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Martín Mosquera

Las elecciones presidenciales y legislativas de este año en Francia probablemente hayan marcado el fin de toda una época histórica. Las tensiones que se condensaron allí indican un conjunto de problemas que atraviesan desigualmente al conjunto de los países europeos y que probablemente estén indicando una reorganización de largo plazo del campo político: crisis del sistema de partidos, desafección social, crecimiento de la extrema derecha, declive de la socialdemocracia, aparición de nuevas formaciones políticas de izquierda. Esta crisis de fondo se manifiesta en una serie de “accidentes imprevistos” que paradójicamente, cada vez más, parecen ser la regla en Europa y los países capitalistas centrales. Basta ver el caso reciente del Reino Unido, que trascurrió los últimos dos años de sorpresa electoral en sorpresa electoral: victoria de Jeremy Corbyn en la interna del Laborismo, triunfo del Brexit en el referéndum, nueva victoria interna de Corbyn contra el intento de “golpe de estado” del aparato blairista y, recientemente, el sorpresivo derrumbe electoral de Theresa May y el excelente desempeño laborista. Grecia, España, Italia fueron otros capítulos de este fin de época que se delinea paulatinamente en el sistema de partidos emergido de la posguerra europea.

La crisis política es el efecto de superficie del progresivo desmantelamiento del viejo Estado social como medio para restablecer la rentabilidad empresaria y la competitividad europea en el mercado mundial. Es decir, de la ofensiva neoliberal contra las conquistas sociales históricas, aun cuando los mecanismos de construcción de consenso en torno a estas reformas están profundamente horadados. Podríamos pensar que la gobernabilidad neoliberal se acerca a una situación de “dominación sin hegemonía”, lo que explica las recurrentes crisis políticas de distinto tipo que surgen en el viejo continente.

El trayecto hacia la primera vuelta presidencial francesa liquidó a todos los candidatos “naturales” de los dos partidos tradicionales (Hollande, Valls, Sarkozy, Juppe), vio la aparición fulgurante del candidato de izquierda Melenchon (que estuvo cerca de colarse en la segunda vuelta) y la eclosión, por fuera de los partidos, del “populismo de extremo centro” de Emmanuel Macron,   ex banquero de la Rothschild  y ministro de finanzas del Presidente saliente Hollande. Los dos partidos tradicionales (la derecha gaullista y el PS) quedaron por primera vez en la historia de la V República fuera de la segunda vuelta. El único elemento previsible es, también, el más relevante en la modificación de largo plazo del sistema político francés: la consolidación de la extrema derecha del Frente Nacional, es decir el éxito parcial de su estrategia de “desdiabolización”.

En el país “político” por excelencia se enfrentaron tres formas de “populismo” anti-establishment que capitalizaron el descontento social con la clase política: el “neoliberalismo progresista” extra-partidario de Macron, el “nacionalismo republicano progresista” de Melenchon, la extrema derecha, de origen fascista, de Le Pen. A su vez, en los dos partidos tradicionales se operaron cambios sustantivos: en Los Republicanos (formación de la derecha tradicional) se impuso un candidato radical ultra-católico, Fillon, que rompió con la tradición moderada y nacionalista del gaullismo francés (trayecto que ya había iniciado Sarkozy durante su presidencia); en el PS, por su lado, se impuso un candidato del ala izquierda del partido, que expresó el descontento de la base socialista con el curso neoliberal de su partido.

La aparición de una fuerza “centrista” en torno a Macron, una especie de partido demócrata a la italiana o americana, es un proceso conectado con la progresiva transformación burguesa de la socialdemocracia que lleva varias décadas (principalmente, desde el giro al “rigor” de Mitterrand en 1983). Sus principales arquitectos actuales son bien conocidos. Manuel Valls (Primer Ministro de Hollande) ya había declarado en varias ocasiones que “había que liquidar todas las referencias socialdemócratas”. El mismo Macron, cuando era ministro, llamaba al abandono de “todas las antiguallas de la izquierda”. Sin embargo, el derrumbe del Partido Socialista condujo a que esta nueva fuerza se conformara desde su exterior (aun si se construyó en torno a un exministro socialista e incluyó a dirigentes provenientes del aparato del PS). El rol futuro del PS está en duda: subalternizado dentro de la nueva fuerza macronista o pasokizado como una fuerza marginal del sistema político.

No se puede subestimar la derechización de largo plazo de la sociedad francesa cuando un 70% vota opciones neoliberales o derechistas y la izquierda consiguió su porcentaje más bajo en la historia de la V República (27,7%). La actual crisis de la izquierda es también el eco de una crisis más profunda del conjunto del movimiento obrero francés, históricamente poderoso. Estamos ante el fin de la denominada “excepcionalidad” francesa que residía en la supervivencia de un fuerte Estado social, un poderoso movimiento obrero y una socialdemocracia escorada unos grados a la izquierda de sus pares europeos. Este sostenido corrimiento social a la derecha responde a tendencias profundas: degradación de las conquistas y las condiciones de vida de la clase trabajadora, reflujo del ciclo de luchas de 1995-2006, profundización de la capitulación neoliberal del PS, consolidación del quiebre cultural con la colectividad musulmana. Los últimos atentados yihadistas, a su vez, generan una oleada de racismo en las clases populares y una profundización de todas estas tendencias.

