bloque político a la izquierda del kirchnerismo. Pero sin tener claro el amplio terreno para la unidad en la acción contra el gobierno macrista y sin iniciativa política audaz y no sectaria no habrá forma de superar los esquemas intelectuales, teóricos y también de sentido común en algunos sectores de la vanguardia que no pueden salir de la denuncia testimonial. Sin ella, no habrá forma de ser protagonistas de la recomposición de este amplio bloque a la izquierda del kirchnerismo.

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