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Por Martín Mosquera, militante de Democracia Socialista

La convocatoria de Maduro a una nueva “asamblea constituyente” puede imprimirle un giro fundamental a la coyuntura venezolana, que tendría impacto en una región atravesada por la restauración conservadora en curso. Hasta ahora Maduro tenía un único pero fundamental mérito: no capitulaba ante la ofensiva derechista/fascista. Pero resistía con torpeza, métodos burocráticos (interviniendo el parlamento desde el TSJ, desatendiendo la movilización social, desfinanciando las estructuras comunales) y concesiones a las clases dominantes que se basaban en la expectativa ingenua de que por ese medio se podía amortiguar la ofensiva derechista (como en el Arco Minero del Orinoco o la ridícula donación a Trump). No llegó al punto de intentar ampliar su base de sustentación política incorporando a partidos burgueses a la coalición de Gobierno (como pretendió Allende con la DC), pero sí se fue cerrando en torno a los sectores más burocráticos del PSUV, sobre todo al ala militar. En este cuadro, la revolución bolivariana solo podía ir muriendo de a poco.

La convocatoria de ayer da un giro que evoca los momentos más radicales del gobierno de Chávez: ante la avanzada fascista, el contra-golpe basado en la movilización de masas. Como decía un viejo marxista, a veces “la revolución necesita del látigo de la contra-revolución”. Y la respuesta a la avanzada fascista parece volver a ser la convocatoria a la movilización popular para reimpulsar el proceso. Por primera vez, vemos de parte de Maduro una orientación que parece fiel al “testamento político” de Chávez (“Golpe de Timón”), que convocó a romper con la burocracia interna y avanzar hacia lo que denominaba un “Estado comunal”. El alcance real de la iniciativa está por verse.

La nueva constituyente parecería tener por objetivo principal la consolidación del “poder comunal”, en detrimento del parlamento tradicional controlado por los representantes políticos de la burguesía. Si nos abstraemos un momento de la lucha política inmediata, “el Parlamento Comunal” recuerda a las propuestas austro-marxistas de combinar una asamblea legislativa basada en el sufragio universal junto a una “cámara social” basada en representantes provenientes de la autogestión. Es decir, esta propuesta contiene elementos potencialmente valiosos para delinear una democracia socialista que evite el “socialismo de Estado” o el régimen de partido único. Volviendo a la más prosaica coyuntura venezolana, resulta estratégico que esta apuesta al “poder comunal” se apoye sobre estructuras populares reales y no se muestre como un mero ardid burocrático.

Esta iniciativa, además, es una respuesta inteligente a la ofensiva derechista, que contrasta con la torpeza de la intervención del parlamento desde el TSJ (¡desandada horas después!). Ayuda a desarmar la crítica “anti-autoritaria” de la derecha que se hacía fuerte por el repliegue burocrático del Gobierno. Esta convocatoria puede permitir recuperar músculo social, enfrentar la desafección popular y sentar las bases para una nueva “conquista de la mayoría” social, que el chavismo perdió en los últimos años. Estamos, es necesario advertirlo, ante un final abierto: solo una gran movilización de masas permitirá ganar las elecciones constituyentes en este escenario tan desfavorable.

Restan clarificar muchos puntos abiertos, donde posiblemente veamos claroscuros. Cuál va a ser el papel real de la movilización y la auto–organización social en esta nueva estrategia, más allá de las dinámicas plebiscitarias de apoyo al liderazgo de Maduro; cómo se van a elegir los candidatos constituyentes; qué rol van a tener allí los sectores militantes, combativos, revolucionarios, en relación a los sectores burocráticos, cuál va a ser el poder real de las estructuras comunales, etc. En estas cuestiones se va a dirimir si estamos frente a un contra-golpe que radicaliza cualitativamente el proceso (como en 2002 o 2004) o ante una medida limitada donde siguen dominando las tendencias y los métodos burocráticos.

Saber valorar el cambio táctico del Gobierno no puede significar invisibilizar las dificultades y limitaciones que sigue enfrentando el proceso. No basta con conservar el Gobierno y cierta fuerza social de apoyo (el “poder popular”): es necesario romper definitivamente con las clases dominantes, lo que incluye, naturalmente, a la “boliburguesía”. Fundamentalmente: nacionalizar el sector bancario y la distribución de alimentos (la empresa Polar). Ya desde 2004 se controla efectivamente PDVSA, es decir, el sector estratégico de la economía. La guerra económica, el desabastecimiento, el sabotaje de la burguesía no puede ocultar un punto elemental de cualquier análisis marxista: si no se rompe definitivamente con el metabolismo social capitalista, cualquier política redistributiva genera, a largo plazo, una interrupción de las condiciones de la acumulación capitalista y, por tanto, una desorganización general de las relaciones sociales (inflación, huelga de inversiones, etc.). Eso es lo que hemos visto en Venezuela desde que se terminaron los precios exorbitantes del petróleo.

Sin estas medidas, solo estaremos ganando tiempo. Sin una verdadera radicalización democrática y anticapitalista de la revolución bolivariana no solo no hay “socialismo del siglo XXI” sino siquiera respuesta eficaz a la derecha y al golpismo. Por el momento, estamos ante un giro relevante y progresivo de la situación. Pero siguen siendo grandes y complejos los retos por delante que permitirán un verdadero triunfo revolucionario. Como se dijo una vez en la Tricontinental: revolución socialista o caricatura de la revolución. En último término, la alternativa es exhaustiva. Depende de la lucha.

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