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La victoria de Macron preanuncia una intensificación de la ofensiva neoliberal, como se evidencia en los proyectos de desmantelamiento de la legislación laboral que están en carpeta. Es decir, se viene un nuevo intento de impulsar grandes reformas liberales que logren torcer la resistencia social y pongan al país galo en la estela de la Alemania post Schoeder o del Reino Unido post Thatcher. Durante la campaña para la segunda vuelta (entre Macron y Le Pen) se generalizó la consigna “Macron en 2017 es Le Pen en 2022”. Efectivamente, una presidencia del especialista en inversión bancaria puede ser la “pista de aterrizaje” ideal para el FN. La extrema derecha se nutre del desamparo y la insatisfacción que genera la ofensiva neoliberal , tramitados en clave racista y anti-inmigrante. Hay que tener en cuenta que el FN articuló una brillante operación “gramsciana-laclauiana”: la reapropiación de los “significantes” clave de la cultura política francesa (republicanismo, laicismo, etc.) en términos racistas y autoritarios: la defensa de la república, de los valores universalistas, del laicismo contra una “minoría comunitarista” (la musulmana) opuesta a las tradiciones cívicas de La France. El racismo en nombre de la república, los derechos LGTB y la liberación de la mujer.

La contra-tendencia a esta derechización de la sociedad francesa es el cambio cualitativo en las relaciones de fuerza al interior de la izquierda, que rompe, por primera vez en décadas, la hegemonía social-liberal sobre este espacio político. La France Insoumise (FI) de Jean-Luc Melenchon logró dar el sorpasso al Partido Socialista, alcanzando el 19,5% en la primera vuelta de las presidenciales, mientras que el PS se conformó con un escuálido 6% .

Francia está viviendo síntomas relevantes de descomposición política y una fractura histórica entre la clase trabajadora y su representación tradicional (PS, PC). Asistimos a un quiebre en la tradición de un movimiento obrero y popular fuertemente estructurado políticamente, ahora cada vez más huérfano de representación política. En este marco, la apertura de un espacio anti-liberal en torno a Melenchon es un hecho positivo, siempre y cuando decida disponer el capital electoral conquistado en beneficio de la construcción de una nueva fuerza política y social militante. Hasta ahora Melenchon ha sido un crítico de la V República, de su “monarquismo” anti-democrático, desde una cultura política isomórfica: representando la figura del “salvador supremo”, por fuera de los partidos, que viene a solucionar desde arriba los problemas sociales. Este formato “populista” apunta a establecer un vínculo “líder-masas” sin mediaciones y  se nutre de la experiencia de Podemos en el Estado español y de las teorizaciones posmarxistas de Chantal Mouffe (que asesoró a Melenchon durante la campaña) y Ernesto Laclau. Este “formato” puede mostrar cierta utilidad para las elecciones presidenciales, pero es menos eficaz para las otras instancias electorales (legislativas, municipales, etc.), donde la construcción de acuerdos con otras fuerzas políticas cumplen un papel central, y mucho menos para la construcción de una fuerza militante  que se implante socialmente y desarrolle la movilización popular contra las políticas de austeridad. Para esto último se necesita un marco político democrático, unitario, pluralista. Hasta ahora la France Insoumise no ha sido un partido ni un movimiento en sentido estricto, sino una “plataforma electoral on-line” desde la que cualquiera podía apoyar a su candidato, quien tomó todas las decisiones junto a un círculo muy reducido de colaboradores. Hasta ahora Melenchon ha sido sistemáticamente hostil a todo marco unitario que relativizara su vínculo directo con su base social. Sería fundamental que, superada la campaña electoral y enfrentados a la necesidad de convertir la FI en un instrumento político duradero,  se hagan los esfuerzos para construir una fuerza social y política militante, democrática, pluralista, que contenga a diferentes tradiciones y organizaciones políticas. Si Melenchon intenta ocupar en soledad y verticalmente todo el espectro de la izquierda en un país con fuertes tradiciones políticas como Francia, posiblemente veamos una progresiva pérdida de brillo de su figura, como ya sucedió luego de las presidenciales de 2012.

El buen eco que encontró la candidatura del obrero de la Ford, Philippe Poutou, del Nuevo Partido Anticapitalista, aunque no se tradujo significativamente en votos, es un punto de apoyo para que la izquierda anticapitalista participe en una reorganización de gran escala de la representación política de las clases populares. Si quiere cumplir un papel relevante, deberá evitar toda tendencia al aislacionismo y al sectarismo. También es prometedora la entrada al parlamento de figuras radicales provenientes del movimiento social como François Ruffin – apoyado por casi todas las fuerzas de la izquierda en las legislativas (FI, PCF, NPA, etc.) –  director del documental, “Merci patron”, que se popularizó durante la rebelión juvenil del año pasado (la Nuit Debout, “noche de pie”, una especie de versión más modesta de los indignados españoles).

Se vienen años donde probablemente asistamos al desarrollo de un ambicioso proyecto de desmantelamiento de las conquistas sociales históricas del movimiento obrero francés. Se le deberá enfrentar un amplio frente social y democrático, como ya se anunció embrionariamente en el Nuit Debout y en el largo conflicto de la CGT contra la reforma laboral de Hollande. Macron consiguió mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa, pero en el marco de un record de abstención (57%) que pone en entredicho su legitimidad política. La consolidación, sobre los restos del PS, de una “nueva fuerza anti-austeridad”, que pueda capitalizar el descontento social con las políticas neoliberales, es fundamental si se quiere detener el espiral de derrotas sociales y evitar que la descomposición política francesa termine en manos de la extrema derecha de origen fascista.

Francia ante un fin de época: extrema derecha, populismo, izquierda radical

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